Suelen opinar que una de las reglas de oro a aplicar en los artículos de opinión es no hacerlo en primera persona, pero en este ocasión debido a la reflexión que intento trasladar resulta obligado hacerlo así.

A menudo se intenta a través de esas ideas puestas negro sobre blanco convencer a “los otros”. No es este el caso, porque con lo que van a leer a continuación ese deseo va dirigido hacia los míos, o sería mejor decir a los míos, míos.

Comencé mi andadura en eso de intentar construir puentes por los que diferentes pudieran transitar para poder comunicarse, allá por principios de 1990 cuando junto a mi gran amigo y entonces compañero de militancia en el PSOE, hasta donde habíamos llegado desde el PCE, comenzamos esa larga aventura.

Las primeras experiencias fueron largas comidas con Patxi Zabaleta, entonces dirigente de la mesa nacional de HB, en un restaurante discreto a mitad de camino entre Madrid y Pamplona, el “Casa Antonio” del pueblo soriano de Almazán.

Después vinieron 28 años de encuentros, comidas, cenas, cafés, contactos que la muerte de Enrique impidió fueran plasmados en el libro que teníamos previsto escribir.

Muchos nombres se cruzaron en nuestro camino, Felipe González, Borrell, Zapatero, Barrena, Permach, Urralburu, Roldán, Rubalcaba, sobre todo Rubalcaba.

En ese tránsito aprendí a conocer al “otro”, a entender aunque no compartiera sus ideas el sentido de su lucha aunque resultara equivocada y dolorosa. A entender, y también a comprender qué había detrás de tanta violencia, de tanto odio y rabia. Intentar elevarme para evitar que el árbol me impidiera ver el bosque.

Fue un proceso arduo y difícil lleno de altibajos, encuentros y desencuentros, todo ello en años de “plomo y fuego”, con las contradicciones a flor de piel. Por un lado esos encuentros intentos, del otro asesinatos, extorsión, choques brutales con las gentes de esa orilla en las diferentes instituciones, en especial el Ayuntamiento de Villava.

Amenazas, coacciones, la familia implicada en esa tensión inadmisible, intolerable. Incluso recuerdo la llamada desde el Ministerio del Interior, comunicándome que el último comando detenido me tenía realizados seguimientos, que podían haber acabado con mi asesinato si no los hubieran cogido.

Parece difícil entender que por un lado intentara comunicarme con ellos y por otra me confrontara de manera abrupta, creo que valiente. Quizás la explicación estuviera en que siempre tuve la esperanza de que esa pesadilla acabara justo como ha acabado.

Mientras tanto colaboración con los diferentes movimientos que aparecían para dar una oportunidad a la paz y la convivencia. Gesto por la paz primero, después Elkarri, Lokarri, Foro Social y allí nuevos nombres, nuevas personas, Jonan Fernández, Paul Ríos, o Agus Hernán se añadieron a esa larga lista de diálogo con diferentes, que en realidad iba descubriendo que no lo eran tanto.

Todo ello con la incomprensión, el desencuentro y el desamparo de los míos, míos.

Recuerdo cuando en las refriegas de los plenos del Ayuntamiento de Villava-Atarrabia llenos de tensión me dirigía a esas gentes de la otra orilla, que casualmente estaban ubicados enfrente indicándoles: El día que no apoyen la violencia, que no amparen a una banda terrorista todo será posible, todo, hasta el acuerdo y la colaboración.

Ese era el mensaje a trasladar según mis mayores y ese trasladé firmemente convencido de que sería así. Me lo creí quizás de manera ingenua.

Entendía que el sufrimiento se repartía, de manera injustamente desigual pero se repartía. El de las víctimas de ETA y el de los daños colaterales que producían en la otra orilla, una lucha anti terrorista llevada por caminos ilegales e ilegítimos, incluida una política de dispersión que como demócrata nunca entendí.

¿Por qué castigar a las familias de los delincuentes, me preguntaba? ¿Por qué producir más daño innecesario?  ¿Por qué ese “ojo por ojo, diente por diente? ¿Por qué anteponer venganza a justicia?

Ahora ya la causa, la existencia de ETA, ha desaparecido, por lo tanto debería ser obligatorio que desaparezcan esos efectos.

Resulta injusto y en mi opinión contrario a las normas democráticas, que si un preso, pongamos que es por haber asesinado a su mujer, tenga unas normas penitenciarias y otro de las mismas características pero del mundo de ETA (recuerdo, una organización armada, terrorista o como se quiera denominar desparecida) no.

Por eso comencé a colaborar con “Orain Presoak”. Un colectivo de gentes plurales que como yo entienden este razonamiento como evidente. Por eso he participado en sus diferentes apariciones públicas y por eso estaré el próximo 20 en Donosti reclamando la igualdad de aplicación de normas penitenciarias.

No la impunidad, sino la igualdad y la aplicación justa de las normas. Acercamiento de presos, medidas excepcionales para enfermos con enfermedades terminales y concesión equilibrada de grados penitenciarios.

Lo haré como socialista, como luchador de la izquierda y sobre todo como demócrata. Aunque paradójicamente ahora las tensiones me vengan del otro lado, aunque genere incomprensión, incomunicación y crítica….de los míos, míos.

Aprendí a ser valiente hace muchos años, allí por finales de los 60 cuando había que luchar en circunstancias peligrosas, cuando aguanté los envites de canallas como “Billy el niño”, o cuando en los años difíciles me mantuve firme en primera línea de fuego frente a ETA y no lo voy a dejar ahora en el final de mis días, ligero de equipaje.

Estaré el 20 en Donosti sí a favor de que los derechos se apliquen a todos los presos y lo haré junto a mis anteriores enemigos, con gentes con las que me confronté a menudo violentamente, contra quienes luché a brazo partido porque consideraba que la razón estaba de mi parte. Ahora estoy a su lado porque considero tienen razón en sus demandas.

Lo haré consciente de que es mi obligación ética y moral, precisamente ahora que los políticos actuales carecen de ambas. Que estaré haciendo lo que debo para poder vivir con mi conciencia tranquila.

Se me acusará de estar poseído por el “síndrome de Estocolmo”, de ser un “tonto útil”, o lo que es peor aún un traidor. Me da exactamente igual, porque si no entienden mis razonamientos será porque algo muy profundo se está degradando en la sociedad actual.

No pretendo que se me dé la razón, ni siquiera que se me entienda, sólo que lean estas líneas con alma limpia y altura de miras.

Veremos……

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