“En realidad, el fascismo no triunfó en el momento en que la burguesía estaba amenazada por la revolución proletaria: triunfó cuando el proletariado hacía mucho tiempo que estaba debilitado y obligado a ponerse a la defensiva, cuando la marea revolucionaria había disminuido. Los capitalistas y terratenientes no confiaron a las hordas fascistas el poder del Estado con el fin de protegerse de una amenazante revolución proletaria, sino con el fin de reducir los salarios, destruir los logros sociales de la clase trabajadora, suprimir los sindicatos y las posiciones de poder logradas por la clase trabajadora; no para aniquilar el socialismo revolucionario, sino para destruir los logros de socialismo reformista” escribía Otto Bauer en 1936 cuando la barbarie ya se apoderaba de Europa. Estas palabras, con escasas modificaciones explican bien a las claras el programa oculto de Vox, del neofascismo español que la clase dominante ha sacado a pasear para acabar con lo último que quedaba de los logros de años de luchas de la clase trabajadora. No haría falta escribir ni una coma más, pero en virtud de actualización de los datos se explicará ese programa oculto.

Ciudadanos y el Partido Popular están en el mismo juego dirán muchos lectores, pero tienen cierto freno al ser partidos insertados e instalados en el sistema político. Comparten la esencia del programa, pues no dejan de ser hijos de la clase dominante, pero en virtud del mantenimiento del poder político se andan con más remilgos. Ideológicamente comparten la lucha de clases soterrada de la entente capitalista, pero a un ritmo distinto al que imponen los neofascistas. Y ante necesidades primordiales de la clase dominante que los partidos “tradicionales” no terminan de ejecutar, más con un posible flujo hacia las políticas sociales estatalistas, compartidas con el Tercer Sector, han decidido, especialmente la fracción “ladrillera” o urbanística, sacar al monstruo del armario de la Historia para volver a reproducir lo que ya sucediera hace años. Con una diferencia, no hay un totalitarismo estatal, sino fetichista, comunicativo y espectacular.

Es lo que hace Donald Trump en EEUU, Jair Bolsonaro en Brasil o Viktor Orban en Hungría. Patriotismo de bandera, nacionalismo tradicionalista, pero entrega de los países al mercado financiero, la especulación y el saqueo de lo público. Dicen luchar contra la globalización pero en realidad están alimentando esa globalización al tapar los grandes agujeros que presenta a ojos de las personas que sufren sus consecuencias. De ahí que las camisas con bandera de España o caballitos que tanto gustan al facherío español son fabricadas por niñas explotadas en países asiáticos. Alimentan el fetichismo de la mercancía que portan, pero ocultan que realmente están alimentando la explotación, así sea a miles de kilómetros. Lo importante es el simbolismo espectacular que impide observar más allá de esa supuesta verdad que no es sino una máscara de la realidad. A eso sabe jugar, muy bien por cierto, el neofascismo español que, como el antiguo fascismo, aparece para favorecer a la clase capitalista y ayudarla en su proceso (el cual parece que obligatoriamente debe ser infinito) de acumulación de riquezas, mientras en el otro lado queda la explotación, la precariedad, la humillación humana y la destrucción de la sociedad.

Tradición y chivo expiatorio diverso.

A nivel español Vox añade cierto tradicionalismo que pueda resultar efectivo como banderín de enganche. Cierto catolicismo preconciliar que ayuda en la lucha hegemónica contra la sección cultural de la batalla. Así logran tapar la parte de la lucha que es la fundamental, la económica-política-social. Mientras levantan la bandera de España (que se fabrica en China) están tapando que quieren acabar con la gestión pública para entregar, con mayor coste, el servicio a sus amos. Mientras hablan de los valores católicos inherentes al ser español, ocultan que regalan terrenos públicos a esa iglesia para construir colegios que se concertarán, mientras niegan el colegio público que no ejerce, por mucho que digan, esa fuerza ideológica que conlleva el catolicismo. Se quita lo laico, que es un valor republicano y por tanto democrático, para fomentar lo religioso que sirve de adormidera de las conciencias y como mecanismo de claudicación. Una forma de dominación ideológica, entre otras muchas, que tiene la clase dominante. Esto también lo ha hecho el PP, pero no lo ha defendido con la virulencia de los neofascistas, los cuales intentan que parezca inherente a ser español. Mientras te dicen que eso es libertad de elección, cuando niegan la existencia de esa elección en realidad, llevan a la infancia hacia el sumidero de la sumisión.

Mientras el tradicionalismo funciona para un segmento de la población, especialmente el católico, aquel que añora los tiempos de la dictadura franquista y el inculto de la España imperial, la xenofobia que intentan destilar les sirve para reunir bajo su bandera al segmento de la población de clase trabajadora que se siente desposeída de sus trabajaos, cuando la realidad es que ha sido la clase dominante la que se los llevó. Son personas que están enfadadas con el mundo, muchas de ellas con estudios precarios derivados de su condición de clase, y que mediante esas soflamas son captadas para la causa en espera de recuperar, si es que alguna vez lo tuvieron, lo que piensan es suyo: un trabajo que les permita sentirse de clase media aspiracional, por ejemplo. Una xenofobia que en muchos casos no es más que un mecanismo selectivo (unos de los chivos expiatorios) pues realmente en Vox necesitan de esos inmigrantes para nutrir el ejército de reserva del capital y tirar por los suelos los salarios y las condiciones laborales, que en el caso de los inmigrantes casi son de esclavitud. Necesitan de los inmigrantes para tener un grupo que haga trabajos poco agradecidos y que no tengan ínfulas reivindicativas. Por eso hablan de inmigrantes legalmente llegados. En el otro lado de la moneda, la del racismo, utilizan a la inmigración para desvirtuar crímenes machistas o para encizañar socialmente. También para poder entrar como elefante en cacharrería en la sanidad y, lo que es más importante, la parte farmacéutica de la misma. Todo en beneficio de la clase dominante, de la que los neofascistas no son más que su guerrilla.

Hablan en su web, mediante frases cortas, de esas que no dan para pensar, pero sí para sentir mediante un mecanismo lingüístico de ocultamiento que quieren “Menos burocracia, Más eficiencia. Menos intervención, más riqueza para distribuir. Menos impuestos, más empleo”. Como se puede observar son pares que pueden carecer de conexión real, en el plano ideológico se pueden hacer las conexiones que se quieran, pero que sirven para a una situación negativa ofrecer una alternativa positiva, que no esté ligada por algo racional en sí. De esta forma negativizan y positivizan cuestiones inconexas pero que quedan en el inconsciente colectivo del grupo y les procura fuerza aparentemente racional. La burocracia es un mecanismo no sólo de gestión sino para garantizar que las personas son tratadas, en lo público, con igualdad ante la ley. De hecho la gestión pública, salvo que se piense que uno vive en otro país, es bastante eficaz, al menos en los mismos términos que la privada. Pero es lanzar un mantra falso. Quien trabaje con un modelo de gestión por procesos sabrá perfectamente cuán burocrático puede llegar a ser (y agotador). Pues ese tipo de gestión está implantado en numerosas empresas, especialmente tecnológicas e industriales. La gestión privada no es más eficiente que la pública pero “malmete que algo queda”. Pero el par intervención/riqueza que atenta contra el poder estatal no sólo es falaz sino que se ha demostrado en los últimos veinte años que a mayor liberalización la riqueza se ha quedado, en cantidades mayores eso sí, en las mismas manos que antes de liberalizar.

Acumulación por desposesión y autoritarismo.

Lo importante, al final, dentro de los neofascismos no es la cuestión racional sino la máscara con la que quieren llegar al poder, que al final es producto de un irracionalismo (o a-racionalismo, si lo prefieren) y de un juego antagónico donde prima la cuestión sentimental (amor/odio/miedo). La nación española imperial (odio a los catalanes y vascos por pensar distinto, en un caso de racismo interno); el español como único idioma histórico y legítimo (lucha por situar la educación en el ámbito privado vaticanista); la reconquista como elemento fundacional; la monarquía como garante de la unidad de destino (aunque roben a manos llenas); como son fascistas hacen del negacionismo de la dictadura un mecanismo de atracción de los verdaderos españoles; una educación realmente ideologizada hacia lo nacional rancio y casposo y el capitalismo de emprendimiento (como nuevo mecanismo de explotación/disolución de la clase trabajadora, como ya se contó en estas páginas); reacción frente a cualquier avance social o intento de lucha por derechos sociales (sólo existen los derechos naturales, que no dejan de ser una falsedad y con tufo religioso); y así hasta completar un cuadro donde pueden encajar a los distintos segmentos que les pudieran dar una mayoría. Y los mensajes, gracias al Big Data y el algoritmo, lo distribuyen eficientemente entre los segmentos.

Y dirán ¿qué tienen que ver los toros, los homosexuales, la violencia machista y demás cuestiones con la dominación que pretenden en favor de la clase dominante? Todo tiene que ver. No es que haya una determinación única en sí, eso sería caer en el mecanicismo. Pero apoyar los toros y los bailes regionales les entronca con sectores tradicionales que ven en la globalización, o la macdonalización del mundo, algo peligroso que está destruyendo pueblos y ciudades. También luchan contra eso, contra la gentrificación, desde otros partidos pero desde Vox lo hacen mediante la cuestión tradicional para llegar más allá de las puertas urbanitas. A ello le suman que les dicen a los terratenientes que les piensan libera las tierras y podrán hacer con ellas lo que quieran, desde construir casas, hasta especular con ellas y sacarse un buen pico. Contra el movimiento LGTBi y, especialmente, el de lucha contra la violencia machista hay un interés económico oculto, como sucede con el Tercer Sector en general. Las ONGs reciben subvenciones por servicios que prestan a la sociedad pero no hacen acumulación de capital, porque no está en su ánimo, ni pueden legalmente en muchas ocasiones hacerlo. Esos servicios que prestan que son variados, son servicios que las empresas como Cobra de Florentino Pérez no pueden ejecutar, pero que realmente necesita para engrosar sus cuentas de resultados. Así, por tanto, atacando a las asociaciones subvencionadas se les criminalizan para poder pasar al saqueo, a la acumulación por desposesión. Quitar a las ONGs, que son eficientes y eficaces, los servicios para dárselos a las empresas que bajan la calidad de los servicios, como se ha demostrado una y otra vez.

Y en medio de todo este camino está reducir la fuerza del Estado para que los derechos sociales y políticos, que tanto tiempo y tanto esfuerzo ha empleado la clase trabajadora, en conseguirlos se destruyan. Poco a poco, mediante un proceso de exageración por un lado y de ir destruyendo por el otro, el neofascismo español lo que pretende es acabar con los derechos sociales (huelga, paro, sanidad, educación, etc.) para ir reduciendo la libertad de las personas. No quieren sociedades en sí, sino sólo el imperio de un individuo que es nada frente a las multinacionales, pero como no hay posibilidad salvo en un mundo distópico del individualismo, y han de aceptar vivir en sociedad, prefieren que sea, en el caso español, una sociedad controlada desde parámetros tradicionalistas/reaccionarios. Una sociedad moralmente sometida a la voluntad de unas élites económicas y religiosas, las cuales están abrazadas felizmente, que dominen a la población y que mientras una la saquea y explota, la otra le hace comprender que es culpa de algún pecado y que un supuesto dios proveerá en el más allá.

Como habrán podido observar, no hay un chivo expiatorio sobe el que cargar todo el peso de la culpa, como los nazis con los judíos (curiosamente los neofascistas españoles son sionistas por mandato de uno de sus inspiradores José María Aznar). Al ser fascistas postmodernos, sus chivos expiatorios son diversos para poder atacar a diversas fuentes de legitimidad social. No pueden, como en la Europa de los años 1930s, fijar la mirada en un solo grupo pues resultaría incomprensible y no tendrían arraigo social. A ello súmenle los peligrosos rojos, que son sus verdaderos enemigos de clase, porque todo esto tiene ese trasfondo, más lo catalanes y los vascos (lo que se llama la anti-España) y tendrán un marco poliagonístico del odio y confusión válido para sus fines autoritarios. Todo ello con apariencia de democracia, que es el signo distintivo de los neofascistas, autoritarismo democrático. Todo esto es parte del programa oculto de Vox, un programa que no es muy lejano de lo deseado por el PP actual de los cachorros individualistas pero imperialistas y católicos. Pero mientras el PP tiene miedo a perder sus posiciones de poder que les sirven para vivir bien sin necesidad de trabajar, Vox se lanza a por ello. Su recompensa no será política, ni en el más allá, se lo pagarán los señores de la clase dominante, muy bien además. Eso sí, siempre y cuando ganen esta fase de la lucha de clases. Sí, porque la homofobia y la misoginia son sólo tapaderas de lo importante, la lucha de clases entre el capitalismo y sus oponentes.

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