A partir de este momento se puede considerar por comenzada la gran batalla de nuestro tiempo en España. Tras la firma del pre-acuerdo para la conformación de un gobierno de coalición entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias o, lo que es lo mismo, PSOE y Podemos (a los que sumarán otros grupos), no sólo se acordaba un programa de gobierno y reparto de cargos entre dos partidos de izquierdas sino una batalla más profunda, soterrada y cuya victoria debería caer del lado de la izquierda. Tras décadas de neoliberalismo campante y victorioso ha llegado el momento, al menos a nivel local, de presentar batalla para derribar las estructuras del sistema. No se procederá a la nacionalización de los medios de producción, ni la proclamación y puesta en marcha de comunas o soviets. Eso queda para las impertinencias de las derechas. Pero sí que hay que empezar a derribar, mediante reformas estructurales, al sistema criminal que nos dirige en última instancia: el capitalismo español.

Lleva la clase dominante desde, al menos, tres décadas atrás haciendo y deshaciendo a su antojo. Privatizaciones y externalizaciones a la carta; salvamento financiero; apertura de fronteras a cargo de los presupuestos del Estado; concesiones mediáticas; subvenciones de todo tipo; y la posibilidad de eludir impuestos mientras a la clase trabajadora se la freía a los mismos (especialmente vía impuestos directos y nominas). Han dominado tanto en la base como, por un proceso que arrancó a nivel mundial con el neoliberalismo, en lo subjetivo. La ideología dominante es un cúmulo de agregados ideológicos encaminados a la dominación de la forma más sibilina posible. Sociedades que parecen más tolerantes cuando al final son más represivas porque si, por un lado, se abren a nuevos derechos individuales, por el otro se cierran los derechos colectivos mediante la utilización de diversos mecanismos. Contra esto hay que luchar en la batalla que se está desarrollando tanto como en la lucha económica.

Llegados a este punto, por concretar, ¿qué correlación de fuerzas y con cuántos efectivos se cuenta para la batalla? La izquierda carece de grandes grupos de comunicación. Casi todos los periódicos y televisiones están al servicio de la clase dominante y de los partidos de derechas. Quedan periódicos menores y un par de grandes a favor, en principio, del gobierno de coalición. Pero son medios que, al final, tienen que rendir cuentas a sus propietarios y las necesidades de estos por lo que el apoyo de hoy será la crítica feroz de mañana si así lo necesitan. En este punto de la lucha, a priori, no se disponen de fuerzas suficientes salvo que los efectivos hagan y cumplan su labor de combate. A todas horas y por todos los canales conocidos, las derechas hablarán (mal) y no pararán contra el Gobierno de coalición. Así suba el PIB un 100% dirán que es malo para el país. Así que frente a este tipo de argumentos, los habrá más barriobajeros (con Inda y Negre a la cabeza de las mzquindades), se necesitará una acción en positivo suficiente para contrarrestar. A lo que habría que añadir la fuerza y voluntad de las personas que se mueven en las redes sociales.

Llegamos, entonces, al problema de los efectivos con los que contará el gobierno de coalición. Y aquí la correlación de fuerzas se equilibra sobre el tapete pero igual no es efectiva. Sí, hay muchos intelectuales, columnistas y analistas que se inclinan hacia la izquierda pero ¿participarán en la batalla? Hay muchos doxósofos (los que sólo hablan sin profundidad de lo que está de moda para que entiendan el palabro) que nunca se mojan, que siempre eluden las cuestiones peliagudas, que se esconden sobre sus “títulos” y “posiciones” para no hablar en contra de la opinión establecida (ideología dominante). Hay más doxósofos (los tribuneros o columnistas), que ustedes conocen bien porque están todo el día en las televisiones, que más que no mojarse el problema que tienen es que cambian tanto de opinión como de chaqueta o zapatos. Se posicionan en la izquierda pero no son más que una especie de gauche caviar televisiva, a diferencia de los doxósofos académicos éstos y éstas levitan cuando andan de los divinos que son.

Luego están los intelectuales con libro. Mucho más comprometidos que los anteriores, con su punto de divinidad (han escrito uno o más libros), y que todo aquello que se salga de los márgenes de su libro (sus libros) deja de tener sentido para ellos. Da igual lo que ocurra en el mundo, todo es en referencia a su libro o su artículo último. Si lo que haga el gobierno de la izquierda les viene bien, lo alabarán, si lo que hacen entra en contradicción con su libro, lo criticarán. “Su idea” impregna todo su ideario izquierdista y no hay más que seguir la senda marcada por él o ella. Tienden, por tanto, a ser doctrinarios e implacables. Los hay con libro que se salen de este marco autorreferencial, pero casi no tienen cabida en los medios más consumidos porque, como es lógico, llevan mucho tiempo atacando a la base del sistema. Así, en términos generales, estos son los efectivos con los que se cuentan, que siendo muchos, como no se ajusten las políticas a “su idea” (que por mucho libro o columnas que hayan escrito tiene flaquezas por todos lados) o a su divinidad, casi actuarán en comandita con las derechas.

¿Son tan importantes estas personas para la batalla? Sí porque, más allá de los conocimientos de cada persona en sí, se sigue necesitando formar a las masas. No tanto por enseñarles algo novedoso o adoctrinarles, sino porque la potencia mediática de la clase dominante es tal que de no activar las mentes críticas de esas masas sucumbirían en la batalla. Formar mentes críticas, que analicen, busquen alternativas y se fíen poco de las noticias estrambóticas (pero que causan efecto inmediato) y de los medios de las derechas. Con opinadores bastante menos soberbios y más pedagógicos esas masas, que se juegan mucho en esta batalla, no sólo serían parte del sustrato crítico, sino que se impediría que la Brunete mediática tuviese todas las de ganar. Se ha visto, y se sigue viendo, en el blanqueamiento del fascismo ultraliberal. Eso no es nada comparado con lo que se les viene encima a Sánchez e Iglesias (algo que ya se comprobó hace años contra el PSOE de González). Esto no significa que no haya críticas a la acción de gobierno (algo imposible en alguien de izquierdas por aquello de la dialéctica y la negación de la negación, o sea la búsqueda de contradicciones), pero que tampoco sean agentes sin cabeza que aplauden o atacan al compás que les marcan desde Ferraz o Princesa (o Moncloa en este caso). El combate no es tanto en favor de las políticas del Gobierno como contra la publicidad de la clase dominante. Lo ideal sería tener agentes pedagógicos para explicar ciertos porqués y negar las atrocidades que se dirán. Y el simple traslado de memes o noticias del partido no sirve para nada.

No pinta bien el panorama antes de la batalla porque la correlación de fuerzas se inclina hacia la derecha (ya estaban buscando una Gran Coalición), pero eso no significa que hay que quedarse cruzados de brazos y no batallar y vencer incluso. No sólo en la acción política se juega el futuro sino también en las ideas, la teoría y lo mediático-espectacular (lo que se llamaba lo superestructural). Y para esa batalla son fundamentales todas las cabezas posibles. Ahora toca que tome conciencia de su posición y de su potencia de acción toda esa intelectualidad llena de divinidades y soberbia a raudales. La lucha de clases en la teoría es importante. Como el PSOE carece de intelectuales propios y Podemos veremos si le duran los suyos (salvo Juan Carlos Monedero), lo mejor es que las masas se formen para actuar en consecuencia en la batalla que se está librando ya. Vencer al neoliberalismo, como ideología dominante, no es sencillo, lo que no quiere decir que sea imposible. Para eso hay que ser graníticos y no hacer cada uno la guerra por su lado (esto va para los “diversos” que como los que tienen libro sólo ven la historia desde su punto de vista corto y sesgado). Total sólo se tienen que perder las cadenas.

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