El 29 de Julio de 2000 caía asesinado a manos de unos desalmados de ETA mi compañero y amigo Juan Mari Jáuregui.

 

Recuerdo con un escalofrío aquel instante. Remueve en mi interior sensaciones, sentimientos, reflexiones nuevas y al mismo tiempo ya experimentadas. En este momento y después de todo lo que ha ocurrido en los últimos años pensaba que ya eran imposibles de sentir.

 

Era como la gota que desborda el vaso del hastío, la indignación y el desprecio que provocaban acciones cada vez más terribles e incomprensibles desde la razón y la ética.

Conocía a Juan Mari como conocí a López de la Calle, aunque coincidía con él en más cosas que con José Luis. Los dos militamos en el PCE, luchamos codo con codo contra el franquismo, pasamos juntos al PSOE después de un proceso de reflexión que nos llevó a considerar este como «la casa común de la izquierda».

Los dos habíamos mantenido en los últimos tiempos posiciones heterodoxas y críticas con la posición de nuestro partido en el conflicto vasco, y los dos defendimos en privado y en público que era necesario el diálogo para resolverlo, destensar y mejorar las relaciones con el PNV, diferenciarnos del discurso belicista e inmovilista de un PP más preocupado por su crecimiento electoral que por resolver el problema.

 

Los dos estábamos en esa posición de puente, quizás demasiado ingenua e idealista para los tiempos que corrían entonces.

Resulta curioso visto desde hoy como algunas cosas han cambiado (ahora gobernamos con el PNV en muchas instituciones), pero otras como la posición del PP a la que ahora se añade Cs se mantienen inalterables.

En aquel instante sentí que al asesinar a Juan Mari asesinaban una parte de mí, una parte de las ideas que defendía al igual que él. Pensé que ETA no sólo dinamitaba los hipotéticos débiles puentes que intentábamos tender entre ambas orillas de aquel conflicto de aguas turbulentas, también hacía saltar por los aires el suelo sobre el que debían construirse, intentando dejar sin posibilidades de diálogo a aquella sociedad que lo estaba demandando con firmeza.

ETA con el asesinato de Juan Mari cruzaba una línea roja imperceptible pero existente, como tres años antes la cruzó al asesinar a Miguel Ángel Blanco y apenas unos meses después a otro constructor de puentes como Ernest Lluch.

 

Pretendía así eliminar a los más próximos de entre sus «enemigos», a los que servían de conexión con una parte de la sociedad con la que ineludiblemente habría que contar, como así ha ocurrido, para resolver el conflicto.

Al cruzarla señalaba como objetivos a cualquiera que no se rindiera a su poder militar y fascista. Por eso me sentí interpelado. El «yo» era genérico, era la reflexión que todos debimos hacernos a partir de entonces.

Pretendía llevar la cruel teoría de “socializar el sufrimiento” señalando  que el próximo podía ser un dirigente del PNV, un miembro de la corriente de opinión Aralar que había surgido dentro de HB, un dirigente de la cúpula actual de esa organización (HB) que en privado o incluso en público en voz baja discrepara de su enloquecida espiral, incluso uno de sus miembros (de ETA) que planteara una estrategia diferente…o yo mismo.

Simplemente por no hacer seguidismo de sus propuestas, por mantener posiciones intelectualmente libres. Y esa reflexión era lo que visto desde hoy recuerdo como más terrible de aquella situación, que cualquiera era a partir de ese instante objetivo de ETA, porque ya todos éramos sus enemigos potenciales.

Cuando la praxis de una organización, sea militar o política, la sitúa en contra de todo y de todos, debía hacerla hecho pensar seriamente sobre su ineficacia para la obtención de sus objetivos políticos, y por tanto sobre la necesidad de su  disolución. Esa reflexión fue madurando durante 10 años más, pero quizás ese instante fuera el germen y la explicación de lo ocurrido posteriormente.

Aquel fatídico día comprobé en directo no sólo el dolor que su terror producía en las familias, directas y políticas, también la crispación y el abismo social que iba abriendo. Vi al Lehendakari Ibarretxe junto a Josu Jon Imaz esperando en la entrada al velatorio, increpado por algunos socialistas que no pudieron controlar su indignación, aunque en mi opinión erraban en la dirección en que debían dirigir su ira.

Vi a un Ibarretxe dolorido por este nuevo asesinato, tenso, solo, rodeado de militantes socialistas con una gran carga emocional. Por eso aquella tarde  fui a saludarle rompiendo así su incomunicación con nosotros (los socialistas), y a la salida le comenté que algo teníamos que hacer.

Algo diferente, audaz, imaginativo y sobre todo generoso, para por encima del dolor, de la indignación, de la ira contenida, lograr que prevaleciera el diálogo y el entendimiento. Para eso hacía falta comunicarse, hablar, evitar que triunfara la estrategia de ETA de provocar un enfrentamiento social irreversible entre nacionalistas y no nacionalistas.

Para parar aquel «choque de trenes» tuvimos que trabajar duro los más proclives a ese diálogo, para en una segunda fase ir incluyendo a los más reacios, que casualmente eran los que más poder tenían en nuestras respectivas orillas.

 

Pero en cualquier caso no podíamos consentir por la memoria de Juan Mari, que dinamitaran las bases sobre las que se debía construir esos puentes de diálogo y entendimiento.   Así pasó y al final se consiguió llevar a esas posiciones con posterioridad al mismo Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, o al recalcitrante Rubalcaba.

A veces y resulta complejo comentarlo, ingenuamente buscaba, en aquel momento también, un razonamiento ideológico, político, a aquellos atentados de ETA, intentando encontrar razones a lo inexplicable, y preguntándome cómo era posible que no fueran capaces de entender que lo que hacían fortalecía a sus hipotéticos enemigos, y debilitaba a sus correligionarios.

 

Que el camino que habían emprendido no conducía, como así ha ocurrido, a la consecución de su estrategia política, sino que al contrario, alejaba la posibilidad de acuerdos en esa dirección y producía más sufrimientos en su gente.

¿O es que pensaban que era posible derrotar militarmente al estado español? Incluso reflexioné si habría que analizar las acciones de ETA en claves no políticas sino sicológicas psiquiátricas.  Ver personajes como “Txeroki” o “Txapote” así lo indicaba.

Allí frente al féretro de mi amigo me pregunté si los dirigentes de HB no serían capaces de hacer sus reflexiones políticas al margen del poder militar, y si lo hacían, por qué sólo era en privado. ¿Qué opinaría en ese ámbito Otegi del asesinato de Juan Mari Jaúregui?

Posteriormente creo que conseguí saberlo y quizás de ese hecho vino la alternativa Bateragune que les llevó a sublevarse, políticamente hablando, ante sus superiores militares. Esa fue la clave, que en HB el discurso político acabó prevaleciendo sobre el militar, que hubo gentes en su dirección que cambiaron el sentido de la marcha.

 

Que como hacíamos algunos dentro del PSOE, fueron capaces de discrepar de las posiciones «mayoritarias», y a base de constancia y muchas veces de incomprensión, ir impregnado con esas tesis el discurso «oficial». Lo consiguieron y ahora su heredera Bildu, salvo borrones como los lamentables recibimientos de la pasada semana, camina por la senda democrática.

Desgraciadamente Juan Mari ya no podrá verlo, pero otros recogimos su bandera a favor del diálogo y el entendimiento, en defensa de  soluciones políticas a los problemas políticos, en la búsqueda de nuevos marcos jurídico-institucionales en los que todos nos encontráramos cómodos, en definitiva para conseguir lugares de encuentro y de convivencia pacífica entre diferentes, o incluso muy diferentes.

Hoy 19 años después le recuerdo, recuerdo su figura personal y política y agradezco el esfuerzo que junto con otros que ya no están como Ernest Lluch y Enrique Curiel fueron capaces de ver al “otro” y con incomprensiones, incluso dando su vida, permitieron al resto poder llegar a donde ahora estamos, a un escenario de paz, aunque aún le queden flecos por resolver como el de los presos y exiliados para que sea completa.

Ahora que se aviva interesadamente la polémica de los supuestos pactos con Bildu, heredera de aquella HB, en Navarra, precisamente por gentes que en los momentos como aquel de plomo y sangre, ni estaban ni se les esperaba, conviene conservar esta memoria histórica.

 

Muchos de los que dimos la cara entonces ahora defendemos esos pactos, esa nueva vía de entendimiento. Esta reflexión pretende ayudar a ello.

Gracias, eskerrik asko Juan Mari Jaúregui descansa en paz.

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