La malagueña Isabel Bono ya tiene un sitio donde tomar café como en casa. Entre grandes como Cela, Umbral, Grerardo Diego, Buero Vallejo o Fernando Fernán Gómez. El premio de novela Café Gijón 2016 ha valorado “el carácter sumamente original y exigente” de Una casa en Bleturge, primera novela de una autora que cultiva la poesía y los relatos desde su infancia. La inconmensurable desolación por la pérdida de un hijo lo cubre todo en esta obra que toca la fibra y descubre a una escritora a la que hay que seguirle la pista muy de cerca.

El jurado que le ha concedido el Café Gijón de Novela asegura que con esta su primera novela “ha sabido elegir el tono de cada uno de los personajes de esta tragedia familiar expresando los sentimientos que les unen y les separan”. ¿Si se logra la credibilidad de los personajes se tiene mucho ganado con una novela?

Por supuesto. Creo que hasta para escribir ciencia ficción hay que hacer que la historia sea creíble, y la única manera de conseguirlo es que los personajes lo sean. Por muy bueno que sea el marco en el que suceda una historia, si los personajes fallan la historia se cae. En mi caso no construyo completamente a los personajes antes de comenzar el texto. Me los describo brevemente y “los echo a andar”. Los pongo en distintas situaciones y voy pensando cómo reaccionarían, qué haría cada uno. Si construyes a los personajes con coherencia, es difícil que la historia no quede creíble.

Para lograrlo, ¿hasta qué punto el narrador –el padre o la madre de la criatura– se debe implicar con sus ‘hijos’?

Pues no valen medias tintas. Pero no sólo con los personajes, hay que implicarse en cada cosa que suceda en esa historia, por pequeña que parezca. Desde cómo entra la luz por la ventana de la cocina, hasta cómo sienten la ropa que llevan. Es que si yo, como “madre de la criatura”, no me implico, ¿cómo voy a esperar que se impliquen los lectores?

Isabel Bono-1-ok“Heroínas son esas madres que pierden a sus hijos y siguen en pie”

Toda la novela gira en torno a la presencia constante de una ausencia en una familia. La de un hijo que ya no está. Sus padres y su hermana son ahora los protagonistas del desmoronamiento. ¿Puede haber algo más cruel para hacer implosionar la felicidad de una familia que la pérdida de un hijo o un hermano?

Cuando vi que lo que estaba escribiendo podía ser una novela, y vi que el tema principal era el dolor, quise buscar el dolor más grande de todos. Soy incapaz de imaginar nada peor, nada más doloroso, que la pérdida de un hijo (y eso que yo no los he tenido). Admiro profundamente a las mujeres que han perdido un hijo (o más), y han sabido seguir viviendo. No sé de dónde sacan esa fuerza. No sé si yo podría.

En lo cotidiano usted halla el valor de la literatura. No hace falta contar grandes epopeyas con tramas grandilocuentes para que una historia pueda ser una elegía admirable y emocionante, ¿no cree?

Creo que nada emociona más que lo pequeño, lo que sucede casi al margen de las cosas. O seré yo, que no me atrae nada lo grandilocuente, las grandes gestas, los héroes. Heroínas, como digo, son esas madres que pierden a sus hijos y siguen en pie. Y seguro que lo hacen por los demás, por sus otros hijos, por su familia. Esa generosidad. Eso sí que es emocionante, mucho más que todos los héroes espada en mano juntos. 

Esa casa en Bleturge… ¿nos enseña a buscarla en su novela?

En la novela, ella imagina un refugio. Supongo que siempre ha intentado ponerle nombre (a todos nos gusta que las cosas tengan nombre para hacerlas más reales). Ella lee la palabra Bleturge en una pegatina y de repente ese refugio toma forma, le parece más accesible.

¿Tiene sentido hacerlo?

Todos tenemos un refugio privado, ¿no? Cuando queremos “desaparecer” acudimos a él. Sería bonito que los lectores no buscaran esa casa en el libro sino en su propia vida. Si tuviera que describir mi propio Bleturge, sería estar escribiendo. Escribir es mi casa en Bleturge.

Cuenta en su blog personal que nunca se atrevió a llamar novela a esta novela. Más bien, “peldaños”. Peldaños donde dice que avanzar suponía subir “un Everest particular. Escribir uno más sin borrar cuatro”. ¿Tan dura fue la tarea?

No diría que fue duro porque ha sido muy bonito. No sufro escribiendo, disfruto más que con cualquier otra cosa. Pasa que “podo” más que escribo y eso lo complica todo. Me pasa igual con los poemas: mi manera de corregir es tachar, eliminar lo que sobra. Por eso pensaba que nunca escribiría una novela, que como mucho tendría unos cuantos “peldaños” que me iban acercando a algo. Tampoco hubiera sufrido nada por abandonar esta historia. Habría empezado otra. Lo bonito, lo que importa, es estar en camino, ¿no? Pero, bueno, al final “los peldaños” con los que contaba me dejaron ver el paisaje desde arriba.

Después del premio Café Gijón se supone que ya nada debe ser igual para una novelista novel como usted. ¿O sí?

Pues no estoy segura. De entrada me veo igual. Voy escribiendo, voy podando, voy guardando. Cuando vuelvo a leer lo escrito, en frío, vuelvo a preguntarme a quién podrá interesarle. Pero, por otra parte, a raíz del premio, he retomado una historia que había abandonado. Así que supongo que “una mijita” más de seguridad sí siento. De todos modos, si algo/alguien me tiene que dar seguridad son los lectores. Que el libro “les toque”. Hoy, por ejemplo, me ha escrito mi amiga Cova para decirme que se lo ha leído del tirón, y me ha llamado mi tía Mari para decirme que anoche se había emocionado (y llorado) con algunos fragmentos. Eso me da más confianza en lo que escribo que cualquier premio. 

¿Y ahora? ¿algún tipo de temor en el proceloso mundo de las letras?

Yo sé que no me ve, pero puedo asegurarle que sonrío mientras escribo estas cuatro palabras: “Nec spe, nec metu”.


UNA CASA EN BLETURGE
Una casa en Bleturge
Isabel Bono
Siruela
212 páginas
16,95 €

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