En estos tiempos del coronavirus se pueden encontrar tanto historias de mezquindades como historias de humanismo y solidaridad. Muchos de los que lean estos párrafos ni sabrán lo que son los serenos, salvo porque alguien más mayor de su familia se lo haya contado. De hecho salvo en dos poblaciones no quedan serenos en España desde hace mucho tiempo. En una de esas, Gijón, sigue habiendo serenos cumpliendo su función de vigilancia de calles y otras muchas más. No sólo vigilan y avisan a la policía si observan algo sospechoso sino que, como recogen en su página web, acompañan y auxilian a “”personas, familias o colectivos con dificultades, falta de autonomía o desorientados”; ayudan a “salvar las barreras arquitectónicas a personas con discapacidad”; o cuidan de los “vehículos estacionados en la vía pública”.

Los serenos gijoneses han ampliado muchísimo sus funciones, en una adaptación a los nuevos tiempos encomiable. Pero siempre pensando en el beneficio de la comunidad en la que prestan sus servicios. Desde apoyo al turismo como a los pequeños comerciantes a los que acompañan o velan por la seguridad de sus negocios. “Los serenos realizan rondas periódicas sobre unas zonas predeterminadas de diferentes barrios, en horario de once de la noche a siete de mañana durante 364 días al año, únicamente no se presta el servicio el 18 de octubre, festividad del sereno. Durante sus rondas el sereno se encarga de prestar su ayuda a la ciudad, vecinos, comercios, turistas y viandantes en general. En sus paseos nocturnos los serenos comprueban que los vehículos estacionados tengan las ventanillas cerradas, en caso de robo avisan a la policía local y, si es posible, al dueño; se encargan de controlar el alumbrado público y avisar a la empresa de mantenimiento en caso de apagones, farolas sin luz o cuadros eléctricos abiertos con peligro de manipulación por los viandantes; también reconocen el mobiliario urbano para detectar posibles desperfectos en papeleras, señales de tráfico, bancos, vallas, maceteros, contenedores y resto de bienes públicos”.

En estos días, según nos han contado, están preocupados por esas personas mayores a las que el coronavirus afecta de forma más dura, las personas mayores. Hace unos días encontraron a un anciano completamente desorientado, algo por otra parte que no es novedad, y le llevaron de nuevo a su casa quedándose con él un rato hasta que se recuperó. No sólo eso, también están yendo a comprar medicinas a esas personas mayores que, por unas cuestiones u otras, se olvidaron de comprar en las horas del día y necesitan sus fármacos con urgencia. Se preocupan por acudir a la farmacia y llevar las medicinas a las personas necesitadas. Y ya que prestan ese servicio preguntan siempre si tienen alguna necesidad más que puedan cubrir con su servicio (imaginen a ciertas personas que se hayan olvidado de comprar comida) y, si fuese necesario, avisan a los servicios sociales o la policía para que sepan la situación en la que se encuentra la persona. Una labor necesaria en estos tiempos de confinamiento obligatorio.

Mientras los sanitarios se ocupan de nuestra salud; mientras los cuerpos de seguridad velan porque la situación no se desmande; mientras los transportistas se mueven para no tener desabastecimiento; mientras las personas de los supermercados se ponen en peligro para que alguien se lleve todo el papel higiénico; mientras tantas personas luchan psicológicamente contra el confinamiento, existe también un grupo de serenos en Gijón que se bate el cobre ayudando a la comunidad. Héroes anónimos que nos retrotraen a otros tiempos lejanos ya, pero que siguen cumpliendo una función social que se ha perdido en casi todo el país. En el norte, en Asturias, allí también el cuerpo de serenos ayuda en estos tiempos del coronavirus.

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