El jueves 13 de diciembre se presentó en la Biblioteca Eugenio Trías de Madrid el nuevo ensayo político del columnista de Diario 16 Juan Antonio Molina. “Dios mío, ¿qué es España?” de Izana Editores es el título de esa constante reflexión sobre España que viene desarrollando el autor desde una óptima claramente socialista. Un nuevo título que sumar a la prolífica carrera del autor que también ha editado este año un poemario. Para ese magno evento que supone en estos días presentar un libro, y editarlo es casi un acto de fe, contó en esta ocasión Molina con el apoyo del sociólogo Alberto Sotillos y el cronista político de Diario 16 Santiago Aparicio.

Molina quiso exponer durante la presentación esa preocupación que existe desde Ortega y Gasset en la construcción de un verdadero Estado-nación en España. Un Estado y una nación donde todas las personas se puedan sentir reflejadas y que no sea de parte. Algo que ha pasado a lo largo de la Historia del país, donde se ha intentado construir un sentimiento nacional de parte, con exclusiones o sin verdaderas rupturas. Como la que no se produjo durante la “santísima” transición española, en la cual, según el autor, lo único que se produjo fue cambiar la apariencia del sistema franquista dotándole de unos tintes representativos y democráticos, pero sin cambiar realmente la estructura del mismo. Por eso las élites del sistema anterior pudieron pervivir tranquilamente y está el país como está en estas fechas.

También quiso reflejar el autor la pobreza de la clase política actual. Una clase que, desde el ámbito del PSOE, no se puede declarar casi ni reformista y desde otras posiciones no se sabe bien qué es lo que quieren hacer. Y claro una derecha que es ultraderecha se mire a donde se mire y da igual el partido que sea poco se puede esperar para una transformación sistémica. Lamenta Molina que ni en un lado ni en otro existe una verdadera concepción o deseo de construir ese Estado-nación que englobe a todos los que viven tras las fronteras de eso que dice llamarse España. Una clase política bastante inculta y más preocupada de la simple gestión que sirva para mantener las canonjías. Un turnismo que no hubiese ideado ni Cánovas.

Alberto Sotillos, partiendo del pesimismo antropológico que parecen destilar las palabras de Molina, quiso reflexionar sobre si realmente España puede ser otra cosa que lo que es. Si somos así, se preguntaba, es que igual nuestra propia forma de ser nos hace tener lo que tenemos. “España es lo que debe ser porque no da para más” aseveró Sotillos, con lo que indicaba que igual deberíamos pensar si estamos bien no estamos cuestionarnos constantemente. Porque esa duda permanente sirve para evitar la soledad del individuo pues al compartirla con sus congéneres siente esa vinculación social. También reconoció que actualmente la política es pura comunicación política pero sin más, una pérdida de valores de todo tipo que acaban con un pueblo frustrado que actúa políticamente más por rutina y cabreo que por una verdadera esperanza de virtud pública.

Nuestro compañero, Santiago Aparicio, por su parte, quiso comenzar sus palabras recordando que Molina es un doble bárbaro. Por un lado porque escribe poesía, algo que Theodor Adorno decía que era una barbarie después de Auschwitz (“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”). Y por otro lado porque frente a la tesitura actual donde es “neoliberalismo y barbarie”, Molina había decidido situarse en el plano de la barbarie, en el plano de los más, en el plano de los desheredados del mundo. Quiso Aparicio centrarse en la falta de intelectuales tanto en la derecha como en la izquierda del PSOE, algo que perjudica claramente los valores y las posiciones de los partidos políticos pues el discurso se lo hacen otros. En el PSOE parece que esperan a que ciertos medios les digan lo que hay que hacer en el plano ideológico y en la derecha casi que se siguen quedando con los postulados antiguos de Ledesma, Laín o Fernández de la Mora. El PSOE ni los tiene, ni quiere esos “intelectuales orgánicos” y en el PP no hacen caso ni a Juan Manuel de Prada.

El libro pretende ser, como así demostró el debate posterior que se generó en la presentación, un acicate para las mentes, un punto de partida del cual poder reflexionar, un mecanismo intelectual para generar las preguntas propias. Al fin y al cabo, un libro con esas hojas que voltear sintiendo la rugosidad de la celulosa; sus momentos de parada epatante o reflexiva; esos apuntes en los bordes; ese pasar el lapicero o el rotulador por esas frases que a cada cual le parecen las más importantes; en resumidas cuentas, un placer del que disfrutar en soledad pero sabiendo que en otro lugar del mundo, posiblemente, alguien esté haciendo lo mismo y pensando cosas parecidas. Y también un libro para la acción cívica para todos aquellos que aún piensan que el Socialismo tiene algo que decir en estos tiempos. Lo que no implica que lo digan los partidos políticos como bien reflejó el debate. No es más que una nueva enseñanza del maestro Juan Antonio Molina.

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