En la celebración de la efemérides del bicentenario del nacimiento de Karl Marx no podía faltar la obra, más bien el panfleto (en su sentido no despectivo), que co-escribió junto a Friedrich Engels. En él se expresan temas que luego, más adelante, trataría con mayor profusión y que estarían presentes durante toda su obra y su actividad política. Un panfleto, por cierto, que ha cumplido en febrero 170 años de existencia, pues se publicó en 1848, poco antes de que comenzaran las revoluciones europeas de ese año. La revolución italiana, sofocada por las fuerzas conservadoras y el Papa de Roma, tenía en Giuseppe Mazzini y Giuseppe Garibaldi a sus dos figuras con una fuerte visión “socialista”. Una obra que fue pensada como manual de activismo para los miembros de la secreta (porque estaba prohibida y perseguida) Liga Comunista. Y que como reconoció Engels en el Prefacio a la edición alemana de 1890, tuvo una buena aceptación en los años posteriores para caer en la opacidad hasta casi los 1870s por culpa de la persecución y los acontecimientos históricos.

Lo que en principio era para uso activista, empero, se acabó convirtiendo en una biblia para los marxistas de toda condición en el siglo XX; se convirtió en una obligación lectora para todo aquel que llegaba a un partido socialista o comunista; se convirtió en una obra satánica para los liberales y conservadores, algo que estaba retrasado y no tenía ningún valor ya a la luz de los cambios sociales que se habían producido; y también sigue siendo una obra con un increíble tirón editorial, un clásico de los libros de bolsillo de muchas editoriales. Como curiosidad, su comienzo sigue siendo reproducido, en muchas ocasiones por personas que ni lo han leído, en numerosos artículos periodísticos: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”.

Los dos aspectos destacados del Manifiesto Comunista son: que la historia es una historia de la lucha de clases y que la estructura económica acaba determinando la época en la que se desarrolla. Estos dos posicionamientos tienen una serie de implicaciones que también se explican en la propia obra, todo ello mediante un proceso pedagógico, con constantes referencia a la historia y a los hechos históricos, porque al fin y al cabo estaba destinada al proletariado para que tuviese conciencia de ser el sujeto histórico de la emancipación final. Porque, por toda la obra se habla con claridad de que es el proletariado ese sujeto, ya que se estaba en la fase en la que la clase explotada [proletariado] no podía emanciparse ya de la clase dominante sin emancipar para siempre a la sociedad entera. Al fin y al cabo, con el Manifiesto Comunista, Marx y Engels, dieron esperanzas a los trabajadores del mundo. Ofrecieron a la humanidad la posibilidad de tener un mundo mejor.

¿Queda algo del Manifiesto Comunista hoy en día? A izquierdas y derechas dicen que no. Los primeros porque dicen que eso es un arcaísmo, que hoy en día lo importante es gestionar socialmente, para todos, que hay redistribuir la renta (pero poco según confirman las estadísticas) y olvidarse de mayores cambios o transformaciones. Vamos que viven muy bien dentro del capitalismo porque tienen muchas cosas, muchas mercancías. Son, como diría Engels (en el Prefacio al Manifiesto de 1890 de la edición alemana) “curanderos sociales [que aspiran] a suprimir, con variadas panaceas y emplastos de toda suerte, las lacras sociales sin dañar lo más mínimo al capital ni a la ganancia”. Así, los socialdemócratas han permitido, junto a muchos comunistas, que la clase dominante sea más rica a pesar de crisis y redistribuciones, mientras que los demás tienen cada vez menos. Por la derecha, como no podía ser de otro modo, dicen que este libro causó muertes, los más salvajes; que está completamente anticuado y desfasado; que nunca analizó bien lo que decía analizar; y que la historia no tiene un espíritu que la lleva más allá (estos acaban negando hasta el propio sentido de la revolución burguesa como se ve).

La pervivencia del Manifiesto.

El Manifiesto sigue teniendo su sentido, no tanto como elemento actual (pues es cierto que está descontextualizado porque han pasado 170 años), sino como elemento para tener conciencia de que se debe analizar lo que pasa a nuestro alrededor con otros ojos. También nos sirve como aliciente para cambiar las cosas en un sentido distinto al deseado por la clase dominante. Y, por qué no decirlo, tiene algunos puntos que a día de hoy siguen sorprendiendo porque nos pasan a todos. Una muestra: “La producción económica y la estructura social que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica constituyen la base sobre la cual descansa la historia política e intelectual de esa época”. La economía digital, por ejemplo, está haciendo al ser humano cada vez más mercancía, o está generando una homogeneización mayor porque así le conviene al capital. Que nos riamos de las mismas series televisivas aquí o en Australia, derivadas casi todas desde el Imperio capitalista, no es algo espontáneo, o como se decía en el Manifiesto, “la producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todos”. Hacia ello vamos. Si han visto alguna vez la serie The big bang theory entenderán lo que contamos. Es curioso como unos científicos, alguno de ellos superdotado, casi todos ellos y ellas con doctorados, no tienen libros en sus casas y sí mucha mercancía friki. Indirectamente se lanza esa imagen consumista que es falsa. O ¿han adquirido sus conocimientos por ósmosis o algo parecido? No quieren que lean, salvo lo que ellos “venden”, no vaya a ser que les dé por pensar libremente. Las diferencias económicas ya son patentes a simple vista, así que mejor no pensar sobre ello y aceptarlo porque quienes están abajo es culpa suya por incapaces (como se estila en la teoría del emprendimiento). Y el Manifiesto nos incita a leer, a mirar con otros ojos la realidad, por eso tiene su vigencia aún, ya que, al final, seguimos estando dentro del sistema capitalista.

Sigue sirviendo, también, para comprender que los trabajadores no somos más que una mercancía para el establishment (o clase dominante), como denunciaban en el Manifiesto: “Esos obreros, obligados a venderse al detall, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, sujeta, por tanto, a todas la vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado”. O, preguntémonos, cuándo trasladan una fábrica a Asia o África para producir más barato ¿no es competencia mercantil con los trabajadores? O cuando hay un cambio productivo o una crisis ¿no son los primeros que lo pierden todo los trabajadores? Y todo ello porque, como recordaban Marx y Engels, el capitalismo vence las crisis de sobreproducción mediante “la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas, [y] por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos”. Esa explotación más intensa de los antiguos es lo que hoy se conoce como precarización.

Todavía algunos dirán que no que el individuo es autónomo y piensa por sí mismo, sin percatarse de que, además de no existir ese constructo de individuo, las ideas “son producto de las relaciones de producción y propiedad burguesas, como vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase [dominante] erigida en ley”. Cuando la ley permite que alguien como Florentino Pérez no pierda dinero con sus fracasos empresariales, es porque esa ley es de parte. Porque al que se queda sin trabajo y le desahucian no le protege la ley. Así, “las ideas dominante en cualquier época no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante” decían hace 170 años, como si hubieran conocido a los políticos actuales que hablan de todo menos de legislar de forma distinta a como dicta el establishment. Cuando interesó a los poderosos había un dios por encima de todo; cuando quisieron era el monarca el que simbolizaba el poder; cuando esas formulaciones dejaron de tener sentido para un sistema capitalista que necesitaba unidad estatal para acumular, aparecieron las naciones, y ahora que ya tienen el mundo en sus manos debemos ser globales. El caso es que el establishment debe seguir dominando las ideas, el espíritu de la época. Por eso dijeron que “el proletariado no tiene patria”. Porque la lucha de clases era ya mundial.

Y aún seguimos en el debate, trufado de “curanderos”, que planteó el Manifiesto, si la toma del poder político basta para cambiar las cosas, si no hace falta algo más para lograr la transformación del sistema capitalista y que el mundo sea mejor. Pues parece, así a simple vista, que da igual el partido que acabe subiendo al poder, ya que todos acaban plegándose a los intereses del establishment: “El gobierno del Estado moderno no es más que la junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. Algo que se observa perfectamente cuando se privatiza la educación, la sanidad, los servicios sociales o cualquier espacio público conquistado por las clases trabajadoras. Para el capital todo es producto, pues gracias a los minerales de los Imperios antiguos y modernos, gracias a haber cercado los pastos comunales, se produjo el primer impulso de acumulación de capital que provocó todo lo demás. Desde las revoluciones industriales, a las revoluciones políticas subsecuentes. Con el robo de lo común comenzó el capitalismo y así sigue hoy en día, utilizando a los gobernantes, pues hay que tapar el poder real bajo el prisma de una democracia formal, como meros ejecutivos empresariales.

“Los proletarios no tienen nada que perder en ella [la revolución] más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÍOS”.

PS. Hemos utilizado para este artículo la segunda edición de 2017 de la editorial Akal.

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