El dictador Francisco Franco Bahamonde dejó atada a la Justicia para que no cambiara en su ideología ni se dejase hacer cambiar ni por la democracia, el Estado, el Gobierno y, menos aún, por el PUEBLO. Ató a la nación para que el Jefe del Estado, antes que nada, fuera Ejército y Justicia, una Monarquía aquiescente, permisiva y cercana a las dictaduras privadas, con lo que eso representa…, cercana a la corrupción de empresarios y políticos.

Franco dejó atado y bien atado a los diferentes gobiernos que, bajo el manto del monarca Juan Carlos, quien presuntamente traicionó hasta a su padre para que, desde el primer gobierno, el segundo y, sobre todo, el de Felipe González, Jose María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y M. Rajoy, mantuvieran un país manejado por tecnócratas como si de la propia dictadura se tratara.

Franco dejó atada la permanencia de la corrupción; dejó atada a España a la OTAN; dejó atado y bien atado que nuestro país siguiera bajo el control de Alemania. El dictador dejo al país atado al machismo, la desigualdad y a las castas.

Lo dejó todo atado y muy bien atado a las estacas de las dictaduras privadas: empresarios, políticos y políticas corruptas. Dejó atado el frenar, incluso, a Fraga y dejar libre a una derecha más cercana, a un socialismo amigo y cómplice del capital y a dejar a sus anchas a los nacionalistas vascos y «controlados» a los catalanes.

Franco dejó atada y bien atada la libertad y la dignidad de un campesinado revolucionario como el de Andalucía a cambio de jornales no sudados con dignidad y derechos. También dejó atada la solidaridad de los pueblos si éstos no se dejaban explotar. Pero, sobre todo, dejó atado y bien atado que España fuera una democracia gobernada por las dictaduras privadas.

El dictador dejó a España atada y bien atada a la miseria, a la indignidad de un pueblo sometido por una justicia injusta, un pueblo que no sabe si «sube o baja», a pesar de que el dictador sabía muy bien que la dejaría en manos de quienes sin escrúpulos la someterían y la gobernarían arrastrada como durante su dictadura.

Lo dejó todo atado y bien atado para que dictadores como Trujillo, Videla, Pinochet o Perón se siguiesen paseando por Madrid como hoy lo hacen, con la protección de políticos, de despachos ilustres de abogados, de banqueras y banqueros, corruptos mexicanos, brasileños, chilenos y, sobre todo, venezolanos, adquiriendo empresas, blanqueando las fortunas que fueron hurtadas a sus pueblos vía la corrupción, como ocurre con el caso de los asesores y socios de Rafael Ramírez en PDVSA.

Lo dejó todo atado y bien atado para que siguieran pagando los que menos tienen; para que siguiese creciendo, cada día más, la pobreza, la injusticia social, la desigualdad y el cómplice silencio de los diferentes poderes.

Lo dejó todo atado y bien atado envenenando con la avaricia, la prepotencia, la soberbia, la deslealtad y la traición a una gran parte de los que juraron que el poder no les cambiaría y que siempre estarían al lado del pueblo oprimido, marginado y desigual.

También nos dejó atado el hecho de que la sociedad y la ciudadanía española volviéramos a encontrarnos utilizando un nombre sagrado, un nuevo partido joseantoniano.

Tan atado nos dejó a todas y a todos que sus sucesores tienen destruida la revolución de las conciencias. Tan atado y bien atado lo dejó que no existe el socialismo, ni el comunismo, ni la izquierda comprometida con la sociedad del bienestar. Ni progresistas ni republicanos, ni ciudadanos capaces de pasar de una manifestación burguesa que, por lo general, termina de copas o callada por promesas siempre incumplidas por los trileros de la política del sindicalismo, de la justicia y de las religiones.

El dictador Franco lo dejó, como dijo y advirtió, todo atado y bien atado para que nuestra nación, nuestro Estado, nuestras identidades, nuestros pueblos siguieran siendo sometidos por una dictadura, por la dictadura de la Monarquía «democrática» protegida por los mismos estamentos de poder que durante 36 años lo mantuvieron a él.

Murió en la cama dejándolo todo atado y bien atado. ¿Cuándo el pueblo libre y digno podrá desatar ese nudo que hoy está en manos de las castas nacidas en el franquismo y heredadas por las dictaduras privadas?

Ni el pueblo ni la burguesía son ya revolucionarias y, menos aún, solidarias. Se han convertido en un fraude humano superado por el egocentrismo. La acomodada, peor aún, es frágil y mediocre.

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