“Quien dice organización, dice oligarquía”. Así se expresaba el sociólogo alemán Robert Michels al establecer la Ley de Hierro de la Oligarquía. Y así ha sido a lo largo del tiempo y aún más en la actualidad, donde una oligarquía financiera, con algunos añadidos industriales, gobierna el mundo. La diferencia esencial en estos tiempos es que ya no necesitan más legitimación que su propio poder económico. El establishment (oligarquía, bloque en el poder o élite) cada día se muestra casi sin ocultamiento. Casi.

Los dioses de las agrupaciones humanas antiguas legitimaban la acción de los hombres. De los hombres de poder especialmente. El hechicero, el druida o el sacerdote (en algunas culturas también sus pares femeninos) no hacían más que legitimar, vía dioses, la acción (poder) de las oligarquías. Para bien o para mal toda acción de los hombres estaba determinada por el devenir o la voluntad divina. Incluso alguien como Sócrates hacía referencia al daimón interior para justificar sus propios actos. Dios lo da y lo quitaba todo. Por eso no era de extrañar que los padres del cristianismo afirmaran que había que hacer caso a los dirigentes políticos, pues a ellos lo había puesto dios en su sitio (por algo). El soberano era dios sobre los hombres. Y aquel que osaba con rebelarse (el pecado de la hybris) lo padecía en sus propias carnes, como le pasó a Ulises.

Empero poco a poco, aunque con la divinidad en el rabillo del ojo, los monarcas fueron desligándose de esa divinidad para afirmar su propio poder sobre los hombres. Maquiavelo comenzó dando el empujón al apostar por el republicanismo. Lutero dio la primera puñalada seria al cuerpo divino de legitimación y Thomas Hobbes terminó por firmar la sentencia de muerte de dios como soberano de hombres. Ahora la soberanía residía en el gobernante. Él era quien representaba a los hombres en el gobierno de las cosas terrenales. Dios quedaba, en el mejor de los casos, en el foro interno de las personas.

Para cumplir este fin los monarcas fueron construyendo los Estados sobre la base de su propia voluntad. Las leyes emanaban de ellos y ellas para la búsqueda del bien común de las poblaciones. O eso se decía porque era en el bien común del rey y los aristócratas por lo que se legislaba y se imponían los impuestos. Dios podía guiar sus actos (todos muy criminales pero muy píos), pero la voluntad y el poder de acción eran uninominales. Evidentemente, la oligarquía de la que se rodeaban ayudaba a realizar esa soberanía. Gracias Hobbes y su teoría del pacto, el monarca hacía y deshacía para evitar que el hombre fuera lobo para el hombre.

Tanto bajo la soberanía de los dioses o de los monarcas existía una oligarquía del dinero o las tierras, legitimada bien por lo divino, bien por lo monárquico. No en vano la ciencia política era conocida (y algún autor actual como Jacques Rancière sigue calificándola) como Ciencia Real. La oligarquía dominante iba racionalizando el poder, pero oculto tras las distintas legitimaciones de ese mismo poder. Ese proceso de racionalización iba de la mano de un cambio en los modelos productivos de explotación, los cuales desembocarían en la muerte de lo irracional. Lo racional o la técnica serían lo que enterraría a dios y al monarca. En el caso de éste último bajo la cuchilla de la guillotina.

Guillotinado el rey, el pueblo lo es ¿todo?

Si la razón ocupaba el lugar de las leyes divinas y reales, había que buscar un nuevo soberano. Un mero ente legitimador del poder de las nuevas clases dominantes (terratenientes e industriales). El pueblo sería esa elección legitimadora. La voluntad general o popular venía a sustituir a la voluntad de dios o del monarca. Y esa nueva voluntad suponía que la soberanía era popular. Pero ¿quién era realmente el pueblo? La nueva clase capitalista y los terratenientes (algunos heredados de la oligarquía aristocrática).

El desarrollo industrial, con su capacidad de generar explotación y nihilismo, necesitaba encubrir ese pueblo. El poder oligárquico quedaba parcialmente desnudo con la sola referencia al pueblo soberano. Así se convertiría al pueblo en nación. Además, una nación que se uniría al otro gran constructo de la historia (para Hegel el fin de la historia): el Estado. De esta forma el Estado-nación, producto de ese avance capitalista, quedará consolidado como forma y mecanismo legitimador de la soberanía. El bloque en el poder podía dormir tranquilo al esconderse sobre ese constructo moderno.

Ni dios, ni rey, la plenitud soberana estaba en el Estado-nación como consumación del poder del pueblo. Para dotarle de mayor legitimidad se recurrió a la representación, al sistema representativo, como fórmula pseudodemocrática de legitimación de esa soberanía popular inexistente en realidad. Una representación que se quería lejana al pueblo en sí y por ello excluiría a proletarios, campesinos y mujeres. Se justificaba esa exclusión por la amplitud de los Estados-nación y por la capacidad de quienes llenaban los parlamentos. La aristocracia del saber y del dinero acababa representando al pueblo en lo político.

¡Ah! Pero el señor Karl Marx puso en evidencia esa representación falsa del pueblo. Y pidió, mediante la intervención del proletariado, una nueva revolución, que además era una demanda de la propia Historia para subvertir ese orden de cosas de la oligarquía capitalista. La revolución en sí nunca llegó, pero el pueblo luchó por más derechos democráticos y sociales, porque la soberanía popular fuese realmente popular. Pero la socialdemocracia se quedó petrificada y contenta con los derechos adquiridos. Y hoy sólo lucha dentro del sistema representativo por defender aquellos derechos y por Justicia social dentro del Estado-nación. Han acabado legitimando el propio sistema del establishment. De esta forma, son copartícipes del asesinato del pueblo.

No hay más soberano que el establishment y sus necesidades

El establishment autojustificado.

Porque, como se dijo al principio, el establishment ya no necesita legitimar su poder. Lo intenta esconder, porque todo poder desnudo tiende a esconderse, mediante el fin de la historia sustanciado en la democracia liberal-representativa y el libre mercado globalizado. Nos venden que la (falsa) democracia trae consigo la prosperidad. Que el progreso no es humano sino materialista. A más riqueza más progreso. Pero eso sí, el pueblo cada vez con menos poder. Porque lo principal es lo económico (que no la provisión de bienes para todos) y a ello hay que plegar cualquier intención humana. No deben caer los bancos, ni los mecanismos especulativos, pero no importa que la explotación del hombre por el hombre (o de la mujer por el hombre) siga persistiendo. Si las personas pasan hambre es sólo por culpa suya, por no adaptarse al sistema. Se mata al pueblo para dejar sin soberanía a las personas. Y por ende matan su libertad.

No hay más soberano que el establishment y sus necesidades. Unas necesidades que no traen ni progreso social, ni progreso humano, sino que es puro nihilismo e individualismo para los otros. Para los de abajo. Porque ellos, la clase dominante, sigue conformando un grupo cohesionado que defiende sus intereses definiendo lo real bajo su único prisma. Así domina el establishment. Y cuando la situación se pone peliaguda se recurre al consenso. Lo consensual como fórmula política máxima. Cualquier tipo de reacción fuera del modelo consensual es populista, identitario o revolucionario, y por tanto mala y contraria al progreso (económico). Y tras la muerte del pueblo queda la muerte del Estado-nación, el último baluarte que le queda al pueblo para apoyarse y cambiar el sistema.

El establishment ya no se esconde como soberano. Hace una representación, eso sí, bajo las premisas de progreso (falso progreso) y bajo la máscara de una democracia (falsa democracia) oligarquizada. Pero están ahí dominando como nunca lo habían hecho. La soberanía reside en la voluntad del establishment, el pueblo está agonizando de muerte. Aunque igual no está muerto del todo y cabe una posibilidad de subvertir el sistema oligárquico actual. Cuestión bien distinta es que se pueda movilizar a ese “sujeto de cambio” con todas las lisonjas como le entregan día a día a través de los medios de comunicación social. El nihilismo vende mejor que la unión y la formación de una conciencia de cambio. Esto no llega por Amazon al día siguiente. Pero la tensión entre democracia de verdad y representación persistirá y provocará nuevas escisiones que abrirán posibilidades de cambio.

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