Cualquier ser humano puede ser a un tiempo un espécimen despreciable de la peor ralea posible, el ser más abyecto y abominable sobre la faz del planeta, y también un genio al que admirar por su arte. En este judío alsaciano nacido en París en 1906 los extremos eran tan extremos que casi se podían tocar. Porque todo, todo, todo en la vida de Maurice Ettinghaussen –para la posteridad Maurice Sachs– fue alocadamente nauseabundo, nunca sin obviar el aroma de excelencia creadora que dejó su paso por la vida. Ejemplo de ello es esta obra autobiográfica que ahora Cabaret Voltaire publica en español por primera vez con traducción de Lola Bermúdez Medina e introducción del poeta y escritor Alfredo Taján.

El sabbat. Recuerdos de una juventud tormentosa es una confesión sin tapujos en toda regla, que ahonda en la autobiografía cabalgando con un estilo muy particular bajo los acordes del género novelesco. De camino, este repaso a una vida inclasificable por reprobable en todas sus aristas y vertientes posibles sirve por supuesto para conocer de primera mano el ambiente en el que transcurría una parte de la Europa del primer tercio del siglo pasado, un París donde la intelectualidad y las élites creadoras de arte tomaban el mismo camino de desintegración acelerada con que lo hacía una población sometida a un ambiente explosivo que atisbaba en el horizonte nubarrones muy oscuros en forma de totalitarismos variopintos.

Recuerda Taján en el estudio introductorio del libro que Sachs “no es solo un producto destilado de aquel país en franca bancarrota”, sino que además se aupó por méritos propios en el prototipo más abominable de la larga lista de artistas franceses que ofrecieron su colaboración no sólo a los invasores nazis sino sobre todo a su arma de exterminio: la Gestapo. Pero Sachs no quiso quedarse en un simple y deleznable delator. También fue traficante de armas, estafador, ladrón profesional…

Un ser despreciable, como hemos dicho. Sí, pero un artista que también pudo crear esta magnífica obra autobiográfica de maravillosa prosa llamada El sabbat, escrita con una sinceridad pasmosa y donde se puede entrever que su descenso personal a los infiernos sirve de escaparate para entender de primera mano el ambiente irrespirable del París de entreguerras y también epicentro mundial de la intelectualidad y el arte en general.

Una figura inquietante surge entre los protagonistas de sus memorias: Jean Cocteau, al que Sachs eleva a los altares de la idolatría. También retrata a otros intelectuales galos que no tuvieron la más mínima decencia a la hora de colaborar con el régimen de Vichy: Céline, Jouhandeau, Brasillach…

Por si no tuviera suficientes ingredientes novelescos la propia vida de Sachs que incluso inducen a dudar de su veracidad, también se suma a todo esto su militante y exagerada homosexualidad, ejercida sin límites en saunas con reconocidos proxenetas que le proporcionaban gigolós con asiduidad, a los que él a su vez remitía al alto mando nazi para su uso y disfrute.

A toda esta lista de vida llevada al límite se puede unir también su pasión desaforada por el lujo, las drogas y el alcohol. Nada escapaba a los excesos de este judío colaboracionista que nunca vio El sabbat publicada en vida. Solo en 1946 vio la luz, creando una polémica que aún perdura desde que el primer día se convirtiese en un inmediato éxito de ventas absoluto. Para poderse pagar sus depravaciones necesitaba dinero con urgencia y qué mejor que conseguirlo de los nazis delatando a otros judíos parisinos como él, con propiedades inmobiliarias y obras de arte valiosísimas. Mientras él proseguía con esta espiral denigrante, sus paisanos judíos tomaban el camino de los trenes de la muerte camino de los campos de exterminio.

Sachs, “hijo no deseado de unos padres que fueron espectros”, según Taján, nunca pudo ver El sabbat publicado porque tuvo un final a la altura de la corta e intensa vida llevada a término por las calles parisinas: la muerte le esperaba, ya liberada París, en 1945 en una cuneta camino de la ciudad alemana de Hamburgo. Sobre este capítulo hay dos versiones diferentes: una, la que apunta que fue golpeado hasta la muerte por los presos liberados del campo de internamiento conocido como Kola-Fu y sus restos devorados por perros hambrientos. La otra teoría sobre el fin de sus días señala que Sachs iba en una columna de prisioneros y que harto de caminar decidió plantarse. Un oficial de la SS no se lo pensó mucho y le descerrajó varios tiros en la nuca. Así acabó en una cuneta.

Aconseja Taján que se emprenda la lectura de este apasionante libro sin prejuicios. Leer El sabbat “supone un delicioso tormento si la dosis es extrema, en cualquier caso, les producirá sensaciones encontradas, desde el asombro a la náusea, desde la comprensión al rechazo, se trata de un viaje alucinante”.

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El sabbat

  • Maurice Sachs
  • Cabaret Voltaire
  • 480 páginas
  • 23.95€
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