Curioso que hasta el momento nadie se haya percatado de las distintas palabras emitidas por dirigentes políticos de uno u otro color para comprobar que los distintos acuerdos que permitirían el Gobierno de Coalición de las izquierdas están ahí mismo. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias callan. Sus equipos callan. Gabriel Rufián se hace el despistado sufriendo por su equipo de fútbol. Pero sólo hay que comprobar las acciones de unos y otros, añadir las declaraciones de personas importantes de ERC y verificar que los rumores que circulan por la capital del Estado son ciertas: PSOE y Unidas Podemos tienen ya los votos necesarios. Igual no se ha enterado Inés Arrimadas, quien insiste en pedir al PP que se abstenga y que Ciudadanos votaría sí con sus pírricos diez diputados, pero hasta Pablo Casado se rumia que ya no hay marcha atrás en el proceso.

Siguen los medios de comunicación de la derecha intentando (¿Cuándo han dejado de hacerlo?) enfangar las diferentes negociaciones, pendientes de los matices, pero se va asumiendo con parsimonia y pesadumbre que sí, que habrá un gobierno de las izquierdas. Hasta alguien tan procaz como Juan Carlos Girauta, en su columna de ABC, medio irónicamente y con toda la mala leche que utiliza contra Sánchez, va asumiendo lo que se viene encima. La fase de duelo comenzará en breve pero teniendo casi asegurados los votos, no todo está resuelto en sí. Pese a declaraciones como las de Carles Campuzano o Joan Tardá señalando que igual sería mejor para el secesionismo hacer presidente a Sánchez y luego ver qué se hace, en este juego tienen que ganar todas las partes participantes. No puede ser un juego de suma cero, como sería del gusto de la derecha, más o menos reaccionaria. Y ahí es donde queda el resquicio para que todo se trunque y el castillo de naipes construido con mimo se venga abajo.

Está claro que Sánchez e Iglesias consiguen estar en el poder del Ejecutivo. El PNV ganará lo de siempre. Los demás regionalistas lo que puedan rascar pues no es otra su naturaleza que ser pedigüeños. El problema es lo que ganaría ERC en sí. Desde luego cambiar la Constitución para incluir un etéreo derecho de autodeterminación es casi imposible, al menos con la relación de fuerzas existente. Así que, dado que vivimos en la sociedad del espectáculo, en la política espectacular, en las máscaras y lo mediático, el terreno donde deben obtener la victoria, al menos a ojos de sus huestes, es en lo simbólico. Un campo político que es sumamente importante tanto para la dominación como para la unión de los propios. Y ahora se está jugando en la com-unión de los propios y las posibilidades a futuro de ERC.

Si esta sociedad fuese democrática, en los términos en que siempre el liberalismos y los demócratas del sistema la intentan vender, el puro razonamiento de los motivos y la conveniencia de un voto u otro sería suficiente para abstenerse o apoyar el Gobierno de Coalición. Pero no se está bajo la égida de la racionalidad sino en la fantasmagoría de lo espectacular, lo teatral y lo sentimental. Que en las reuniones, por ejemplo, no sean partícipes personas de Unidas Podemos, aunque tras las cortinas se muevan, y sólo estén el partido del actual gobierno y el partido independentista es una batalla simbólica en la que se concede la victoria mínimamente a ERC (a lo que hay que sumar la presencia de un ministro). También el PSOE juega con sus elementos teatrales y sitúa a Adriana Lastra como jefa del trasunto y no a José Luis Ábalos (que no sólo es secretario de organización, sino ministro), como si fuese una cosa del partido y no de su secretario general. Teatro, puro teatro político donde los personajes que parecen principales, acaban resultando secundarios y viceversa. Porque se sabe y se es consciente que tanto Lastra como Gabriel Rufián no son más que los heraldos de Sánchez y Oriol Junqueras.

¿Qué tiene que ganar simbólicamente ERC en todo esto? Que no les vean en Cataluña como unos traidores al procés. Por ello son significativas las palabras de Campuzano, que no sólo es del partido de Carles Puigdemont (Quim Torra está ya amortizado para ellos), sino representante político de la patronal nacionalista catalana. O lo que es lo mismo, el poder verdadero detrás del procés en última instancia. Esas palabras, que son contrarias a las del personaje cobarde que huyó dejando en la trena a los compañeros de escaramuzas, marcan un antes y un después para la obtención de una victoria simbólica de ERC. Rufián y Junqueras pueden vender que ellos sí dialogan, vista la situación de gravedad social que sufre Cataluña, e intentan avanzar más allá de acciones que han demostrado que no pueden tumbar al Estado español. Pueden vender que la política se ve más cómoda desde Waterloo que desde Lledoners (la prisión donde se encuentran los políticos catalanes condenados). Pueden vender simbólicamente, porque la realidad es que más allá de ciertos reconocimientos no sacarán más y lo saben, todo eso, lo que puede propiciar un futuro gobierno tripartito catalán entre ERC, PSC y lo que quede de En Comú/Podemos. Y de esta forma, sin moverse del propio Gobierno catalán, el partido independentista logrará más capacidad de acción. Sin duda muchas personas lo pueden ver como una bajada de pantalones y venderse por la presidencia de la Generalitat dejando atrás el procés. Y tendrían razón, pero desde Waterloo lo que piden es acabar con muertos en las calles. Muertos que nunca, por lejanía y cobardía, serían ellos.

El Mundo calificando a Franco de Caudillo

Como Iglesias ya ha bajado sus expectativas respecto a la agenda política del futuro Gobierno, como ERC va viendo expedito el camino para ganar lo simbólico y como Sánchez conseguirá seguir siendo presidente del Gobierno, se han acelerado las conversaciones entre PSOE y Unidas Podemos para cerrar el tema programático y estructural que habían dejado un tanto aparcado. Esa aceleración es sintomática de un gran avance que pende de un hilo, el que sujeta el campo simbólico de la política actual. Lo que puedan decir los medios de comunicación de la derecha ya ha hecho callo en el caso de los demás partidos que no son el trifachito. Por cierto, ¿se han dado cuenta que en El Mundo titulan las noticias sobre Franco hablando de él como Caudillo? Sintomático del grado fascista que está tomando el periódico de Francisco Rosell, porque no dicen el dictador, que lo fue, ni evitar catalogarlo con algún título. Le nombran nada más y nada menos que como Caudillo. Retomando el tema, el arsenal de mentiras, falacias, invenciones y demás trucos de los conjurados de la derecha parecen no ser útiles para hacer mella en la sociedad, la cual desea un Gobierno (casi el que sea) que se dedique a trabajar para solventar sus problemas y todo vuelva a la normalidad. Creían que soliviantando a las masas lograrían tumbar el gobierno de las izquierdas pero sólo han conseguido que Casado sea visto por los suyos como un pusilánime que carece de sentido de Estado (devolver el favor de la abstención) y que está más pendiente de Vox (a quienes tiene pánico).

De hecho quienes pierden en todo esto, no siendo completamente un juego de suma cero, son el PP (los neofascistas tienen el campo abierto para criticar el “gobierno de los bolcheviques”), Ciudadanos (que aún no se han enterado que sólo tienen 10 diputados); Íñigo Errejón (que está sentado tan arriba que ya ni importa lo que diga); y Alberto Garzón (al que están haciendo la cama dentro de su organización delante de sus propias narices). Están todos los votos necesarios, sólo falta que de aquí al día en que se proceda a la investidura no pase algo extraño y todos puedan ganar algo en el envite. Porque tras la investidura seguirá la embestida de la caverna mediática sin importarles eso que sitúan todos los días en sus portadas: España.

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