“De donde no hay no se puede sacar” afirma el dicho y cuánta razón lleva. La clase política actual es catalogada por los dominados como la peor en décadas. Por mucho título que muestren en sus currículos pareciera que han sido regalados, en algunos casos existe la más que fundada sospecha, o que pasaron por la Universidad sin que la Universidad pasara por ellas y ellos. Políticos de otros tiempos con menos estudios se aparecían a los ojos de la ciudadanía como más preparados, más cultos y más responsables. Economistas que cuando hablan de economía se quedan en la lengua oculta de los mandarinatos universitarios; licenciados en derecho (porque decir abogados es casi un insulto a los profesionales de la materia) que desconocen las leyes o su significado; politólogos de lo etéreo; sociólogos del idealismo empirista; en general, políticos y políticas que muestran carencias por todos lados. Entre todos dentro de la clase política destacada, con gran ventaja, la presidenta de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso.

Pendientes más del eslogan, propio de la sociedad del espectáculo actual, del meme, del pensamiento evanescente, de lo chusco y la frase hecha, la clase política se arrastra por las pantallas televisivas, las redes sociales y las ondas hertzianas. No es la mediocracia que alguno ha denunciado, el problema es estructural a la vida interna de los propios partidos políticos (o la inexistencia de esa vida) y a la elección del más obediente/pelota al jefe de turno y a la mínima cultura política que se supone deberían tener. En el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid se suma la incapacidad para saber de qué habla o qué afirma en realidad cuando se expresa. Le han debido decir que haga referencia a la libertad, dando igual respecto a qué hable, y que a ser posible haga uso de su cantinfleo discursivo. Así parece liberal y, de paso, nadie la entiende. El problema es que las personas la acaban viendo como una completa ignorante por los continuos ridículos que hace verbalmente. A ello súmenle que, sin saber, se lanza a una actividad frenética (como hacía su antecesora Cristina Cifuentes) que provoca muchos momentos expresivos ridículos o incultos.

Tras escucharle día tras día hay una conclusión clara en el discurso de Díaz Ayuso, no sabe qué significa el concepto libertad. Cuando se usa para todo y en cada momento o se es Isaiah Berlin o se hace el ridículo. Como la capacidad intelectual del pensador no la tiene es obvio que hace el ridículo. Si fuera pareja al primero sabría que, dependiendo del contexto y la coyuntura, la libertad hace referencia a una cosa u otra. Un preso, por ejemplo, habla de la libertad como un deseo; un palestino lo hace como una aspiración a no ser masacrado por Israel; y en una sociedad occidental como la española supone, por ejemplo, tener los recursos suficientes para poder alquilar una casa en condiciones (algo que no se puede hacer con los salarios de miseria que ha cronificado el PP). Pero en Díaz Ayuso todo es defensa de la libertad. Da igual que sea para que los pobres acaben pagando el colegio de los ricos (que eso es lo que hay detrás de los conciertos educativos que llevan aplicando desde la presidencia) o para el mundo de los toros. Sí, como lo leen, los toros están sufriendo un “acoso liberticida de lo políticamente correcto”. Criticar el mundo de los toros, donde se matan animales para goce y disfrute de los espectadores, es un atentado contra la libertad según Díaz Ayuso. Que los niños y niñas madrileñas no tengan comedores abiertos en verano para poder desayunar y hacer una comida decente en el día, es colectivismo según esta señora.

Hay que defender los toros “porque son una expresión de la libertad y nos sirven como prueba de que una sociedad es libre”, al tiempo que se ha mostrado convencida de que “prohibirlos es un síntoma que debería encender todas las señales de alarma de una sociedad sana”. Como ven en las frases resaltadas, todo gira en torno a la libertad que, según su mente, está en peligro. ¿Sería capaz de explicar el porqué de esa afirmación más allá de la frase hecha? No puede porque desconoce el significado de la libertad, si lo conociese sabría que matar animales por disfrute puede ser condenado sin que la libertad afecte a nadie y sin que la sociedad sea insana. De hecho la mayoría de las sociedades europeas carecen de los toros y parecen tan sanas (o más) que la española. Si fuera por una cuestión de expresión cultural habría que recuperar las luchas a muerte entre gladiadores en Mérida, por ejemplo; o permitir las ablaciones de niñas; o siguiendo esa lógica acabar dando la razón a los secesionistas catalanes que aseguran tener una cultura propia que está siendo oprimida y reclaman libertad. Es lo que ocurre cuando no se sabe de qué se habla, que se acaba dando la razón a las cuestiones más estrambóticas. Los toros como signo de libertad es una de ellas pues lo que sería libre es el debate sobre su prohibición o no, pero esto en el PP no lo reconocerán porque mucha libertad pero sólo para la clase dominante.

Y cuando no habla de libertad (hay momentos en que lo hace por raro que parezca), deja otras perlas como la siguiente: “El hombre no es un ser violento en sí mismo, porque hay hombres que agreden a otros hombres”. Cantinflear en modo máximo. De abrazarse a Jean-Jacques Rousseau y darle una patada con Thomas Hobbes en la misma frase. Lo explicamos. El pensador ginebrino decía que el hombre (entiéndase como ser humano en versión no patriarcal) es buen por naturaleza y que la sociedad lo pervierte. Eso es lo que viene a decir en la primera parte de su frase, que el hombre entendido como sujeto de acción no muestra signos de violencia. Hobbes, por su parte, decía que el hombre es lobo para el hombre, esto es, que agrede a otros hombres. O bien se le aparecen seres extraños (como a Pedro Picapiedra) que le hacen decir esas cosas, o lo que hace cada vez que habla fuera del guión que le han dado es mostrar numerosas incapacidades. Lo prudente es callarse cuando no se sabe sobre lo que se está hablando y, en esta época de asesores, no te lo han dado por escrito antes. Pero como la prudencia no es lo más llamativo de la personalidad de Díaz Ayuso, recuérdese que era quien llevaba la cuenta del perro de Esperanza Aguirre, los asesores deberían impedirle hablar por esa prudencia necesaria.

Lo peor de todo es que esa frase servía para justificar el discurso machista de Vox. Y como en el PP piensan de forma similar a la formación neofascista (sólo hay que ver lo que se publica en ambas formaciones) pues la presidenta no sabe cómo parecer lo que no es. Decir que el hombre no es violento en sí supone reconocer lo que vienen defendiendo las feministas, que el maltratador no nace, se hace por culpa de la estructura patriarcal que habita en las distintas sociedades. Esto, además, sería reconocer que sus socios de gobierno (porque mandan más estando fuera que dentro) están equivocados, como lo está la cúpula de otro de los poderes que condicionan la vida partidista del PP, la iglesia católica. Porque en el PP, es necesario que se sepa más allá de dirigentes incapaces puestos a dedo, están aterrados con Vox. No porque les esté quitando su preponderancia en el espacio de la derecha marcándoles la agenda política (eso es evidente y se potencia por parte de los medios de comunicación de sus jefes los capitalistas), sino porque no se atreven a criticar lo dicen (ya que hacer, hacen poco) no vaya a ser que les dejen sin poltrona. Así prefieren blanquear a quienes les pueden acabar devorando (es lo malo que tiene juntarse con los monstruos como han comprobado en Ciudadanos) antes que criticarles. Saben que sin cargos son un partido muerto y, en el caso de la Comunidad de Madrid, puede haber hasta miedo a que se revisen actuaciones y papeles de las décadas ominosas. Y en todo ello no hay mejor papel que el desempeñado por la presidenta cantinflera de la Comunidad de Madrid.

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