Las elecciones europeas, municipales y autonómicas le han allanado el camino a Pedro Sánchez para gobernar en solitario. Aunque ya tenía esa idea de no compartir el poder con nadie, sólo quien el designe, los resultados que ha deparado el superdomingo electoral le dejan un amplio margen para esa pretensión suya. Esa idea de gobernar las cuestiones más sociales con la izquierda y los asuntos de Estado con la derecha, que nunca ha escondido el ministro José Luis Ábalos, es un poco más factible a la vista de que ni Podemos, ni Ciudadanos han logrado resultados aceptables.

Pablo Iglesias, aunque ayer en vez de dimitir siguiese pidiendo puestos en el Gobierno, carece de cualquier autoridad para entrar como ministro o pedir que coloque a alguno de los suyos. Sánchez podía haber hecho ese esfuerzo en virtud de un posible pacto global a nivel municipal y autonómico que reportase al PSOE una serie de gobiernos de escala menor. Pero la desaparición casi completa de Podemos, empeorando casi a la Izquierda Unida de Cayo Lara (que ya es decir), a nivel autonómico y su escasa presencia a nivel municipal no facilitan negociación alguna. La formación morada está boqueando, consumida en sus luchas de egos a todos los niveles y en todas las regiones, y ya no es rentable a nivel político. Lo de Iglesias ahora parece mucho más el irse arrastrando por un carguito que una petición apoyada en argumentos morales, políticos o ideológicos. El pacto a la portuguesa es factible tal y como allí existe, si entrada en el gobierno de lo que queda a la izquierda de PS. El Bloco no es Podemos, también convendría recordarlo, tiene conciencia de clase, mientras que la formación morada ni sabe lo que es, ni se sabe si tiene tiempo para ser.

Sánchez tiene ahora la negociación a su favor para un acuerdo de investidura, más factible si los escaños de los diputados suspendidos no computan. Ahora bien gobernar es otra cosa. De ahí la petición del ministro Ábalos a Ciudadanos para que levante el veto al PSOE y no pacte con los neofascistas en diversas comunidades o ayuntamientos, aunque indirectamente sea para hacerlo a nivel estatal. Tampoco en Ciudadanos ahora están tan firmes en el veto al sanchismo. No superar al PP, aunque vendan otra cosa, les ha provocado cierta angustia vital. Ya dijimos que habían advertido a Albert Rivera desde el establishment que no se iban a tolerar dos partidos de derechas similares. Dos PP no querían y no lo pensaban financiar. Es más no piensan desde la clase dominante permitir que Podemos maneje la agenda social en compañía de Sánchez. Lo que quieren es que para algunas cosas sí se apoye en Podemos, pero en lo que respecta a ellos, al poder económico, no.

Esta es la jugada que conoce Sánchez, lo ha hablado con diversos empresarios seguramente, y que va a intentar utilizar para que el PSOE gobierne durante cuatro años. El sistema necesita tranquilidad y estabilidad durante un tiempo para poder superar la incipiente crisis que viene. El presidente socialdemócrata quiere aprovechar esta coyuntura para lograr algunas concesiones sociales, que venderá junto a Podemos, pero también algunos pactos de Estado sumamente necesarios en materia económica (pensiones, mochila austríaca, presupuestos), educación, fronteras y el tema catalán. Incluso utilizará a Casado para muchos de esos acuerdos. Mientras se vende un pacto a la portuguesa como el acuerdo principal y constitutivo, lo realmente fundamental se negociará con los cuatro partidos estatales más el PNV.

Rivera, que se vende como un firme liberal y como progresista (si es que esta palabra tiene algún valor ya), tiene complicado hacer ver a buena parte de su electorado que se junta con los neofascistas. En la Unión Europea no lo entienden y cada vez menos en España. Saben en Ciudadanos que ya no van a crecer más por la derecha, salvo que haya más casos de corrupción del PP que aparezcan, pero a su izquierda sí tienen potenciales votantes que no soportan la idea de ver a Ciudadanos de la mano del neofascismo, del populismo de ultraderecha o como quieran llamarlo. No le queda otro camino que, ahora que ya no hay elecciones en capilla, modificar sus planteamientos a nivel autonómico, local y, mal que le pese, estatal. En algunos casos se echará en brazos del PP y en otros seguramente no pues tiene que jugar a ambos lados, pero esto permitirá a Sánchez cierto margen de maniobra política.

La investidura será con Podemos y algunos regionalistas, pero el Gobierno queda limpio para que Sánchez haga y deshaga a su antojo. La derrota de Madrid le acaba beneficiando porque debilita a Iglesias y marca a Ciudadanos (incluso podría haber algún tipo de cambalache extraño que ponga a Villacís y el PSOE en el gobierno municipal). Ahora puede gobernar como siempre ha querido y deseado, sin compartir escenario con nadie, el contexto se lo permite porque la izquierda divina no tiene con qué y el cuñadismo naranja debe seguir los mandatos de sus amos. Sánchez tendrá que negociar mucho a diestra y siniestra pero estará él solo en el gobierno con las personas que elija. Al final la victoria de sus contradictores en el PSOE le va a servir para gobernar con mayor libertad. Paradojas de la vida.

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