El 14 de abril de 1931 el pueblo se echaba a la calle en las grandes ciudades para pedir la proclamación de la II República. Ante una monarquía que había jugado con el autoritarismo protofascista y que impedía el libre desarrollo de los derechos sociales y cívicos, el pueblo sabiamente puso boca abajo el régimen anterior (¿Les suena?). Ilusión en una República de la libertad, de la igualdad y la esperanza, ilusión en una nación que se quería fuese igual a las que había más allá de los pirineos. Aquello quebró por culpa de unos y otros en un contexto europeo donde las posibilidades se orientaban hacia el fascismo o el estalinismo, o lo que es lo mismo, dos formas autoritarias y negadoras de las libertades que se anhelaban en España. Lo que vino después ya es conocido, dictadura nacional-católica parafascista y una transición bajo la atención de los poderes fácticos generados por casi cuarenta años de régimen dictatorial, especialmente, el estamento militar.

Esa ilusión por las libertades que pervivía en el corazón de los españoles de buena fe permitió mirar hacia otro lado y tragar con la transición, que también tuvo sus momentos sangrientos por los padres de quienes hoy se presentan bajo la máscara de la derecha valiente. Ese callar por el bien menor ha sido tomado por las élites dirigentes como una especie de legitimación perpetua para todas sus voliciones, para poder hacer y deshacer situándose por encima de la propia ley sancionada en las Cortes. El establishment, la clase dominante, el gran capital o como quieran llamarlo, en estrecha alianza, como no podía ser menos, con la derecha política, esa misma que aún no ha aceptado el régimen limitado de libertades, se siente intocable y establece que sus deseos sean órdenes. Y cuando han visto peligrar esos privilegios no han dudado en acudir a cloacas o compras de voluntades políticas.

Se preguntarán “¿Y esto qué tiene que ver con el régimen monárquico?”. Muy sencillo. El actual jefe del Estado, Felipe de Borbón, se ha entregado a la causa de la derecha y el poder financiero con un entusiasmo contrario a las disposiciones  constitucionales que dice defender. No dudó, en su momento, en ponerse en contra de parte de sus súbditos y siempre en favor de los señores del dinero. Para que las trapacerías de su familia, empezando por el saqueo y fortuna de su padre Juan Carlos de Borbón, no estén expuestas en el foro público se han entregado a la derecha en busca de protección. Eso sí, no toda la derecha está con él como muestran las investigaciones sobre los actos lúbricos y monetarios de su antecesor. Ha tomado parte dentro del sistema para que pervivan sus propios privilegios y los de su familia.

Cualquier demócrata tiene claro que una monarquía es una verdadera afrenta a los valores democráticos pues su supuesta legitimidad deriva de la sangre, de la tradición, de todo aquello que la razón expele. Se es republicano porque la monarquía es el privilegio de la sangre, no del mérito, del esfuerzo, de la deliberación o de la elección racionalizada. Nada hay en lo monárquico que merezca la pena en un régimen plenamente democrático. Pero en el caso de España, aún hay menos motivos para sostener esa antigualla y mantener a una familia solamente por su nombre. Entre otras cosas porque, sirviendo para muy poco, la verdad es que es un lastre para la política internacional debido a sus lazos con muchas monarquías dictatoriales y sangrientas. La borbonada patria siempre ha mirado por sus propios intereses y ninguna vez por los del pueblo, lo que ya sería suficiente para mandarles al limbo de la Historia, pero hoy en día además se han puesto de parte de unos españoles contra otros.

¿Por qué se vislumbra la III República? No sólo por las trapacerías de la casa Borbón, no sólo se ha convertido en un monarca de parte, sino porque la solución para España, para la nación española sólo tiene un camino republicano. Después de tantas cosas buenas que han conseguido los españoles en los últimos años; después de tanto esfuerzo; después de tantos sacrificios; aparece ante nuestros rostros el gran mal de nuestra nación, que una parte de la misma no acepta, ni parece que aceptará una nación que no sea la que ellos quieren y desean, una nación de mercaderes y nacional-católica para el pueblo. No quieren una nación de naciones, cuando ese es verdaderamente el Espíritu que determina nuestro ser patrio. No quieren que haya movilidad social determinada por el mérito, sólo que sus familias sean las que manden. No quieren que la voluntad popular sea la base de la democracia, sino los deseos de una clase dominante  a la que no le importa llevar al hambre y la precariedad al pueblo. No quieren nada democrático, lo justo y necesario para aparentar. No quieren ni el liberalismo político por no querer.

El pueblo se ha dado cuenta de esto. El pueblo español cada día que pasa se rebela ante ese destino que le quieren imponen desde las estructuras de poder. El pueblo español, en su completa diversidad y pluralidad, quiere que le dejen vivir en libertad. El grito de fundación de la nación española en 1808 fue libertad y hoy sigue siendo lo que constituye la propia sangre nacional. Da igual que se sea catalán, gallego. Castellano o vasco, todos ellos quieren libertad dentro de una república donde se respeten los caracteres y donde todos contribuyan en el mayor acto de fraternidad posible a la buena vida de todos. Una República Federal donde, un día, al fin, el mérito, la libertad, la fraternidad y el deseo de vivir bien pueda verse reflejado. Una República donde quepan todas las personas así sean de derechas o de izquierdas, altas o bajas, gays o heterosexuales, catalanas o andaluzas. Una República para un pueblo que quiere libertad porque está en su genética nacional. Una República de todos y todas.

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