El dilema catalán se encuentra encallado. Da igual lo que pase con la consulta en el fondo. El problema catalán no va a desaparecer de la escena política por arte de magia. Ni los independentistas van a ser tragados por un monstruo mitológico. No, el Kraken no arribará al puerto de Barcelona para engullir a Puigdemont y demás. Por lo que, después de la pantomima que se está llevando a cabo y que hemos explicados otros días, habrá de ser el tiempo de la política de “verdad”, no la que sólo se basa en cuestiones legalistas dejando los principios y la ética apartados.

Hasta el momento la Operación Diálogo, para la que se propuso con la intención de obtener una victoria personal Soraya Sáenz de Santamaría, ha resultado un gran fracaso del gobierno del Partido Popular. Desde diciembre de 2016 las cosas no sólo no se han calmado sino que han ido a peor. La vicepresidenta del Gobierno ha mostrado todas las carencias que tiene como Política. Sus virtudes como funcionaria y machaca-papeles pueden ser buenas, pero a la hora de hacer política, de dialogar, de hablar más allá del reglamento, la ley o el ordenamiento se demuestra que no hay donde rascar. Es completamente incapaz. Así que ha tenido Mariano Rajoy que tomar la dirección de la situación. ¡Con lo poco que le gusta a él mojarse!

El PP y la unidad de España

El partido conservador, haciendo gala de su propia ideología, no considera que Cataluña sea (pueda ser) una nación. Sólo conciben la nación en términos jurídicos. Lo otro, la cosa cultural está bien pero es incapaz de conformar una nación. En una entrevista en El Mundo el ex-ministro García Margallo lo expresaba claramente y con esos mismos términos. La nación cultural, decía, es ya inexistente en el orbe, salvo algunas tribus perdidas. Ni la propuesta liberal de Ernest Renan de “nación como plebiscito de todos los días” se encuentra en sus parámetros mentales. Salvo cuando se habla de la España imperial, que no deja de ser otra ficción, que ahí se les cae la baba. Por tanto, la acción de los populares sólo puede estar enmarcada dentro del actual marco constitucional.

Rajoy, cuando se reunió con Puigdemont, y le dijo que se podían negociar 40 de las 41 propuestas que se le presentaron (el referéndum quedaba fuera), ya demostraba el camino que puede tomar el conservadurismo. Dotar de más competencias y dar más dinero a los catalanes para que se callen, no protesten y sigan dentro de España (una, grande y libre). Como cuando los conquistadores ofrecían a los indígenas collares y espejos a cambio de víveres y de oro y terminaban por sojuzgarles. Eso mismo ofrece el PP a Cataluña. Sólo que ahora en vez de espejos es dinero y competencias. No hay más estrategia ni diálogo. Eso sí, callan los conservadores, que esas dádivas repercuten, porque no hay más de dónde sacar, en el resto del Estado español. Pero eso a ellos les importa poco. La unidad de España es un valor mayor que la igualdad. Al fin, como decía Rajoy hace años, hay personas que nacen de una clase social que son mejores que otras.

“Ya en épocas remotas (existen en este sentido textos del siglo VI antes de Jesucristo) se afirmaba como verdad indiscutible, que la estirpe determina al hombre, tanto en lo físico como en lo psíquico. Y estos conocimientos que el hombre tenía intuitivamente (era un hecho objetivo que los hijos de buena estirpe, superaban a los demás) han sido confirmados más adelante por la ciencia: desde que Mendel formulara sus famosas Leyes nadie pone ya en tela de juicio que el hombre es esencialmente desigual, no sólo desde el momento del nacimiento sino desde el propio de la fecundación”. Así se expresaba el presidente del Gobierno. Los españoles de buena estirpe no pueden, por tanto, más que defender la unidad de destino común que es España. Eso sí, favoreciendo a la “buena estirpe” de la burguesía.

El PSOE, la plurinacionalidad y el Estado federal

Desde el PSOE, a diferencia del partido conservador, sí vienen proponiendo el diálogo para desencallar el dilema catalán. Pedro Sánchez se ha reunido con Carles Puigdemont para ofrecerle la reforma constitucional y encajar Cataluña dentro de un Estado federal. También el reconocimiento de Cataluña como nación entraría dentro de esa misma reforma de la carta magna. Algo que, según parece, no ha sido aceptado por el dirigente catalán y prefiere persistir en la independencia. Pero, a diferencia de la imposición de los conservadores, intentan el diálogo. O como expresa el secretario general socialista: “un espacio de diálogo al máximo nivel”. Pero el problema se encuentra en que, en el fondo, la propuesta es similar a la ofrecida por Rajoy.

Ya se ha comentado en días anteriores la floja y poco articulada propuesta socialista de Estado plurinacional y Estado federal, es un avance, pero por el camino errado. No dejan de ser espejos y collares, más bonitos y pulidos que los de los conservadores, pero baratijas al fin y al cabo. ¿Qué se pretende al final del camino? La unidad de España como ente superior de formación estatal. Lo mismo que el PP pero con otras formas distintas. Hablar de “nación de naciones”, términos utilizados por Anselmo Carretero y por Gregorio Peces Barba, no es válido para resolver lo que Cataluña está demandando. Esa “nación de naciones” al final lo que hace es luchar contra el asimilacionismo de las culturas “no dominantes”.

Ese Estado plurinacional lo que expresa es que existe una nación política (España) y varias naciones culturales, tantas como sea necesario, que deben ser respetadas. Multiculturalismo, diversidad pero sometimiento al poder central. Es tan estúpido el término “nación de naciones” que supondría que los que se sienten españoles no tendrían cobijo cultural en ella. O, peor aún, que seguirían siendo la cultura dominante y expansionista como entienden los conservadores. Cuando se juega con los términos hay que tener cuidado. Decía Humpty Dumpty a Alicia (en Alicia tras el espejo) que al final las palabras cobran significado dependiendo de quién ostente el poder, pues no. Las palabras cobran sentido respecto a la realidad y los hechos. No seamos platónicos y encajemos en los conceptos a la realidad forzadamente.

En el desayuno de El Periódico de Cataluña, Sánchez ha afirmado que “el reconocimiento de la identidad nacional de Catalunya no representaría un problema, como se ha intentado alentar desde opciones conservadoras con una visión uninacional de nuestro país”. Cierto, salvo que la posición federalista del PSOE, al final, supone una unicidad similar a la de los conservadores. Aunque en su haber está el diálogo sin exclusiones, algo impensable para conservadores y liberales. Pero la solución es la misma, que Cataluña forme parte de España sí o sí. O ¿acaso no apoya sin ningún tipo de aristas el PSOE los movimientos del Gobierno?

Y todo ello porque no han entendido que los independentistas lo que desean es autogobierno y autodeterminación. Esto es poder decidir por sí solos su propio destino. Y si aceptasen las baratijas, que las acabarán aceptando generando eso sí una quiebra en el resto del Estado, quedarían deslegitimados para reclamar el derecho a decidir en muchísimo tiempo. Hubiesen demostrado que todo era un engaño y que sólo buscaban beneficio personal, no la autodeterminación.

La actitud más coherente en todo esto ha sido la postura de Podemos. Referéndum sí, pero bajo unas verdaderas garantías. No se han preocupado porque Cataluña dejase de ser parte de España, ni nada por el estilo, sino de encauzar el dilema abierto. Tienen, al igual que ahora el PSOE, una visión mucho más abierta y plurinacional de España. Y evidentemente desearían que Cataluña o País Vasco fuesen de parte de España, pero no les importa la escisión siempre y cuando se haga por medio de mecanismos garantistas y democráticos. No la chapuza de imprimirse las papeletas en casa y no saber si existe censo o no.

Ciudadanos no se ha separado ni un milímetro de la visión fascistoide de España. Mucho más retrógrada que la del Partido Popular y que recuerda mucho a la concepción de Edmund Burke. Les falta decir que España tiene una grandeza granjeada en los campos de batalla de los Tercios de Flandes o algo por el estilo. Aunque, para ser mucho más cercanos a la realidad de todos los días, a ellos y ellas lo que les importa es que haya elecciones y así poder gobernar Cataluña. Las encuestas les hacen crecer e Inés Arrimadas está histérica desde hace meses pidiendo elecciones anticipadas y verse de Presidenta. Por suerte para Cataluña eso no se dará. Pero a Ciudadanos el problema catalán no deja de ser algo electoral. Y si se acaban los argumentos se les llama totalitarios y se acabó.

El problema es que los “indígenas catalanes” ya saben que el oro vale más que las baratijas y no cuela. Están perdiendo una baza buena para someter al Gobierno y la clase política española, pero saben que pueden seguir por esta senda para sacar hasta el higadillo a Rajoy y Sánchez. Y teniendo la clase política que tenemos seguramente lo acabarán logrando. Los grandes dirigentes se darán la mano pero el resto de España estallará. Al tiempo.

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