En la promoción de su último libro, Alfonso Guerra está destapando el tarro de las esencias no del otrora fecundo guerrismo, sino del análisis regeneracionista y, por tanto, nacionalista que lleva dentro. Su alma obrerista quedó entre las líneas de los poemas de Kavafis, la última verónica de Curro Romero y en ese atardecer frente a una playa que descubre la mar profunda de sueños profanados por una realidad compleja y aplastante. El amor por los descamisados ha tornado en defensa de un régimen que se encuentra en estado de emergencia clínica producto del correr del tiempo. Ese tiempo lineal que Guerra querría fuese como el tiempo bergsoniano (Henri Bergson) de la conciencia que vive el presente del instante con el recuerdo de un pasado que permite anticipar un futuro. Un tiempo de instantes ligados unos a otros que dotan de significado al ser y la vida.

Desde ese tiempo bergsoniano intenta pensar Guerra pero cae en las manos del empírico tiempo lineal de los datos y los cálculos económicos. Sólo así se puede comprender su afirmación sobre que “Venezuela está sufriendo una dictadura, además incompetente, porque todo el mundo sabe que las dictaduras liquidan la libertad de los pueblos pero, al menos, tienen eficacia en el terreno económico”. De ahí se lanza a las comparaciones odiosas: “Entre la dictadura de Pinochet, horrible, y la de Maduro, horrible, hay una diferencia; que en una la economía no se cayó y en el otro ha caído”. Una posición que el ultraliberal Friedrich Hayek defendió en su día, la primacía del componente capitalista frente a otras cuestiones secundarias.

Hay demasiados datos sobre dictaduras ineficaces como para rebatir a Guerra, quien en sus diatriba esconde cuestiones más importantes tras la posición de EEUU (como potencia imperial) y la clase dominante en ambos casos. Por ejemplo, China se tolera porque es potencia nuclear y pro-capitalista en cierto modo, mientras que otros no lo son, ni tienen misiles. Que Venezuela es un desastre, al que ayudan los embargos de los países occidentales todo hay que decirlo, como pasó en Cuba por cierto, es obvio. Ahora bien ¿por qué Venezuela ahora o Allende en su momento? El análisis del plano simbólico y de la actuación de los mecanismos represivos puede servir para descubrir lo que oculta Guerra.

La llegada al poder de Salvador Allende en Chile mediante un frente popular para cambiar el rumbo económico y social en Latinoamérica supuso un órdago al imperialismo estadounidense en la zona y la demostración del fracaso económico del desarrollo mediante postulados liberales. El modelo de sustitución de importaciones no funcionó como se esperaba, cierto que produjo algunas mejoras para la clase trabajadora, pero los países seguían siendo dependientes del capitalismo imperialista. Otro modo de hacer política económica y social se barruntaba en el proyecto de Allende. Un socialismo no sovietizado y apostando por la autonomía, que no autarquía. Albert O. Hirschman, el famoso economista del desarrollo, ya advirtió que no se podía saber a ciencia cierta cuál era la receta económica, ni el modelo a aplicar para conseguir la prosperidad de los países. Al contrario, en algunos casos las recetas liberales podrían funcionar, mientras que en otros casos la planificación era mejor, y también los modelos mixtos (tipo Estado de bienestar) podían ser eficaces.

El temor a que un modelo fuera de los parámetros establecidos por la potencia imperial (EEUU) pudiese fraguar en Chile, con la gran cantidad de recursos naturales que poseía (y posee), era algo que no podían tolerar. De ahí que se pusiese en marcha la Operación cóndor para acabar con Allende y establecer una dictadura sanguinaria pero capitalista en el cono sur. No se podía tolerar un régimen socialista, que no soviético, al lado de casa. Había, como bien diseñó Henry Kissinger (quien tendría su papel en la Transición española), que procurar que el modelo europeo de un Estado fuerte y social no fomentase el desarrollo de una vida cívica, la creación de una ciudadanía, la planificación e intervención económica en base a las necesidades de la población y generar, a su vez, una fuerte dependencia económica mediante la deuda externa.

De un plumazo esas esperanzas y ese modelo fueron destruidos porque el Imperio avisó que no lo permitiría.

Todo ello dentro de una lógica de las mentalidades que había provocado el mayo del 68, la irrupción de la teología de la liberación, las fuertes reclamaciones de la clase trabajadora y el sentimiento de que en ese momento sí era posible otro mundo diferente. Un mundo fuera de los bloques, pacifista, socialista, igualitarista, moralmente diverso, avanzado, una revolución más allá del liberalismo y el comunismo soviético con sus amenazas nucleares. Esto aterraba a la clase dominante mundial que ya se estaba conformando. La necesidad de pasar al modelo global que apremiaba al modelo capitalista para no fenecer por culpa de sus recurrentes crisis; junto a la necesidad de materias primas; junto a la necesidad de países sin respuesta de la clase trabajadora para las fábricas que se iban a deslocalizar; junto al ascenso dentro del mundo de las ideas de la escuela de Chicago y la Sociedad de Mont Pelerin; junto al miedo a una tercera vía hacia el socialismo provocó en el capitalismo imperialista y financiero acabar con la ilusión. Más si cabe cuando se intuían en el camino cambios de régimen en Portugal, España y Grecia. Había que dar una lección a los rojos. Y bien que se la dieron.

La dictadura de Augusto Pinochet supuso, en primer término, acabar con cualquier esperanza de un mundo alternativo al marcado por el capitalismo y la fuerza imperial. Cuando se produjo la caída de Allende en la Casa de la Moneda el 11 de septiembre de 1973, más la represión salvaje posterior, quedó claro que no se permitiría ninguna experiencia fuera del Imperio. En los movimientos socialistas españoles y portugueses causó un impacto terrible las noticias de la muerte del presidente chileno. Estaban en la clandestinidad o el exilio y el frente popular chileno era es fuente de inspiración de un modelo a seguir para sus propias transiciones frente a las dictaduras fascistas. De un plumazo esas esperanzas y ese modelo fueron destruidos porque el Imperio avisó que no lo permitiría. No había más solución que la del gusto del centro económico y militar. Se observó con claridad que las fuerzas del capitalismo mundial no hacían ascos a las dictaduras (algo que Nicos Poulantzas analizaba con precisión en esos años). El camino, con la dictadura de Pinochet, fue marcado para europeos y latinoamericanos. Esto lo debería tener claro Guerra porque lo vivió en primera persona.

El Imperio acallará cualquier intento de soberanismo popular y alternativo

A ello hay que sumar una segunda parte de la jugada de la clase dominante: la puesta en marcha de las políticas neoliberales de los Chicago Boys. El modelo neoliberal, el mismo que ahora sufre el mundo, fue practicado y probado como se hace con animales de laboratorio bajo la represión dictatorial. Esta debe ser la eficacia de la que habla Alfonso Guerra. Una eficacia que no ha generado mayores posibilidades a las personas pero que sí ha generado que unas veinte familias posean más riqueza que el resto de la población de América Latina. Una eficacia que entrega al mercado la decisión sobre vida o muerte. Una eficacia donde la vitalidad personal queda determinada desde la cuna. Allí, en ese Chile de la represión, se probaron los seguros médicos, las pensiones privadas que luego se han querido implantar en todo el mundo por la irrupción del neoliberalismo, la financiarización de la economía y la expropiación de los recursos naturales. Bajo una dictadura se experimentó con seres humanos lo que el reaganismo y el thatcherismo podrían pedir para las sociedades occidentales. Tuvieron la prueba palpable de que el capitalismo no entiende de regímenes políticos. No extraña que hoy los autoritarismos de distinto pelaje y la represión vayan siendo inoculados en la población occidental todo en aras de la eficacia económica. Ya lo habían probado con excelentes resultados para sus intereses, obviamente.

Las palabras de Guerra ocultan, también, que esta es la última reacción frente a la posibilidad de ensayos contra el sistema capitalista. Especialmente el expropiador de recursos naturales. Al igual que sucedió con Allende ha ido pasando con el eje alternativo (Brasil, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela). El último intento de ser soberanos y no dependientes, intentar una tercera vía hacia el socialismo, ha ido sucumbiendo poco a poco en Latinoamérica (Lula en prisión y el fascista Bolsonaro en el poder, por ejemplo). El siguiente en la lista será Evo Morales. Que Nicolás Maduro sea un impresentable, que lo es, no es óbice para advertir que en el plano superestructural existe una lucha contra todo lo que represente una alternativa al capitalismo. El Imperio acallará cualquier intento de soberanismo popular y alternativo. La clase dominante, como su nombre indica, quiere seguir dominando y cuando no puede hacerlo mediante mecanismos usuales, como hace en Europa mediante control ideológico, acude a los represivos del control por la fuerza, o una combinación de ambos como sucede ahora. No extraña que los neofascistas sean blanqueados en España porque eso favorece al bloque en el poder y se permite a los dirigentes del trifachito hablar y no parar de Venezuela. Lo hacen no porque les importe en sí el pueblo venezolano sino porque intentan extender el discurso de que no hay alternativa al Imperio y el mercado. No en Venezuela sino en España. Por comparación, obsérvenlo, Maduro es Sánchez para estos adalides de la precariedad y la explotación.

Decía Michel Foucault que todo discurso contiene unos elementos represivos inherentes antes de ser expresado. Lo que hacen e hicieron con Latinoamérica, ayer con Allende o la transición española, es introducir esos elementos psicológicos de represión en los discursos. Quieren que no se hable de la verdad, de la posibilidad de alternativas y, por ello, controlan y dominan ideológicamente mediante el discurso (¿Qué es lo políticamente correcto sino un mecanismo de represión?). Se genera un caldo de cultivo para una dominación discursiva que es la que muestra Alfonso Guerra. Si no se habla de alternativa, no existe. Si no se habla de lucha de clases, vence el capitalismo global y la clase dominante. Si no se habla de lo público y la ciudadanía, desaparece el Estado como regulador y vence el mercado. Si no se habla de la dominación, se domina bajo la apariencia de una democracia.

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