A Albert Rivera le está sentando francamente mal la soltería. Desde que en noviembre dejase la relación que mantenía con Beatriz Tajuelo, el dirigente de Ciudadanos va de mal en peor. Pensaba coronarse en Andalucía y resulta que está aliado con los neofascistas españoles a los que niega sistemáticamente cuan Pedro negó a Jesús antes de que el gallo cantara tres veces. ¿Hay relación entre una cosa y otra? Seguramente no, ni es que su ex-pareja fuese un amuleto, sino que la suerte (si es que alguna vez la tuvo) se le ha vuelto esquiva al presidente de la secta naranja. Le están discutiendo desde otras formaciones políticas, no el cuñadismo ideológico que es imposible, sino los únicos temas sobre los que había cimentado su discurso político. Y tres son demasiados para poder destacar en las derechas, por muy de centro (ese lugar inexistente que todos aman cual Atlántida política) que te catalogues.

Desde Vox le han quitado la bandera del odio. Buenos son los neofascistas, lo llevan en la sangre, para decir sandeces e inventarse datos xenófobos o misóginos (ni las mujeres matan niños a mansalva, ni hay invasión de inmigrantes). Ante eso, las bufonadas de los proetarras (cuando no existe ETA, que parece mentira que hay que seguir recordándolo), el peligro podemita o comunista, o cualquier otro palabro que pergeña esa mente ignara es nada ante la chulería de niño pijo del barrio de Salamanca. Él no es más que un mal contable de Caixabank y con un currículum inventado. Ni lo de “doctor Plagio” hace gracia ya. Nunca la ha tenido porque esa memez suelen decirla aquellos que han sido incapaces de leer más de dos libros sesudos y menos aún escribir algo que sea digerible. Es envidia por no estar en la “aristocracia” del esfuerzo, el conocimiento y el estudio. Envidia de la mala. Los neofascistas, decíamos, le han quitado la bandera del odio. Sólo le queda Cataluña, pero a repartir con otros tres y Rosa Díaz que suele pasar por allí pregonando sus miserias intelectuales y vitales.

La bandera de España que parecía sólo suya también la tiene que compartir con las tres derechas. Si Rivera apostaba por una España europeísta, y sigue haciéndolo según parece, ahora Casado y Abas-Kal le pelean la patria rancia de los españoles llevando la lucha hasta los reyes católicos y no llegan a Séneca porque no saben quién es. Ahora la bandera de España que parecía suya se la quieren quitar los chicos malos y a fuer de historia manipulada y reaccionaria seguro se la quitan. Él que quería ir en un caballo blanco matando infieles (catalanes y podemitas), se ha quedado con una burra que ni leche da. Le harán en Andalucía papa del Palmar de Troya si se empeña, pero no obtendrá más santidad que esa. Y veremos qué hacen los neofascistas que los kikos son muy suyos y eso de ser lefebvrianos les gustaría (por Marcel Lefebvre el arzobispo excomulgado por ultracatólico aunque luego readmitido por Ratzinger, ni por asomo por Henri Lefebvre, que no saben ni quién es).

Ni odio, ni bandera a la que agarrarse le están dejando al pobre Rivera, que además tiene moscas a sus amigos liberales europeos (los de verdad, no los busca cargos de aquí) por sus acuerdos en la sombra, detrás de los visillos, con los neofascistas. Porque Juan Marín, que no ha sido liberal nunca y sí tripero para su clan de la manzanilla, se junta con quien haga falta y, de momento, por mucho que digan haciéndose los ofendiditos, su jefe ha tragado. Amenaza con levantar alfombras el ideólogo, porque tiene ideas (malas pero ideas) no por su lucidez intelectual, Juan Carlos Girauta afirmando que van a levantar alfombras en la Junta de Andalucía como si el PSOE hubiese robado lo que han hecho sus amigos del PP. Lo que no advierte es que van a levantar las alfombras para poner otras de Persia (o turcas dado que es común entre los dirigentes naranjas acudir a implantarse pelo), que son muy mirados y no les gustan las cosas usadas. Van a levantar alfombras como en Madrid que todo el mundo ha visto que si no es por PSOE, PP  de Cristina Cifuentes y Ángel Garrido (paradójicamente) y Podemos lo del Canal de Isabel II ahí se hubiese quedado. El caso es que sólo les queda esa chulería que veremos en lo que queda cuando los neofascistas les aprieten un poco en los plenos parlamentarios.

Le queda el cuñadismo ideológico y poco más. Porque hasta el presidente del Gobierno ha amenazado con hacerse el representante de los liberales españoles que ahora están huérfanos. Siempre le ha tirado más esa parte del espectro a Pedro Sánchez, es más moderado y tiene una sonrisa más blanca que la de Rivera. Así que ya hasta el sanchismo, ese mal que observa Rivera en el partido socialdemócrata, le va a quitar el espacio político. De ahí que, en el programa de Ana Rosa Quintana, siempre dispuesta a dar cobertura a lo que le manden sus jefes, da igual si casquería rosa o política, pidiese moderación política y dejar las banderías. Porque le están quitando todo y lo peor es que se está dando cuenta. Claro que para banderías las suyas que habla de constitucionalistas y demás seres infernales. Para él, salvo la reacción y los neofascistas, todos son anti-España y anticonstitucionalistas. Bueno, ve que en el PSOE hay algunos que son aceptables por intentar hacer cuña contra Sánchez nada más. Sólo son constitucionalistas los que son españoles en esa forma del cuñadismo ideológico que confunde los términos (Constitución-Nación-Estado) porque son muy incultos.

Está mustio y por mucho que le invitan Quintana y Susanna Griso a tomar café y poder soltar su perorata y sus baladronadas, acaba musitando su discurso falto de toda la fuerza que otrora mostrara. Quedarse sólo en cuñado político es poco para lo que él aspiraba a ser dios. Se comienza a ver como un ídolo caído, como una estrella estrellada porque la clase dominante ahora tiene otros niños que pasean y llevan al parque. Ser cuñado, además, tiene otro perjuicio que la familia acaba por darte de lado y te soporta lo justo y necesario. Eso le está comenzando a pasar. Y se nota porque ahora no sólo manda a Girauta a ladrar por los medios de comunicación, sino que las críticas a los presupuestos, por ejemplo, las deja para Francisco de la Torre, el único del grupo parlamentario que igual sabe algo de números. Las críticas contra Puigdemont las deja en casi solitario a Arrimadas. Y él, como mucho, habla mal de Maduro el sátrapa venezolano. Lo que tampoco es de su exclusividad ya que en el PP los apoyos de la burguesía venezolana son también fuertes. Eso sí, no van al mismo gimnasio ni se toman cañas juntos como hace Rivera. Se le está cayendo el chiringuito por su culpa y está a la espera de que otros y otras le terminen de arreglar la situación, lo que rompe el principio de poder dentro de la secta. Al tener una organización más férrea que la de un partido comunista, si el jefe falla y se pierde la fe, la organización acaba derrumbándose. Y es evidente que la clase dominante no va a sostener al trifachito o los “voxolnaros” que ha dicho Sánchez, en algún momento a alguno dejará caer. Igual es por esto y no por la ruptura por lo que está mal Rivera. Igual.

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