En el tiempo de la política espectáculo en su mayor auge, donde los populismos, la mentira y lo estrambótico campan a sus anchas, la clase política de la mediocridad está disfrutando. Para los espectadores (que no ciudadanos) el espectáculo tiende a ser vergonzoso, triste, incomprensible y/o impropio de seres racionales (o que al menos deberían serlo). En todo este esperpento político ayer Pablo Iglesias bordó lo surrealista, pero no como acción revolucionaria tal y como pensaría André Bretón, sino como acción situada fuera de la mínima conexión entre los principios que se dicen defender y los actos que se llevan a cabo (sean de palabra, de fuerza o de omisión).

Cuando hace unas semanas nos sorprendimos de la petición que realizó el secretario general de Podemos al jefe del Estado, pues lo republicano no se le cae de la boca (de hecho en el parlamento esta misma semana ha hecho una broma con el presidente del gobierno y su falta de republicanismo), pensamos que igual estaba enfermo, había tomado algo que le habría provocado delirios o el chupito después de comer era de unas yerbas en malas condiciones. Pues no. Parece que la petición en aquel momento de pedir ayuda al monarca para entrar en el Gobierno no era producto de un proceso febril, sino que era seria. Le dan igual los principios, le da igual que el jefe del Estado no esté para esas cosas, ÉL pide a Felipe de Borbón que le diga a Pedro Sánchez que les meta en el gobierno aunque sea sólo un poquito. Vamos para catar lo que se siente al estar en una poltrona.

Como buen conocedor de la historia española debería Iglesias saber que cada vez que la borbonada se ha metido en política hemos acabado mal. Cada vez que han tomado parte, más allá de los trasuntos de las comisiones y los saqueos de la caja de caudales que ya hicieron los antepasados del actual Borbón, el país lo ha pasado mal y se ha dividido. De ahí que resulte extraño que pida al monarca ejercer cierto absolutismo para ponerse de lado de Podemos. Y además es que las palabras que ha pronunciado son falsas e incoherentes para alguien que dice haber estudiado Ciencias Políticas (aunque lo hizo tras Derecho y el sistema de convalidaciones es lamentable) y se ha doctorado en la materia (aunque perteneciendo a un departamento donde prima la historia y la geografía política y social). “Creo que el rey debería hacer entender a los candidatos que la coalición es una vía de dar estabilidad a nuestro sistema parlamentario” ha dicho obviando que la función de jefe del Estado no es esa y que el sistema no se estabiliza más o menos por tener coaliciones.

El sistema parlamentario tiene estabilidad, lo primero, si existe una clase política capacitada para lo mínimo, como es la deliberación y el debate. Esto hace años que no existe en el Congreso y puede ser que por ello exista menos estabilidad y más adanismo y soberbia. Los acuerdos, que no tiene por qué ser coaliciones, entre personas que debaten, deliberan, piensan y consensuan sí dan estabilidad. Pero esto es algo que Podemos no ha hecho desde el 28 de abril. Hasta el dos de agosto, por tanto algo más de tres meses después de las elecciones, no presentaron algo sustancial con lo que poder debatir y consensuar. Antes de eso todo se limitó a cargos y canonjías, pese a que a primeros de julio el PSOE ofreció unas pautas previas programáticas para establecer las vías de consenso. Hasta Alberto Garzón se desgañitó hablando de lo programático, pero Iglesias y su comandita que cargos y canonjías. No son los gobiernos de coalición los que dan estabilidad parlamentaria (miren cómo acabaron los británicos y su pacto Conservador-Liberal), sino los acuerdos tangibles. Y pactar cargos solamente es hacer castillos en el aire, o construir una torre de Babel sin ladrillos, parafraseando a Georg Lukács.

Tras el primer esperpento semanal como fueron los “ministerios melón”, esos que eran a prueba y cata, llegó el segundo, que es reiteración, de pedir a Borbón que indique a los dirigentes políticos a fin de que haya coaliciones que estabilicen el parlamento, no el sistema político que seguirá igual que hasta la fecha, lleno de soberbios, de mediocres e incapaces de pensar en el bien común. Al final de todos los discursos, relatos y demás zarandajas que se traen ¿qué queda? ¡Que me des un cargooooo! Ni una sola aportación programática al debate. Quiere cargos para vigilar a Sánchez y Sánchez no se los da porque no quiere que lo vigilen. Mientras la derecha velando armas por si se diese la casualidad de que la fortuna (esa que Maquiavelo decía que ayudaba al gobernante) les diese el gobierno a ellos. No quieren ni un gobierno de frente amplio, ni de programa, sólo cargos en base a una legitimidad que está más cerca del mundo de las formas platónicas que de la realidad. Abandonado el materialismo histórico les queda la ensoñación gramsciana tamizada de populismo peronista. Pero con cargos y haciendo la pelota al monarca que dicen que no es legítimo. Todo muy lógico dentro del mundo espectral de la política espectáculo.

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