Hoy se cumplen diez años de la caída de Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de Estados Unidos por activos: 680.000 millones de dólares.

El ex secretario de Estados Unidos durante el mandato de Barack Obama, Timothy Geithner, apunta en su resumen de la Gran Recesión acontecida que la incertidumbre «es el corazón de las crisis financieras. […] las crisis no acaban sin los gobiernos asumiendo los riesgos que los inversores privados no quieren, sacando la catástrofe de encima de la mesa». Las crisis financieras son crisis de confianza cuando un país no puede pagar su deuda o un banco no puede devolver los depósitos en ventanilla, «cuando el miedo se convierte en pánico, se acabó. […] La única solución, en esos casos, es que el sector público (reguladores y supervisores) asuman riesgos».

Ese es el planteamiento que hicieron los Gobiernos en el G20 y los bancos centrales, especialmente en Estados Unidos durante la crisis financiera del 2.008.

A pesar de los replanteamientos y refundaciones del sistema financiero por parte de reguladores y supervisores, todo quedó en agua de borrajas: «El actual sistema financiero es tan peligroso y frágil como el que llevo a la crisis», asegura Martin Hellwig, del Mark Plank Institute.

Según decía Alan Greenspan, conocido como «el Abuelo» en los círculos financieros, por su edad y su experiencia: «Todo el edificio [del libre mercado, las expectativas racionales y los mercados perfectos] se hundió».

Los rescates eran la estrategia correcta a corto plazo y la estrategia equivocada a largo plazo. Estados Unidos y Europa han intentado reforzar los colchones de liquidez y capital, siendo el país norteamericano quien está, con el mandato de Donald Trump, desregularizando el sector financiero al generar más liquidez en las entidades financieras pero eliminado todos los procedimientos avanzados para los periodos de crisis. Esto deja a todo un sistema financiero sin red de emergencia o una red mínima, ante cualquier caída o crisis en la economía global. Por tanto, sin acompañamiento de políticas de regulación y supervisión del sistema financiero global, todo lo que hagan los demás países o bloques económicos será en balde, puesto que desde hace mucho tiempo la globalización económica hace que el capital pueda desplazarse sin ningún tipo de control. No solamente el capital físico, sino el capital generado por las mismas instituciones financieras que en estos momentos casi sextuplica el capital físico de los mercados a través de las políticas financieras de las instituciones de apalancamiento.

Este funambulismo de las instituciones financieras, tanto por su apalancamiento como por la mínima red ante las adversidades de los mercados, es lo que puede provocar, ante una próxima crisis, una caída sin posibilidad de recuperación.

En la crisis del 2.008, cuando los activos de Lehman Brothers ascendían a 680.000 millones de dólares, los mayores Bancos Centrales pusieron una liquidez de casi 10 billones de dólares. ¿Cuánta liquidez se necesitaría para paliar la próxima crisis?  Solo podemos confirmar que esta última crisis solo ha sido una gota en un océano.

Los Estados tratan que la banca pague por sus desmanes, pero el resultado final es limitado, desesperanzador. «El contribuyente sigue siendo el accionista de último recurso de los bancos», denuncia John Kay en su libro El dinero de los demás.

Ante una próxima crisis financiera, Estados Unidos está eliminando las redes de protección. Además, Europa, China, Japón y los países emergentes disponen de una regulación insuficiente y una supervisión con demasiadas lagunas y defectos para resolver los problemas de sus sistemas financieros y, mucho menos, para no contagiarse de los daños provenientes de la desregularización del sistema financiero americano.

La situación actual añade un componente adicional negativo, pues los tipos oficiales en USA, Reino Unido y Eurozona, además de haber sido reducidos muy rápidamente a niveles muy bajos, incluso próximos a cero, están fijos desde entonces. Si la inflación disminuye, los tipos de interés reales aumentarán provocando caídas adicionales del gasto que, a su vez, reduciría la inflación actual y esperada y, de nuevo, se generaría una caída de los tipos de interés reales, y así, de manera continuada, la economía podría desembocar en una espiral deflacionista (Wicksell, 1898).

Para extender la seguridad y la protección de la red del sistema financiero europeo deben darse unas condiciones mínimas:

  1. Se está generando mucha incertidumbre entre los actores del mercado financiero, y estos van a ser los que van a tener que pagar los costes de una liquidación o resolución de cualquier entidad financiera en Europa. Fruto de esa incertidumbre cada día hay más desconfianza, tanto en las instituciones financieras como en los organismos de supervisión y regulación de dichas entidades. Una desconfianza que, como estamos observando estos últimos días en las bolsas europeas, hacen que los inversores estén vendiendo acciones del sector bancario, especialmente en Europa, provocando que sus cotizaciones tengan una caída más brusca que el resto de sectores de las bolsas.
  2. Esa crisis de confianza, como dice la presidenta de la JUR Elke König, o crisis de liquidez como exponen tanto la JUR como el BCE para explicar la resolución del Banco Popular, o la falta de rentabilidad que dijo el consejero delegado del Banco Santander, José Antonio Álvarez. Es, en resumen, lo que remarca la presidenta de la JUR ante la Comisión de Economía del Parlamento Europeo proponiendo que no haya limitación en la liquidez o liquidez ilimitada para poder afrontar las posibles resoluciones en su aspecto ex como el post resolución y que son insuficientes para atender la resolución de grandes entidades, puesto que estas disponen de balances por encima de 1 billón de euros. Atender dicha liquidez ilimitada que necesitarían las grandes entidades bancarias europeas y con fondos otorgados por los gobiernos, haría inviable a los mismos gobiernos, tal como señala el miembro del Comité Ejecutivo del BCE, Yves Mersch: «La posición del BCE sobre el tema es contundente: la provisión de liquidez del banco central, ya sea a través de operaciones de crédito de política monetaria o asistencia de liquidez de emergencia, no debe asumirse automáticamente en la planificación de la resolución. Las medidas de resolución deberían financiarse con contribuciones de los accionistas y acreedores del banco, o del Estado o de la Unión Europea, pero no de los bancos centrales». Habría que recordar que las políticas monetarias las tienen los bancos centrales y todo lo relacionado con ellas son los mismos bancos centrales quienes tienen la capacidad de realizar operaciones de expansión de sus propios balances y de medidas no convencionales de política económica, como la EMC (políticas de expansión monetaria cuantitativa) o también denominado QE (políticas de relajación cuantitativa). En la crisis de deuda del euro, el presidente del BCE, dijo una frase que hizo que empezaran a descender las primas de riesgo públicas y privadas: «Haremos todo lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme será suficiente». Con dichas palabras de junio del 2.012, y con cuatro años de crisis financiera internacional, aunque tarde, el BCE comenzó a actuar de manera contundentemente. El mercado y sus actores confiaron en que el supervisor europeo y sus medidas cuantitativas aportara la liquidez suficiente y necesaria para no verse atrapados ante el impago de deuda de ciertos países (especialmente los del sur de Europa) y, al mismo tiempo, generar confianza en que continuaría proporcionándose la liquidez necesaria para sacar de los balances de los actores del mercado de su papel deuda y poder convertirlos en liquidez. Eso es lo que ha provocado que el balance del BCE haya aumentado en más de un billón de euros.
  3. Lo que realizo el BCE en su EMC, comprando deuda pública y privada y, con ello, proporcionando liquidez al mercado para generar confianza a los actores del mercado, es lo que la presidenta de la JUR está insistiendo al BCE, a pesar de la negativa del mismo, a que sea prestamista de último recurso, proporcionando la suficiente confianza en los mercados.
  4. Como conclusión, el BCE como prestamista de último recurso, debe proporcionar la liquidez necesaria para que los mercados ante una incertidumbre o falta de confianza en los Estados no retiren los recursos que disponen en deuda pública o solicitando primas de riesgo sumamente elevadas que harían imposible poder realizar el pago de los intereses de la deuda soberana. Por tanto, una actuación contundente del BCE tanto en los mercados primarios y secundarios de deuda que diera confianza al mercado.

La política monetaria que se le exige al BCE tiene que estar acompañada por una integración en políticas fiscales en todos los países que integran la Unión Europea. El Tratado de Maastricht ha quedado arrinconado siendo incumplido por la mayoría de los países, por tanto, se necesita un nuevo tratado en donde se determinen y exijan los niveles de deuda pública, de déficit y de inflación que debe tener de máximo cada Estado de la UE. En lo referente a la fiscalidad se debe armonizar una política fiscal común entre los países de la UE, en donde se coordinen los impuestos directos e indirectos en cada uno de los Estados, así como sus tipos impositivos.

Por tanto, frente a la descoordinación se pide coordinación, frente a la desintegración y unilateralismo de los países, integración y frente a la Europa de los mercados se exige una Europa de las personas. Si no ocurre así, no habremos aprendido nada de la caída de Lehman Brothers y de las consecuencias nefastas que tuvo para la ciudadanía.

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