La espiral de tensión a la que asistimos entre el mundo independentista y el que no lo es en Catalunya, el choque de trenes político, carece de precedentes desde el inicio de una transición que parece que aún no hemos sido capaces de culminar.

La confrontación directa entre Puigdemont y Torra de un lado y Casado, Albiol, Rivera y Arrimadas de otro va a lograr que nos precipitemos todos hacia el abismo.

Lo que habíamos logrado durante esa transición democrática está a punto de romperse en mil pedazos y no podemos resignarnos. Cualquiera que sea el resultado de ese conflicto no debe hacernos olvidar, que existe un imperativo democrático que vincula a todos los partidos, todos, para que antepongan la búsqueda de la paz y el diálogo social a sus legítimas aspiraciones partidarias. Muchos hoy en día han olvidado esta regla de oro.

Por eso deben sentarse a dialogar. Aunque no exista acuerdo sobre el diagnóstico de la enfermedad y la medicación correspondiente, tienen que discutir hasta que amanezca. Y si con las primeras luces del alba no hay acuerdo, vuelta a empezar.

Así hicimos mi generación la Constitución hace 41 años. Si nos hubiéramos ocupado en saber quién había sido carcelero y quién preso, no existiría nuestra Carta Magna y no habría habido reconciliación.

Observar lo que está ocurriendo un día sí y otro también, que la tensión inicial entre partidos políticos y en el ámbito de las instituciones se traslada peligrosamente a las calles debe causarnos preocupación, al menos a las personas sensatas pensemos lo que pensemos sobre este conflicto.

La espiral de violencia, primero verbal pero ahora también física, entre los sectores más ultras de una y otra orilla de este río de aguas turbulentas a cuenta de los lazos amarillos, puede conducir a un episodio de consecuencias impredecibles. Estas cosas se saben cómo comienzan pero nunca cómo acaban y aquí tenemos una gran experiencia de ello.

Pero lo más grave  viene de que esa confrontación está siendo alentada por ciertos líderes políticos en una actitud irresponsable e intolerable. Ver y oír a quienes deberían estar empeñados en echar agua y no gasolina al fuego, como Rivera y Casado, o Torras y Puigdemont, indica la poca altura intelectual y moral de estos personajes que demuestran un desprecio absoluto por la sociedad catalana.

Por eso los sensatos que ahora permanecen en un segundo plano deben tomar la decisión de retomar las riendas de la situación. Es imprescindible que gentes como Iceta, Domenech, Sánchez, Iglesias ahora que vuelve,  Junqueras, Pascal, Torrent o Tardá se pongan las pilas, hablen y se comuniquen entre ellos en búsquedas de soluciones a corto, medio y largo plazo.

¿Se puede lograr que los políticos presos salgan a la calle sin violentar la separación de poderes? Existen expertos que indican que sí. Eso ayudaría a tranquilizar la situación.

¿Se puede avanzar en acuerdos a corto sobre financiación o avances hacia un nuevo Estatut? También

¿Se pueden explorar caminos alternativos para dar cabida a esa demanda defendida por el independentismo, pero también por los que no lo son para una consulta en Catalunya? Que sea vinculante ahora no, pero empezar por una exclusivamente consultiva y dependiendo de su resultado seguir avanzando, sí.

El Estado no debe ignorar que según las últimas encuestas existe una amplia mayoría de ciudadanos catalanes que defienden esa posibilidad, incluidos sectores importantes de PSC y de En Comú Podem,  especialmente sus votantes.

A largo plazo se debería recuperar ese “espíritu constitucional” del que algunos fuimos testigos, buscando amplios acuerdos transversales para acordar una futura reforma de nuestra Constitución, que recogiera de alguna manera ese anhelo de consulta que resulta común en Catalunya y Euskadi.

Quizás haya llegado el momento de ponerse manos a la obra para culminar esa Transición ejemplar pero incompleta e imperfecta, que tiene como asignatura pendiente fundamental acabar con las tensiones centro-periferia y consolidar un Estado Federal Plurinacional. Una gran “Casa común” en la que todas y todos nos sintamos cómodos.

¿Todo esto es posible? A la vista del panorama actual parece que no, pero ahora se abre una nueva etapa. Nosotros la ciudadanía, la de allí y la de aquí, tenemos que exigir a los políticos un acuerdo para un futuro de esperanza, que recupere el ambiente de convivencia. Aislar a los extremistas recuperando la iniciativa de los sensatos, esa es una de las claves.

Dejadme ser un poco ingenuo para variar. Creo que seremos capaces.

Veremos….

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