Foto: Médicos Sin Fronteras

Los datos oficiales refutan las ideas xenófobas de los líderes europeos. No es verdad que estemos ante una invasión de inmigrantes africanos dispuestos a acabar con las esencias del hombre blanco o de la raza hispana, como denuncian con extremado alarmismo los partidos ultranacionalistas. Las inmigraciones llegadas a Europa en 2017 se redujeron en un 53% en comparación con el año 2016, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). El pasado año alcanzaron el viejo continente 171.635 personas inmigrantes y aunque es cierto que en España el número de llegadas fue 2,6 veces mayor que en 2016, si el dato se compara con los migrantes absorbidos por Italia o Grecia seguimos muy por debajo de la media de la UE. Según la OIM, un total de 21.663 inmigrantes indocumentados lograron entrar en territorio español en 2017 frente a los 8.162 de 2016. Ha habido, por tanto, un incremento, pero la cifra no es ni mucho menos como para echarse a temblar, ni de ninguna manera puede servir de excusa a líderes políticos como Albert Rivera o Pablo Casado para argumentar que estamos ante una invasión o una crisis humanitaria de proporciones bíblicas. Tampoco la actitud de dirigentes locales del Partido Popular  como el alcalde de Algeciras, José Ignacio Landaluce -que ha pedido que se lleven el barco Open Arms a otro puerto para no recibir a los 87 náufragos rescatados en el Mediterráneo, 12 de ellos menores- puede entenderse más que desde el miedo y el egoísmo que se ha apoderado de Occidente. El edil popular ha llegado a asegurar que no quiere que “se produzca un desequilibrio social, aquí vivimos en paz y armonía y no hay tensiones”, un comentario que no lo diferencia demasiado de líderes de la ultraderecha europea más rampante. Los datos, por tanto, no avalan un discurso antiinmigración. Los flujos migratorios son oscilantes, unos años suben y otros bajan en función de factores complejos como la situación política, social y económica en los países de origen que exportan inmigración, la abundancia de mano de obra barata en los estados receptores, los cambios climáticos y la intensidad en la vigilancia marítima con que los países europeos se emplean en el Mediterráneo.

Los inmigrantes siguen siendo el único recurso que tiene Europa para frenar el progresivo envejecimiento de su población

Pero es que además a España no solo llegan inmigrantes en una bajísima proporción que puede ser perfectamente asumida por nuestro mercado laboral. Es que miles de españoles han tenido que emigrar porque en España no hay trabajo o los salarios son demasiados bajos. Nuestro país se ha  vuelto a convertir en exportador de mano de obra para Alemania, Canadá o Suiza, como en los peores años del tardofranquismo. Desde que estalló la crisis, el número de españoles que ha emigrado al extranjero no ha dejado de crecer. Muchos empleos como el de camarero, peón de albañil o jornalero del campo son rechazados por los españoles y ocupados por los trabajadores inmigrantes que llegan a nuestro país. Los datos del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE), difundidos por el Instituto Nacional de Estadística (INE), certifican que a 1 de enero de 2017 la cifra de españoles por el mundo superaba los 2,4 millones. Casi un millón más de los que había en 2008, cuando estalló la crisis.

Por si fuera poco hay otros argumentos añadidos a favor de la idea de que los flujos migratorios se equilibran de forma natural, impidiendo el tan temido colapso demográfico que preconiza la ultraderecha, cuyos tópicos manidos de “aquí ya no cabemos” o “los inmigrantes nos quitan el trabajo” terminan cayendo por su propio peso por la fuerza de las cifras. Así, según el informe sobre las Estadísticas de Migración y Población Migrante de Eurostat, un total de 4,7 millones de personas emigraron a alguno de los Estados miembros de la UE-28 durante 2015, mientras que al menos 2,8 millones de emigrantes dejaron, según los informes, algún Estado miembro de la UE. La migración está influenciada por una combinación de factores económicos, medioambientales, políticos y sociales: ya sea en el país de origen del migrante (factores impulsores) o en el país de destino (factores motivadores). Históricamente, se cree que la prosperidad económica y la estabilidad política relativas de la UE han ejercido un considerable efecto llamada sobre los inmigrantes. Entre estos 4,7 millones de inmigrantes registrados durante 2015, se estima que 2,4 millones eran ciudadanos de terceros países, 1,4 tenían la nacionalidad de un Estado miembro de la UE diferente de aquel al que emigraron, alrededor de 860.000 personas migraron a un Estado miembro de la UE del que tenían la nacionalidad (por ejemplo, nacionales retornados o nacionales nacidos en el extranjero), y unas 19.000 personas eran apátridas.

Alemania notificó el número total de inmigrantes más alto (1.543.800) en 2015, seguida del Reino Unido (631.500), Francia (363.900), España (342.100) e Italia (280.100). Un total de 17 Estados miembros de la UE notificaron más inmigración que emigración en 2015, pero en Bulgaria, Irlanda, Grecia, España, Croacia, Chipre, Polonia, Portugal, Rumanía, Letonia y Lituania, el número de emigrantes superó al de inmigrantes. Es decir, se van más de los que vienen. Según el informe de Eurostat, en los países de destino “la migración internacional puede ser utilizada como una herramienta para solucionar carencias específicas del mercado laboral. No obstante, es casi seguro que la migración por sí sola no invertirá la actual tendencia al envejecimiento de la población experimentada en muchos lugares de la UE”. O lo que es lo mismo, Europa sigue haciéndose vieja pese a que muchos como Rivera y Casado se rasgan las vestiduras con el número de inmigrantes que llegan a nuestras costas.

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