Si es o no cierto, el tiempo lo dirá. Entre las voces socialistas que dieran su sangre y su prestigio por Susana, siendo voz y parte en las cuitas contra Pedro Sánchez, empieza oírse un «sálvese quien pueda». No es para menos después de que la capitana al mando, haya echo mutis por el foro y ni tan siquiera se halla dignado a levantar el teléfono, para y como muestra de fe y fidelidad a sus suicidas secretarios provinciales, agradecerles la entrega demostrada.

Dicen que el capitán es el último en abandonar la nave, así al menos lo dictan las leyes del mar. Sin embargo, Susana está en tierra firme, aunque con los pies embarrados y con un futuro más que incierto. Eso sí, más preocupada por salvar su nao que por salvar su flota, o, dicho de otro modo, por salvar su culo.

Cuentan que cual ánima en pena se la escucha musitar por los pasillos de palacio la palabra traición, después de ver cómo algunos barones y entre estos Fernández Vara han desertado de sus filas para alistarse en el bando enemigo. El extremeño no será el único y si no al tiempo.

Pero es en esa oscuridad futurista donde la que pudo ser Secretaria General y no fue, recapacita en soledad, alejada de asesores, de aduladores preocupados por el puesto que ocupan y de las viejas glorias socialistas que, si bien es cierto que un día la auparon al trono, hoy no son capaces de lanzarle un cabo, dejándola a la deriva. La sultana llora.

Pero cómo reprocharles nada, cuando ella, desde su retiro de San Telmo, ha quemado  la agenda en la que estaban los teléfonos de sus lugartenientes provinciales.

Afónica, tras el desgañito durante la campaña politico-militar y herida de muerte, su mejor baza es aguantar el chaparrón de los suyos y rendir pleitesía a su nuevo señor en señal de vasallaje enterrando su espada no vaya a ser que a Pedro el cruel se le ocurra degollarla con ella mientras entona el pena, penita pena.

Y mientras esto sucede el descontento de sus huestes es cada vez mayor, como lo son tambien las deserciones dentro de aquel prieto ejército de antaño en el que temerosos de perder soldada y galones muchos se preguntan: ¿donde está Susana?.

«Estar está, aunque no se la vea» asegura un miembro de su corte que prefiere no retratarse. No están los tiempos para muchas fotos y sí por contra para nadar y guardar la ropa mientras recitan de corrido aquello de «yo estaré donde decida mi partido».

Lejos quedan los  tiempos en el que sonaban las guitarras trianeras y al son de las palmas los secretarios provinciales le bailaban el agua a la Sultana de Sevilla, lejos aquel Rocío de años anteriores en el que todos se pegaban por hacer el camino rozando los volantes de su falda. Eran otros tiempos, hoy mas de uno ha quitado esa foto de la mesa de su despacho en la que se les veía con Susana, de igual manera que tras la defenestracion guardaran en el cajón, aquella otra de Pedro con la que tanto alardearon.

El miedo, ese mal endémico de los políticos que están arriba y siéndolo todo, pueden no ser nada, se ha instalado entre los dirigentes, parlamentarios, delegados provinciales y consejeros.Muy especialmente entre aquellos que han hecho de la la política su oficio, tal vez por eso resuene desde Huelva hasta Almería , pasando por Sevilla, un «Virgencita, que me quede como estoy» mientras desde Ferraz, un nuevo inquilino llamado Gómez de Celis, pide al rey socialista la cabeza de Susana.

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