En julio de 1985, mientras España estaba a las puertas de entrar en la Comunidad Económica Europea, Felipe González decidió embarcarse y vacacionar unos días en el yate Azor. El barco era propiedad del Estado español pero tenía un fuerte componente simbólico que había sido transmitido por el NO-DO en cientos de informaciones como el refugio del dictador Francisco Franco. Era normal ver los momentos de asueto del “enano sanguinario de El Pardo”, como era calificado por los socialistas y comunistas de la época, para recordar que, quien tenía su ventana en el palacio de El Pardo encendida en constante vigilia para la protección de los españoles de la conspiración judeomasónica y marxista existente, también descansaba logrando grandes proezas en la pesca. Una fórmula más de culto a la personalidad, típica de los totalitarismos de diverso pelaje, que se inoculaba al pueblo español.

Frente a esta simbología González intentó destruir el mito del guardián de los valores de Occidente dando utilidad al barco. Intentó oponer a la figura del “Franco, Franco, Franco” la modernizadora del “Felipe, Felipe, Felipe”. Franquismo contra felipismo en los tiempos en que tenía 202 diputados en el Congreso. Un poder omnímodo que, ya en aquello tiempos, estaba devorando a la persona para convertirlo en personaje. Como pueden suponer (si es que no lo recuerdan por haberlo vivido) el escándalo fue mayor. El presidente del Gobierno afirmó que ya era hora de que los españoles se quitasen los remilgos de encima y se abriesen mentalmente. También expuso que si el barco era de Patrimonio Nacional para uso y disfrute del Gobierno no había nada malo en utilizarlo. Racionalmente podía tener razón, pero tras una transición que dejó insatisfechas a muchas personas que, empero, habían visto en la llegada de los socialistas al poder “su” momento, mentarles la bicha cuando deseaban más bien que se destruyesen todos los símbolos del poder de la cruel dictadura, era jugar con fuego.

El componente carismático de aquel González, un carisma real y no lo que ahora llaman carisma, no era suficiente para destruir los símbolos del culto a la personalidad del dictador. Que González tuviese su propio culto a la personalidad, sólo hay que recordar que nadie le tosía (salvo los voluntariosos miembros de Izquierda Socialista) en su propio partido, no servía para confrontar con el mito de Franco. En las épocas pre-modernas los símbolos del poder servían para lograr la autoridad del mando e, incluso, los poderes taumatúrgicos o divinos que se les asignaba. Tras la Revolución Francesa todo aquel mundo caía irremisiblemente a manos de la razón y de los procesos de desmitificación modernos. Sin embargo, han pervivido procesos similares, de hecho el ocupar la secretaria general o presidencia de un partido político parece dotar a quien ocupa el cargo de la capacidad de liderazgo (que es distinta a la de mando), de falso carisma y de poderes sobrenaturales. Ese culto a la personalidad sigue presente dentro de los partidos políticos. Nada de lo que asombrarse pues son instituciones donde lo irracional sigue muy presente, por mucho que vendan sistema democráticos internos. Se mitifica el cargo, incluso la sede central (carisma topológico), y se deja en manos de quien ocupa el poder toda la responsabilidad. Igual que en la época pre-moderna. A esto añádanle el culto a la personalidad propia de las sociedades de masas y tendrán la explicación completa.

González pensaba que si en el partido era “dios”, que diría Txiqui Benegas, España debía rendirle un tributo parecido en la destrucción del mito franquista. Y no. Realmente las personas hubiesen sido más felices si lo hubiese hundido en las costas británicas, como pasa ahora con el Valle de los Caídos o como pasó con los Capeto. Lo que le valdría un año después para lograr vencer la voluntad de la ciudadanía en el referéndum sobre la OTAN (con escenarios casi calcados a los utilizados por Hitler en Alemania, muy útiles para entronizar al líder y conseguir que se cumpla su voluntad), no servía para luchar contra los símbolos de una dictadura. Cuarenta años de culto a la personalidad “por la gracia de dios” eran demasiados para disolverse por la personalidad de González. Normal que Amando de Miguel y José Luis Gutiérrez (exdirector de Diario 16 por cierto) le calificasen de César. Jugaban a eso desde el PSOE, se podían quemar y se quemaron. No volvió a cometer un error así, pero sí abrió la puerta a una constante de culto a la personalidad como regla en la cultura política española.

Tras el felipismo hemos visto el aznarismo, el anguitismo, el pablismo, el sanchismo, el susanismo, el zapaterismo, el marianismo, el casadismo, etcétera. Esto supone que los equipos, la deliberación, la democracia en sí misma desaparecen. Vivimos en el constante culto a la personalidad donde la persona importa más que el proyecto; donde el dirigente por zote que sea siempre será pensado por los suyos como un ser superior; donde hay más príncipes que primus inter pares; donde el espectáculo es más importante en sí que el argumento; donde parece que estamos ante personas capaces de, por su propia voluntad, cambiar el destino de las naciones; cuando la realidad es que todo esto no es más que una desgracia democrática. A más personalismo menos democracia porque siempre acaban por creerse irremplazables. Si les ocurre a cuadros y diputados de a pie, imaginen a los más altos personajes. De ahí que insistan en estar todo el día en el foco mediático tanto los antiguos como los nuevos. Por suerte no son capaces de instalar mitologemas, tampoco le interesa al sistema, y son meros productos de consumo que hoy están arriba y mañana pasan al contendor de reciclaje.

El año que Felipe González se subió al Azor comenzó realmente la política espectáculo y el culto a la personalidad como forma de cultura política. Los partidos comenzaron a ser meros instrumentos para la clase política, no instrumentos de cambio para las personas. Hoy en día loa partidos políticos realmente son cárteles de la política que viven de las subvenciones y procuran una cantidad de puestos de trabajo que deben cuidar. Da igual a derecha o a izquierda, lo importante son los cargos y los votos que reportan dinero, eso sí, con un “líder carismático” al frente. Y cuanto más carisma parezca que tiene mejor para poder seguir acumulando subvenciones. Los programas, como pasó con Felipe González, no son ni contratos con la sociedad, sino una excusa para diferenciarse unos de otros. Culto a la personalidad si procura beneficios a la “empresa política”. En cuanto dejan de ser rentables quedan en el olvido (como le ha pasado a Mariano Rajoy en los últimos tiempos).

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