Fuente: Fundación Felipe González

¿Se ha vuelto por alguna puerta espacio-temporal a 1979 cuando Felipe González claudicó, brevemente, frente a los marxistas? No. El ex-presidente del gobierno y segundo secretario general más longevo del PSOE no se ha vuelto a tener que ver en aquellas circunstancias, pero con el paso del tiempo las posiciones que mantienen le alejan cada vez más de las bases del PSOE y de las estrategias que toman los órganos ejecutivos del mismo. Es en ese sentido en el que la corriente de opinión del PSOE ha vencido a Felipe González. Una victoria simbólica después de casi cuarenta años contra quien catalogaban como dios en su propio partido. Una victoria ideológica, a la par que simbólica, habría que añadir también contra la derecha del PSOE. Esa que conecta con los restos, en muchos casos pútridos, del felipismo-guerrismo y con las baronías del nacional-catolicismo socialdemócrata.

No es que la corriente de Izquierda Socialista haya hecho algo especial. Desde luego no lo ha hecho esa parte que tienen secuestrada algunos miembros destacados de la Ejecutiva Federal para su uso y disfrute (vamos para que les hagan tres personas de palmeros), sino la que está presente en agrupaciones y comités de diverso nivel a lo largo y ancho del partido, cuyos representantes democráticamente elegidos no son reconocidos por lo comentado. Esa corriente, el último bastión marxista de los dos grandes partidos de la izquierda habría que decir, ha venido defendiendo que el PSOE siempre debería pactar, dada la coyuntura, con los partidos de la izquierda. Lo pidieron cuando González pactó con Jordi Pujol (sí, ese nacional-católico independentista que funcionaba en base al 3% que quitaba a los catalanes); lo pidieron cuando José Luis Rodríguez también se abrazaba a los nacionalistas; y lo pidieron tanto en 2015 (José Antonio Pérez Tapias desgañitándose en un Comité Federal junto al tristemente fallecido Mario Salvatierra), como en todas las elecciones que han venido posteriormente. De hecho hicieron fuerza para que la situación que hoy está bajo rúbrica de un preacuerdo fuese similar en julio. Diversos comunicados así lo muestran frente a la parsimonia de la mayoría de la Ejecutiva Federal que miraba hacia otro lado. Tan sólo Andrés Perelló (miembro de Izquierda Socialista) insistió hasta el final, incluso en agosto-septiembre.

A González y sus compinches de la época les parece mal que Pedro Sánchez pacte no sólo con Podemos (como si la formación morada no fuese una especie de PSOE con treinta años menos), no pueden ver a Pablo Iglesias ni en pintura porque les ha recordado sus miserias constantemente, sino que tampoco pueden ni hablar con partidos como ERC. Algo que sí se apoya desde IS. González, paradójicamente, afirma que eso no se puede hacer porque son independentistas y la solución al problema catalán se resuelve por la vía democrática. Si no hablan ¿cómo van a traer a ERC a la senda democrática? Niega extender la mano González a quienes podrían volver a la senda de la sacrosanta Constitución, pero reclama democracia. Pero ¿no habíamos quedado (así lo dejó por escrito en un libro) que el diálogo habermasiano (dialogar y dialogar como fundamento democrático) era lo mejor para solventar los problemas? Ni se acuerda porque, como él mismo ha reconocido, siempre se ha entendido mejor con los políticos de derechas. En su acto de ayer ha afirmado que durante la construcción europea se entendía mejor con “Helmut Kohl que con los laboristas británicos”. Normal porque él estaba haciendo a los sindicatos y la clase trabajadora lo mismo que Margaret Thatcher en el Reino Unido. En eso le ha ganado también IS, porque ahora está extendida la opinión de que lo que ha de primar en las políticas del PSOE es defender a la clase trabajadora de la explotación neoliberal-capitalista.

Y como la soberbia le puede, González ataca también al PSOE y al resto de partidos de la izquierda por plantear el debate en el eje derecha-izquierda. Cuando habría que plantearlo en términos planetarios, diversos o digitales porque es lo que toca. Vamos el mismo discurso de la clase dominante, en la que él está incrustado, que no quiere que se le vean las costuras rotas del capitalismo. González parece apoyar la explotación general del capitalismo y la autoexplotación concreta que genera el neoliberalismo con eso que llaman emprendimiento (falsos autónomos más bien). Esta batalla la tiene perdida también dentro del PSOE, que sin ser un núcleo de bolcheviques a punto de tomar el Palacio de Invierno, sí que han recuperado la conciencia de clase, a la que añaden el feminismo y el ecologismo porque están unidas en un conjunto de transformación estructural. González está transmitiendo la ideología dominante y por eso le molesta que el PSOE se desmarque un poco de esa dominación superestructural. Él querría que Sánchez se dedicase a pasearse por la Unión Europea (que lo hace) obedeciendo lo que digan alemanes y franceses, de ahí que le moleste que el presidente desee tener una especie de agenda propia (algo que apoyan desde la formación morada).

Ni González, ni Ibarra, ni Leguina, ni el cacique añejo que ustedes quieran poner, tienen algo que ver con el actual PSOE, salvo ser parte de su historia. Como diría Jacques Derrida estas personas no son ni espectros de lo que fueron y por lo tanto no marcan el por-venir, ni pueden volver a aparecerse salvo como daguerrotipos antiguos que hacen gracia pero no se cuelgan en las paredes porque asustan. González, por mucho que se invista de dominar los flujos históricos (sus cuatro palmeros y la derecha mediática se lo repiten), no es capaz de ver que el eje derecha-izquierda sigue presente, mucho más de lo que pueda esperar o analizar porque es el propio sistema el que genera que lo material vuelva a la superficie y domine la escena. No son los jueguecitos de los burócratas europeos los que generan las contradicciones, sino el propio funcionamiento del capitalismo y su ideología de dominio, el neoliberalismo. Si González leyese los documentos de Izquierda Socialista se daría cuenta de que el austericidio, la precarización o tener la tercera clase trabajadora más pobre de Europa no es culpa de un simple burócrata sino de la expulsión de España, por parte de las potencias capitalistas, a la semiperiferia del sistema (el país de las ingenieras baratas y los camareros de piel morena).

Ha sentado mal entre la derecha del PSOE (de ahí la victoria moral de Izquierda Socialista) el acuerdo con Podemos pero es curioso que esos que siempre reclaman el pragmatismo (¿recuerdan “gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones?”), dada la coyuntura actual reclamen una gran coalición (que finiquitaría a PSOE y PP) en favor, no de España (que siguen sin reconocer plurinacional, pero como no saben distinguir nación de nacionalismo se pierden por el camino), sino de la clase trabajadora. Llevan tantos años olvidando las políticas de clase en sí que ahora en cuanto arriba un madurito a la secretaria general, que nunca destacó por ser un rojo, más bien al contrario, y decide que las políticas de clase han de volver (un poco al menos), se les erizan los pelos del cogote. Porque no piensen que PSOE y Podemos van a provocar la revolución (ya ha advertido Iglesias que tendrán que ceder en algunas cosas poniéndose el traje de vicepresidente), al contrario socialdemocracia con cierto toque de clase ya que, haciendo bueno el humanismo, no se puede permitir más hambre, ni más precariedad en España. Pragmáticos que no han entendido había que firmar el preacuerdo y estructurar el futuro gobierno cuanto antes porque llevamos años sin presupuestos (luego algún barón pedirá dinero por esa misma causa) y lo programático lo tienen más que redactado desde hace tiempo. Así que, haciendo caso a lo coyuntural y material, lo normal es actuar como han hecho por mucho que le moleste a González y Cía. No han puesto el carro antes de los bueyes, más que nada porque los bueyes están en la derecha a punto de embestir. Como embisten, que no invisten, esos odres antiguos que no permiten vino nuevo. Tan antiguos que se han avinagrado.

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