Hoy acudirá como siempre la militancia del PSOE a recordar a su fundador al cementerio civil de la Almudena. Hoy se acercarán a conmemorar el 93er aniversario del fallecimiento de Pablo Iglesias. Secretarios generales, ejecutivos, cargos intermedios, apparatchiks o simples militantes pasarán por la ciudad de los muertos en busca de reforzar un compromiso con su partido, el más longevo de España. Una tradición que, incluso en la dictadura franquista, se intentaba mantener, aunque con mayor peligrosidad que actualmente. No deja de ser una comunión con el pasado lo que se realiza, una especie de autoafirmación de los valores del PSOE. Ahora bien ¿sigue siendo el pablismo parte de la doctrina ética de los cargos públicos del PSOE? Difícil respuesta a priori.

Explicaba hace muchos años Luis Gómez Llorente que a la par que se abandonó el marxismo se fue olvidando el pablismo dentro de la organización. Entendía el viejo luchador antifranquista que el pablismo es un humanismo porque, al fin y al cabo, la sociedad socialista sería para beneficio de todos los seres humanos, una vez despojados del trabajo explotador, el “ser nuevo en la sociedad nueva”. Por ello la regeneración social era parte de esa doctrina que él mismo encarnaba y que provocó los más decididos elogios de gente como José Ortega y Gasset, quien le calificó de santo laico (“Pablo Iglesias se ha esforzado hasta alcanzar la nueva santidad, la santidad enérgica, activa, constructora, política, a que ha cedido el paso la antigua santidad quietista, contemplativa, metafísica y de interna edificación”), o Antonio Machado (“La voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre inconfundible -e indefinible- de la verdad humana. Porque antes de Pablo Iglesias habían hablado otros oradores, tal vez más cultos, tal vez más enterados o de elocuencia más hábil, de los cuales sólo recuerdo que no hicieron en mí la menor impresión”).

Como recordaría Machado de una de las dos veces que escuchó a Iglesias, el pablismo está influido por el marxismo como ciencia analítica que permite el estudio de la sociedad para lograr la emancipación de la humanidad. Esto supone la vinculación del socialismo a la clase trabajadora, esa misma que está alienada sea administrativo o peón de obra, y la lucha por la transformación gradual del sistema capitalista hacia el sistema socialista. Por tanto, nunca debía el PSOE, según lo entendía Iglesias, favorecer los intereses de la clase dominante, de la clase capitalista. Por eso la unión entre partido y sindicato UGT (cuya ruptura se produjo en tiempos de Felipe González) era primordial. Una desconexión entre ambas organizaciones sólo podía favorecer los intereses de clase de quien domina en la sociedad. Sin sometimientos de una con la otra pero entrelazadas en la lucha fatigosa del día a día.

La coherencia entre lo que decía y hacía es otra de las señas de identidad del pablismo del PSOE. Esto es lo que pedía a los socialistas que militaban en el PSOE, coherencia para no dejarse llevar por una verborrea desaforada que acabase por ofrecer lo que no se podía lograr en ese momento. Huía de la demagogia, por tanto, Pablo Iglesias porque estaba convencido de que eso hacía un flaco favor a las organizaciones que él había ayudado a fundar. El marketing electoral de hoy en día le parecería, sin duda, una afrenta a lo que debe hacer un buen político. Y si no le gustaba la demagogia tampoco era partidario del dispendio excesivo, ni de la ostentación. Lo austero en política para los políticos era una máxima que todos y todas las que vinieron justo detrás de él se aplicaron firmemente. Tanto coche oficial, tanto uso desproporcionado de los bienes públicos, le hubiese horrorizado. Y él actuaba, en este sentido, tal y como proclamaba con austeridad y gasto contenido en su propia vida.

El pablismo es también la defensa de los valores del laicismo y el republicanismo, o lo que es lo mismo, quitarse de encima dos de las servidumbres que impiden la libertad humana, la religiosa y la institucional. Esto provocaba que la ética para consigo mismo y los que le rodeaban debía ser máxima. Los posicionamientos éticos que se defendían como fórmula pedagógica debían ser implementados. No valía una doble moral según conviniese, ni pedir al otro lo que uno no hacía. Porque una de las formas de educar y convencer a las personas, el factor pedagógico del pablismo, era actuar éticamente. Sólo así el PSOE lograría tener una mayoría social suficiente para lograr la transformación del sistema. Sólo así se podría lograr la democracia radical y la libertad plena que es la base del socialismo.

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