Estos días llenos de bastones mando sobrepoblando la política, de política espectáculo al nivel local y autonómico, esperando que su santidad de la Moncloa decida algo, está pasando desapercibida la fusión fría que se va a producir entre Izquierda Unida y Podemos, o cuando menos intentar. Ya lo advertimos cuando terminó la Asamblea Política y Social de la coalición de izquierdas, pero cada día lo que allí se votó con el 70% de los asistentes (que no eran ni casi un tercio de los miembros) va tomando cuerpo. Que Gaspar Llamazares y Francisco Frutos hayan sido entrevistados por ABC muestra que la derecha mediática tiene más vista de lo que se está cociendo en el seno de IU. No es que estas dos personas representen un sentimiento arraigado en la coalición pero ahí está el debate.

En la dirección de IU, y lo más extraño del PCE, parece haber consenso respecto a la fusión fría, esto es, un acuerdo de mezcolanza donde unos ganarían sedes y estructura regional, y los otros pagar deudas. Porque quitando esa razón, y tal y como está ese campo abierto del post-15M y movimiento del cambio más, no se comprende que se acuda a una fusión que a los críticos, que son más de los que parecen, les parece una barbaridad a tenor de los hechos. Una rendición de toda una tradición de lucha que se entrega así, sin más. Por ello, y conociendo que la famosa ley de hierro de la oligarquía funciona, sólo cabe preguntarse ¿qué gana Alberto Garzón con la fusión? Si el problema fuese de dinero con vender la sede central igual hasta valdría. De ahí que las preguntas deban ir más allá.

Hala izquierda del PSOE y su alboroto de McMadrid se está postulando la creación de un marco de trabajo mucho más amplio que los partidos políticos en sí. Algo que, tomando como modelo Adelante Andalucía, genere un espacio común sin entreguismos, con respeto al discrepante, con mucha más democracia interna y con unas ideas más claras y definidas, no el totum revolutum que es Podemos todavía. Una izquierda alternativa donde quepan radicales, anticapitalistas, comunistas del PCE, ecosocialistas y diversas confluencias en aquellos lugares donde haya un movimiento más regionalista. No un Podemos II, ni una IU III, sino algo nuevo que responda realmente a la defensa de los intereses de la clase trabajadora y de otros colectivos que estén en el camino de la transformación del capitalismo. Digamos que un espacio donde la lucha, la praxis real, sea la que permita obtener el conocimiento suficiente para poder articular los programas electorales y las teorías alternativas frente a los aparatos ideológicos de la clase dominante. Esto lo han dicho desde Raúl Camargo de Anticapitalistas hasta numerosos críticos del PCE. Pero esto no es lo que realmente quiere Alberto Garzón sino fusionarse con Podemos a las bravas y con algo de mando en plaza.

Según algún analista y lo que han contado desde dentro de Podemos, a Pablo Iglesias le vendría muy bien la infraestructura de IU y sumar apoyos en la ejecutiva con garzón y algunos otros miembros de IU. Garzón se quitaría la losa de IU (deudas y menos notoriedad mediática) y pasaría a ser uno de los nuevos referentes de Podemos. Esto debería refrendarse mediante votación presencial y electrónica y nadie garantiza que lo ganase. Pero hay caminos que apuntan a cierto deseo de ganar en presencia mediática, a tener algo más de peso en la política estatal y poder acudir a las reuniones importantes y no sólo a ver al ciudadano Borbón. Una cuestión de egolatría es lo que apuntan algunos medios “progres” además de lo económico. Aunque no debe ser eso, sino que debe haber algo más. Porque siendo así lo sencillo sería bajar de la coordinación federal a Garzón y a otra cosa.

¿Electoralmente gana algo la fusión? Más allá de locura de siglas, no hay datos empíricos que digan que ese tipo de apuesta vaya a garantizar más votos de los obtenidos en las últimas generales. De hecho los datos muestran que en algún que otro lugar donde se ha ido por separado, a IU no le ha ido tan mal y donde han ido unidos, quitando en Andalucía que ha salvado la cara, en ningún sitio se ha sacado un gran resultado. Y no es tanto cuestión de que Iglesias caiga mal al votante de IU como que son los propios dirigentes regionales o locales de Podemos los que han terminado por ahuyentar a los votantes de IU. Eso ha ocurrido en Castilla-La Mancha, por ejemplo.

Todas esas cosas de la diversidad mal entendida, de las gracietas de las magdalenas y el amor como seña de identidad no calan salvo en cierto tipo de votante de la bohemia burguesa o recién salidos de la Universidad. Mientras los barrios marginales o periféricos aumentan su marginalidad y su exclusión. ¿Es homófoba o racista la clase trabajadora? No pero pasan de esas luchas subalternas que no les resuelven los verdaderos problemas. Garzón, no sabemos sin consciente o no, ha dejado de lado el lenguaje propio de la clase trabajadora para abrazarse a la postmodernidad estética que prevalece en el mandarinato cultureta de Madrid. Allí donde se hablan de los problemas reales de las personas curiosamente, IU gana más… y Podemos también. El resultado de 42 diputados de las últimas generales no se ha ganado con reclamos a lo populista o lo estético sino con defensa de derechos fundamentales y lucha contra la clase dominante. Hoy parecen estar tras el cargo.

¿Quiere ser ministro Garzón? Igual sí dirán lo malévolos y los críticos. Si lo desea o no tampoco es algo que vaya a quitar el sueño a la clase trabajadora, pero debería recordar lo que decía Althusser hace unos años, se puede estar hasta en los gobiernos por una cuestión coyuntural pero no se puede, ni debe, abandonar la lucha contra la clase dominante. Y sinceramente ni el PSOE, ni el establishment actual permitirían ese tipo de acción. Si están moviendo Roma con Santiago para acabar con Rivera, con Garzón no dejarían ni que llegase a prometer el cargo. Ya hemos visto a lo largo de la historia cómo revolucionarios de izquierdas se ahorcaban en comandita en una cárcel todos a la vez. O cómo se les endosaban crímenes no cometidos. Ni llegaría a pisar la moqueta de la Zarzuela como ministro. Así que a día de hoy nadie entiende qué se gana con la fusión fría salvo comodidad y popularidad.

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