La mujer, como sujeto revolucionario, al tomar conciencia de su opresión por la estructura patriarcal (y capitalista), ha sido sin lugar a dudas el acontecimiento más importarte para la transformación del sistema de los últimos cuarenta años. Ni el altermundismo, ni el anticolonialismo, ni el movimiento obrero en su languidez han superado en movilización y en generación de miedo a la clase dominante. Capaz de asimilar la mayoría de luchas culturales, el capitalismo se ha enfrentado a la mitad de la humanidad en demanda de la igualdad real mientras se intentan derribar las estructuras que han mantenido oprimida a la mujer. Sí, a la mujer porque ese y no otro (u otres) es el único sujeto de transformación del feminismo. El resto meros acompañantes, incluidos los micromachistas redimidos. El miedo en su cambio de bando (como dice cierta canción que ha quedado en mero simbolismo) ha penetrado en las élites económicas, las cuales no han tardado en intentar destruir al movimiento feminista de las mujeres desde dentro.

Tal y como hicieron con la clase trabajadora al fomentar la existencia de la clase media (asalariados desposeídos de los medios de producción pero bien pagados y encantados de sus fetiches mercantiles), ahora intentan acabar con las mujeres feministas mediante la inserción de demandas postmodernas (tipo Queer), de movimientos lejanos al feminismo como el gay y todo ello con la publicidad que sólo la clase dominante puede ofrecer desde sus medios de reproducción social. Curioso como un movimiento que había conquistado incluso a las fracciones femeninas de la derecha ideológica (sí hay mujeres feministas, aunque moderadas, en el PP por ejemplo) ahora sufre el ataque desde el interior de una supuesta izquierda que no es más que una forma de entrismo del neoliberalismo ideológico. Ese neoliberalismo que se disfraza de libertario en las universidades estadounidenses pero que ni se atreve a cuestionar las bases del sistema en general, sino sólo atacar la lucha de la mujer en busca de su emancipación del patriarcado, en primer término, y del capitalismo al final del camino. El uso de la diversidad para hacer desaparecer las luchas de la clase trabajadora es bien conocido (lean el libro de Daniel Bernabé, La trampa de la diversidad), ahora lo están utilizando para acabar con el feminismo.

Respecto al movimiento queer pueden leer a Paula Fraga, a Alicia Miyares, a Amelia Valcárcel, entre otras, lo cuentan bastante mejor de lo que en estas líneas se podría hacer. Demandas extravagantes como señores con barba y un pene de veinticinco centímetros (del cual están ¿orgullosos?) que exigen que se les trate como mujeres porque en su fuero interno así se sienten, sin abandonar su apariencia de hombre pues les proporciona beneficios dentro del patriarcado. Mujeres con pene que insultan y señalan a las demás mujeres y hombres por no querer chuparles el miembro. Y así cientos de casos protegidos por la teoría queer porque el género el completamente subjetivo y electivo aunque la apariencia sea otra. Todo ello nada más que tiene una finalidad, que no es precisamente la búsqueda de una libertad de ser lo que quieran ser (para ello no hay necesidad de demandas regulatorias, ni de subirse al barco de otras demandas, aunque curiosamente no suelen defender las demandas materiales de la clase trabajadora), sino acabar con el sujeto mujer. Si se fijan bien, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora ha pasado a ser el Día de la Mujer. Algo que estaría bien si las mujeres de la clase dominante se sumasen a la lucha renegando de su posición de clase, no al estilo de Ana Botín que se vende como feminista pero poco hace en favor del feminismo (algo sí, despedir a hombres y mujeres por igual). Pero es que ahora todo ha quedado reducido al 8-M como si fuese un día sin más, al estilo del fracasado 11-M. Ni rastro de la mujer, no se vayan a molestar otros colectivos.

¿Qué pintan otros colectivos en el Día de la Mujer Trabajadora sino es para acompañar? El movimiento LGTBi tiene mujeres en su seno pero también hombres, algunos que defienden los postulados del feminismo, pero una gran cantidad de ellos apuestan por la explotación más salvaje de la mujer mediante los vientres de alquiler. ¿Qué pintan esas personas en un día de demandas como mujeres y trabajadoras? Entrismo. Peor aún, dentro del colectivo de mujeres hay unas cuantas, muy ligadas al colectivo queer y LGTBi, que defienden la prostitución de las mujeres, apoyando la legalización y no la abolición de la misma. Parece que todos estos grupos lo que quieren es que el Día Internacional de la Mujer Trabajadora sea más bien un happening o una fiesta que termine con stripers a las que darles palmadas en las nalgas y lanzarles billetes de un dólar, como han hecho algunas famosillas en EEUU. No quieren ni la presencia de la mujer con ser en sí y para sí, ni las demandas de clase que presentan. No quieren que el capitalismo y todo su mundo de fetiches tengan la más mínima irritación sistémica.

Apoyar los vientres de alquiler y la prostitución, así como negar la opresión contra la mujer en numerosos aspectos sociales como la violencia machista que sesga la vida de muchas de ellas año tras año, no es de izquierdas, lo primero; no es propio del feminismo, lo segundo; pero es que tampoco es una posición progresista sino todo lo contrario, es de una rancia reacción contra la que justamente están luchando las mujeres. Sin duda puede haber contradicciones en el movimiento feminista (que levante la mano la doctrina ideológica que no las tenga); puede haber cuestiones aun en disputa; puede necesidad de adaptación a las diferentes coyunturas y modelos de reproducción social; pero los principios básicos son intocables. Y justo todos esos movimientos, que tienen amplia difusión en los medios de comunicación, lo que pretenden es atacar al núcleo central de los principios defendidos en beneficio de la clase dominante y, por ende, del propio sistema que se ve amenazado. Ya lo han probado con la clase trabajadora y les salió medio bien, ahora el ataque es contra la mujer, para poner en duda la conciencia generada dentro del sujeto feminista. Y lo terrible es que cuentan con aliados dentro de la izquierda. Aunque, los maestros del entrismo como Anticapitalistas sean ya unos clásicos en defender cuestiones por las que Trotsky o Mandel les habrían dado de gorrazos, no se fíen porque también están dentro de las instituciones. ¿Cuántos gays hay con cargo institucional que defienden los vientres de alquiler? ¿Cuántas mujeres hay en cargos institucionales que defienden la desaparición de sujeto mujer? ¿Cuántas mujeres y hombres hay en partidos de izquierdas que defienden la prostitución y con carguito? Se asombrarían bastante.

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