Como expusimos en La fábula (capitalista) del Coyote y el Correcaminos, la utilización de los dibujos animados como fórmula de socialización (al igual que otras formas narrativas) implica la introducción de roles pautados en los infantes. Otrora eran los cuentos narrados, leídos o visualizados en una función teatral (mitologemas en muchos casos), hoy son los dibujos animados y demás series las que sirven para incardinar al ser humano al sistema. Un sistema con valores, en confrontación a veces, sobre los que destacan la posición en el mundo. Al igual que en las películas de Disney sobre el rol dominado de la mujer, en el caso que nos ocupa se les enseña a los niños y niñas a aceptar su papel de ser humano explotado y feliz con esa dominación. Bob Esponja es sin duda el símbolo del precariado que gusta al neoliberalismo. Un trabajador feliz de ser explotado en un restaurante de comida rápida, con turnos doblados, sin protestar y con una vida que llena con fruslerías y fetiches.

Bob Esponja no se rebela, no protesta ante su situación. Es un ser humano que no es consciente, ni quiere serlo, de estar siendo explotado hasta la extenuación por el empresario de turno. El señor Cangrejo es el símbolo, por su parte, del empresario empeñado en acumular y acumular riquezas mediante el sometimiento total de sus empleados. Utilizando, si hace falta, el ejército de reserva, en esta caso Patricio (la estrella de mar sin cerebro) contra sus propios empleados. Curioso, además, que de todos los personajes el único que es conocido como “señor” (en vez de Eugene) es el que tiene el poder, el dominador, el que manda y al que hay que someterse, el empresario Cangrejo. Se inocula de esta forma a los infantes que el empresario es un ser superior a los demás seres humanos. Por ello debe acumular riquezas a toda costa, sin importar las personas y sus derechos, y tiene todo el derecho cuasi divinizado de exigir lo que desee. La visión neoliberal del empresario como hacedor-creador de lo bueno que existe en el mundo. Para no hacerlo tan cruel, al fin y al cabo es una serie para niños, al señor Cangrejo se le satiriza de tacaño. Pero por explotar a Bob Esponaj y demás empleados no hay crítica. Es más, los propios empleados reclaman la vuelta del Cangrejo cuando vende su restaurante a una corporación de franquicias. Con ello se pone en valor, dentro de las luchas entre las fracciones de clase, al empresario puro, al de verdad, no a los franquiciadores sin innovación.

Bob Esponja, que hasta en algún capítulo renuncia a su salario por seguir trabajando, es un empleado cuya única función de desarrollarse con plenitud es mediante el trabajo. Un trabajo que le sirve para comprar los fetiches más variados e inútiles. Un empleado que al recibir su exigua paga es feliz con lo recibido (haciendo bueno el eslogan neoliberal de que más vale un trabajo precario que otra cosa), porque así podrá comprarse unas gafas con ojos, por ejemplo. Porque para él, y esto es lo que inoculan como un virus a los niños y niñas, todo es risas y juego. Incluso el trabajo mecánico y aburrido que realiza. Trabajar para consumir, nos venden, es un círculo virtuoso como ejemplifica Bob Esponja. Y nada mejor que apoyar esa simbolización con el personaje cascarrabias y amargado de Calamardo.

Calamardo es un personaje al que señalan como poco virtuoso, enfadado, amargado y siempre de mal humos. Curiosamente es el personaje que por sus condiciones laborales, por su salario miserable, monta una huelga contra la explotación del empresario; que tiene aspiraciones artísticas y estéticas; al que no le gusta la sociedad tal y como está concebida; que lee libros, revistas, se culturiza y tiene una valoración distinta. Es el símbolo de ser de izquierdas, lo contrario a ser neoliberal que venden como idílico. Asemejan el luchar contra la clase dominante al producto de un carácter amargado y doliente. Protesta y está amargado por ser envidioso de la suerte de los demás, como hacen todos los de izquierdas. Así es presentada la imagen del proletario rebelde, frente al precario feliz.

Quien quiere cambiar la sociedad es un amargado. Las cosas son como son y así hay que aceptarlo para no amargarse, acaban por inocular desde la fábrica de socialización del neoliberalismo. El intelectualillo es un amargado por culpa del materialismo dialéctico, ese que sólo sabe ver las contradicciones sistémicas. Mientras que quien acepta el sistema tal cual es, Bob Esponja, es feliz. Es más, en otros capítulos, se hace ver que Calamardo carece por completo de fe y ello le genera males mayores. El cierre del círculo neoliberal. Todo lo material es susceptible de mercantilizarse, hasta el propio cuerpo humano. Pero si se tiene fe en dios se saldrá bien librado en el más allá. O lo que es lo mismo, la utilización de lo religioso como mecanismo evasor de una vida explotada.

Calamardo piensa, analiza, protesta y es ateo, por eso es el personaje amargado e infeliz. Los dibujos animados no son sólo un divertimento en sí, hay que tener cuidado porque inoculan caracteres y pautas sociales en el inconsciente colectivo de la infancia. En el caso de Bob Esponja es que ser un precario es bueno y genera felicidad. Pero es ser una amargado como el izquierdista (Calamardo); no tener nada en la vida (Patricio), ni trabajo; o ser un tacaño (Cangrejo). Porque, aunque dejan claro que el empresario domina como algo natural, tampoco quieren que los niños y niñas se identifiquen tan pronto con él. Primero han de aceptar ser dominados porque el dogma neoliberal necesita un precariado feliz. ¿Para qué cambiar las cosas si siendo un precario y consumidor de fetiches se obtiene la felicidad? Esa lección de vida, que no es más que un constructo bien trabajado, intentan insuflar. Bob Esponja es feliz siendo explotado ¡no te amargues como Calamardo! Pero es Calamardo quien tiene razón, no se puede ser feliz sin Justicia social en este mundo.

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