Fuente. Ciudadanos

El mercado político de frutas anda un tanto desquiciado en estos días. Las rosas se mantienen al frente de los productos más demandados y con un precio que oscila entre los 115 y los 120 euros para la subasta del domingo. El agua casa de Casado cotiza en un rango entre 84 y 88 euros, pero llegó a cotizar casi 100 euros hace una semana. El Brócoli fascistilla ha cotizado al alza en los últimos días hasta casi alcanzar (algunos prevén incluso superar) los 54 euros. Las berenjenas de Galapagar parece que bajan en su cotización respecto a la última subasta de abril y se quedarán en unos 36-40 euros aproximadamente. Las mazorcas del niño de las gafas entraron fuerte en su oferta pero parece que se quedarán en dos o cuatro euros solamente. Pero si hay un producto que nadie desea son las naranjas de la rivera que caen, según las últimas cotizaciones, por debajo incluso de los 10 euros cuando en abril habían llegado a valer más de 50 euros.

Un descenso que todo el mundo entiende es culpa del agricultor mayor de las naranjas. Alberto Carlos, más conocido como “el adoquines”, parece ser el culpable de esta considerable bajada en la cotización de su producto. En la propia fábrica naranja dicen que no ha sabido ver bien las tendencias; que no supo cuándo haber entrado en el negocio de la distribución con las rosas, algo que les habría permitido estar en los lugares de distribución a nivel estatal y más cuando los bancos acreedores se lo habían pedido; que se ha dedicado a ensalzar la procedencia española del producto pero que ha descuidado la calidad y los derivados; que por salir en la televisión se ha creído que no eran naranjas lo que vendía sino oro o algún metal precioso; en resumidas cuentas, que su egolatría y mala praxis en ventas ha hundido el producto.

Consultados algunos compradores las respuestas son claras respecto a las naranjas. La mayoría de las mismas acaban amargando y provocando acidez de estómago, más cuando se han juntado con el brócoli y el agua en una combinación lamentable en sabor y presentación cuentan estas personas. Otras han afirmado que al pelar la naranja se han encontrado en muchas ocasiones con colores parduzcos; con la inexistencia de fruta en sí, vamos que la naranja estaba vacía; o con un fruto completamente podrido e incomestible. También se quejan de la inexistencia de, al menos, alguna mandarina en buenas condiciones para compensar la compra de esta empresa frutícola. Ni el producto toledano, ni el almeriense, ni el catalán eran de una calidad mínima para poder competir en el mercado.

Así están las cosas antes de llegar a la gran subasta de productos de mañana domingo. Una subasta que no se sabe si habrá despertado la misma expectación que la de abril, algo que no gusta al vendedor de rosas, ni al de berenjenas, pero que sí está siendo muy apreciado por el vendedor de brócoli fascistilla, pese al disgusto que esto produce en el aguador de la gaviota. Una subasta con muchos indecisos que podría traer consigo la quiebra del mercado zurdo a poco se los distribuidores no consigan llenar las sacas dominicales. El mercado regional, por su parte, parece que seguirá estable con alguna aparición nueva pero sin mucho más movimiento. Lo único claro para esa gran subasta es que a nadie parecen interesarle las naranjas.

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