El atentado terrorista de Hanau ha dejado bien patente que la extrema derecha acaba provocando muertes. La ultraderecha mata. Da igual el tipo de disfraz que acaben tomando porque la senda del camino que siempre toma la extrema derecha conduce a la colina de las botas o al campo de exterminio. Como ha sido un atentado perpetrado por un ultraderechista, blanco y alemán de pura cepa, la prensa española, en especial la situada en el lado más diestro, no han dado demasiada publicidad al tema. Blanqueamiento nuevamente de cierta posición política a la que se acaba presentando como extrema pero asimilable o, algo peor, aceptable. Una banalización del peligro de muerte por la cercanía cultural y social del asesino.

Como dato empírico cabe decir que el asesino de Hanau ha causado más muertes que algunos atentados yihadistas perpetrados por “lobos solitarios”. Esto indica que ambos tipos de terror son execrables y tienen una misma finalidad, sembrar el miedo para hacer reivindicaciones políticas. La utilización del dato se trae a colación porque de tratarse de un atentado de otro tipo, rápidamente la prensa cavernaria hubiese ofrecido a cuatro columnas el número de muertos, la forma en que han sido asesinadas esas personas y hasta el color de la ropa interior del asesino. Y todo porque el terrorista en esta ocasión es “uno de los suyos”. Una forma como otra cualquiera de pervertir la realidad y manipular las voluntades de la ciudadanía. Si se fijan bien, ninguna televisión buscó saber el color del pelo de la prima tercera del terrorista de ultraderecha como si hubiesen hecho en otros casos. Casi ninguna apreciación negativa sino el ofrecimiento de un hecho como si fuese lo más normal y aceptable de las sociedades occidentales. Un “loco suelto” que asesina personas debido a su locura y que eligió la fórmula ultraderechista como podía haber elegido otra.

Hasta el momento han venido hablando de los movimientos de ultraderecha como algo extraño, raro, pero perteneciente al propio sistema de dominación capitalista. Cuando el terror llega de fuera es malo porque no pertenece a ese sistema de dominación. La realidad es que cualquier tipo de atentado es horrible venga de donde venga, pero en el caso de la ultraderecha se acepta como consecuencia de un mal social al que no se quiere poner apelativos, ni señalar. El terrorismo de ultraderecha no es más que uno de los monstruos del capitalismo, una forma de defensa del sistema en sí con ribetes autoritarios. Mientras periódicos como El País se dedican a blanquear a la ultraderecha, ésta asesina a personas inocentes en Alemania. Dirán desde el grupo Prisa que eso es en otro país y que ellos pretenden entender qué es ese fenómeno ultraderechista. Muy bien, siempre y cuando las historias no se presenten como si fuera un programa rosa y haya un componente crítico y analítico al lado que permita tener todos los elementos para la comprensión. Desde hace muchos años se sabe que la ultraderecha es autoritarismo, es violencia, es maldad contra el ser humano y supone un arma del propio sistema contra los problemas del capitalismo.

Ayer fue Alemania, mañana podría ser Holanda y al otro España. Nadie está libre del deseo de llevar a la práctica las disquisiciones xenófobas e “iliberales” de estos grupos neofascistas. Desde algunas cátedras también se ha blanqueado a la extrema derecha hablando de iliberalismo y no de autoritarismo. La sociedad del espectáculo mediatizado e hipertextualizado son el cubículo perfecto para esa ideología violenta y que lleva incorporada la muerte en su propia esencia. Y ante esto desde la academia y los medios de comunicación no han hecho nada más que blanquear lo que es evidente para cualquier analista. Al menos para cualquier analista que no esté embargado por la ideología dominante con ese postmodernismo de pensar que cualquiera tiene razón, sin necesidad de presentar pruebas lógicas, sino simplemente por desearlo y anhelarlo. Los muertos de ayer no son diferentes a los otros atentados con origen islamista, la diferencia es que sobre los primeros parece haber una especie de ocultamiento de que hay algo mal dentro de la sociedad. Banalizar el mal propio sin ir a la causas de ese mal es lo que sucede comúnmente. La banalización del mal no deja de ser una fórmula ya practicada por la clase dominante porque, por mucha complejidad que inserten en el análisis, al final del camino se sitúa ella misma. Nos hablarán de locura como si estos atentados fuesen producto de personas marginales, pero la realidad es que son los medios que blanquean, alientan o tratan como algo anecdótico el discurso de la ultraderecha quienes fomentan el marco para este tipo de acontecimientos.

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