Ha tenido fortuna cierta gracieta de la izquierda contra el actual alcalde de Madrid José Luis Martínez Almeida. Han decidido unos grandes pensadores que nada había mejor que hacerse unas pegatinas con el eslogan “Almeida Carapolla”, pegatinas por las que han sido sancionados al suponer un insulto a la persona que ocupa el poder en la capital del Estado español. Más allá del infantilismo de la pegatina, que carece de gracia alguna pues no deja de ser un insulto a una persona que, guste más o menos, no deja de ser eso, persona. Los mismos que se ofenden, con razón, cuando a alguien le dicen “maricón de mierda” y piden sanciones por ello, parece que pueden hacer del insulto algo normal si es contra personas que están en otra adscripción ideológica. Y no, el insulto es grave o no lo es en todos los casos.

Más allá de la soez campaña de las pegatinas, resulta que como eslogan puntero ha venido triunfando en las redes sociales, especialmente Twitter, el #AlmeidaCaraPolla que se ha difundido desde las cuentas de toda la izquierda. No de unas sí y otras no, sino de las distintas divisiones de la izquierda patria. Más o menos famosos, no ha habido quien no haya hecho el mensaje con el eslogan para no se sabe bien qué. ¿Protestar porque han sancionado a unos chavales que llevaban las pegatinas? El derecho a la libertad de expresión acaba cuando comienza el insulto o ¿no? Lo preocupante es que se ha utilizado también como mecanismo de oposición, de dañar la imagen de un cargo público mediante una guerra en las redes sociales. Si con sólo dejar hacer a Martínez Almeida ya se hace parte de la oposición él solo, así que no hacía falta insultarle o ponerle el mote de “Carapolla”. Pero había que ganar la batalla de las redes y hacer tendencia el eslogan para ver que se es de izquierdas y se le gana a la derecha en las redes sociales. El problema es que las redes no son la realidad. No son ni la infinitésima parte de la realidad social y por mucho que se ganen batallas de tendencias, la realidad viene con el mazo y pone a cada cual en su sitio.

Más bien parece que la izquierda es la “carapolla”. Una izquierda incapaz de confrontar a la derecha con ideas y con movilizaciones. Una izquierda que se conforma en muchas ocasiones con tener muchos seguidores y tener tuits muy extendidos. Una izquierda que mientras Martínez Almeida desmonta lo poco que hizo Carmena en Madrid, pero vale para cualquier otro lugar de España, se ve incapaz de frenar la acumulación por desposesión que están comenzando a llevar a cabo. En cierto sentido porque en muchos aspectos son sosias en lo económico, en otro sentido porque han perdido la capacidad de análisis de la realidad. Se quedan en lo chusco, en lo mediático, en lo que “vende” en vez de estar fijándose en lo que sucede realmente. Cuando la ciudadanía comprometida con la izquierda se queda en casa, habiendo hasta tres opciones, igual es porque algo se está haciendo mal en el plano analítico. Que lo de #CaraPolla es muy gracioso sí, pero no sirve para nada. En Alcorcón, por ejemplo, a David Pérez se pasaron ocho años llamándole “el Fleki” y como si nada. Gobernó y les dio sopas con honda en el plano de la batalla cultural. Esa que gusta tanto a los gramscianos.

Cuando pensadores como Diego Fusaro o Juan Manuel de Prada parecen más de izquierdas que los que se autodenominan como la “izquierda verdadera” o los “progresistas” es que algo está mal. Se puede atacar al mensajero, como han sufrido Esteban Hernández o Daniel Bernabé, pero la realidad es que los análisis que presentan como contrapartida ni movilizan, ni parecen algo más allá de un liberalismo light. Dan la razón, aunque él mismo se la haya quitado en parte, a Francis Fukuyama cuando afirmaba que parecía que había llegado el fin de la historia al no haber alternativa. Ahora dice el autor estadounidense que la hay en forma de identidad, pero no deja de ser una fase más del propio neoliberalismo. Eso sí, esta izquierda “carapolla” bien que señala con el dedo a quienes sostienen una análisis materialista de la sociedad, o a quienes indican que el eje izquierda-derecha sigue funcionando mucho más que el global-nacional. Todos esos son o rojipardos, o viejos, o sin capacidad analítica.

Así Alberto Garzón, que escribió un libro titulado “Por qué soy comunista”, es capaz de negar la vigencia de la lucha de clases, o del materialismo marxista, o de la prevalencia de la clase trabajadora. Al contrario lo importante es lo hegemónico, lo cultural, las luchas subalternas que ni transforman, ni revolucionan, ni niegan dialécticamente el propio sistema. Quieren al final un capitalismo con ellos mandando o algo por el estilo porque no se entiende que se niegue lo material como elemento analítico para pasarse la vida en la superestructura. Marx no dijo que la estructura material del capitalismo determinase la superestructura, pero tampoco que lo supraestructural campase a sus anchas sin conexión alguna. Las luchas subalternas son parte de una mayor Justicia social sin lugar a dudas, pero en esas luchas no hay en muchas ocasiones una oposición al sistema. Bien al contrario, son deseos de incorporarse de al reparto de la miseria que está proporcionando el capitalismo postfordista.

Y como no hay análisis, ni ganas de lucha, ni de revolución, pues lo mejor dedicarse a la guerra cultural (que es importante sí, pero no la única), a lograr no se sabe bien qué hegemonía pues los aparatos ideológicos del Estado y de los entes supraestatales ejercen su dominación, o dedicarse a las guerras en las redes sociales. El problema es cuando un tradicionalista critica con mayor fiereza al capitalismo que quienes se dicen comunistas o socialistas (los socialdemócratas quedan más allá, junto a los populistas). Se pelean porque Ferreras les saque cinco minutos en antena mucho más que por defender los derechos del pueblo, de la clase trabajadora. Y llegan a decir que las “palabras tienen peso” (Adriana Lastra dixit) como si hubiesen descubierto la lingüística. El día que se enteren de la formación de mitologemas igual levitan. Una izquierda para la cual un tuit es más fructífero que el compromiso de lucha no es menos “carapolla” que el alcalde. Y ya si hacen canciones se está a un paso de…

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