Iván siempre le había gustado. A primera vista se le podían poner muchas pegas: era un año más joven que ella –en esa edad en la que supone un mundo de separación-, un poco bruto y gordito. Pero tenía unos ojos de un color azul casi verde y un pelo moreno cortado a tazón que a Carla la volvían loca.

Coincidían todas las tardes en el parque. Él jugaba al baloncesto y ella iba a sentarse en un banco con sus amigas desde el que observaban a los chicos. Solían comer pipas y cotillear acerca de las novedades de la vida amorosa de los famosos y a veces alguien contaba un acontecimiento que les pillaba más de cerca, como la semana que salieron juntos Jose y Carol hasta que ella, con ese tacto que la caracterizaba, lo dejó por su mejor amigo. Aquel cotilleo les dio para más de un mes de charla y les ganó el odio de la susodicha.

Las amigas afirmaban que estaba obsesionada con Iván. De hecho, le hacían muchas bromas porque su perra meneaba el rabo y se ponía como loca cuando alguien pronunciaba el nombre del chico de los ojos azules. Pensaban que Carla se lo repetía tanto que hasta la perra se había enamorado. Ella les replicaba que no, que “Iván” compartía una sílaba con “¡Vamos!”, que es lo que le decían a la perra antes de salir a la calle, pero las chicas preferían la primera versión.

Aquella tarde de febrero estaban bromeando acerca de San Valentín. Solo una de ellas tenía novio así que las otras tendrían que conformarse sin ningún regalo. De pronto, Inma, que nunca fue la más lista ni la más lanzada, se levantó del banco y le dijo a Carla:

-Voy a preguntarle a Iván qué te va a regalar.

Y salió corriendo hacia la pista de baloncesto.

Carla la miraba sin reaccionar hasta que las demás le gritaron que fuera a por ella, que la parara.

Cuando llegó a la pista Inma ya estaba hablando con Iván. Lo único que se le ocurrió fue pedirle que no le hiciera caso dijera lo que le dijera. El chico se dio la vuelta y colocó cada una de sus manos en los hombros de Carla de tal forma que la obligó a mirarle a los ojos. Ella, muerta de vergüenza, insistía en que no escuchara a Inma.

-Solo me ha preguntado si te voy a regalar algo por San Valentín y yo le he dicho que sí.

Carla, cada segundo más asombrada, susurró unas palabras ininteligibles y se alejó intentando controlar su respiración. Entonces, ¿ella le gustaba?

Cuando las dos chicas volvieron al banco Inma se lo contó al resto porque Carla seguía sin poder hablar. Todas empezaron a interrogarla, querían saber qué había sentido cuando la había tocado, cómo eran los ojos azules de cerca y, sobre todo, qué le iba a regalar ella a él.

Carla volvió pronto a casa y se encerró en su habitación para pensarlo. Ni siquiera se comió el sándwich mixto que su madre le había dejado para que merendara. Habría hablado con Iván dos o tres veces en su vida, con la de aquella tarde quizás cuatro. No tenía ni idea de qué le gustaba, ni disponía de un presupuesto amplio. Además, a una mujer es más fácil, unos pendientes, un pañuelo, pero ¿qué se le regala a un chico?

Después de torturarse toda la tarde porque, entre otras cosas, no quería gastar más dinero que él en el regalo por miedo a hacer el ridículo, decidió escribirle un poema. Eso demostraría que era una chica sensible y especial, distinta al resto.

Compuso un soneto, con rima y todo, aunque lo de los versos endecasílabos ya no estaba tan claro. No quería escribirlo de amor, todavía no tenían una relación, así que se inspiró en aquel célebre poema de Lope de Vega en el que describe cómo hacer un soneto e intentó imitarlo.

La tarde siguiente fueron todas al parque como de costumbre, pero Carla llevaba su texto doblado en un papelito en el bolsillo. No se lo dejó leer a sus amigas. Había decidido que pasearía sola para darle la oportunidad a Iván de que se acercara a darle su regalo. Entonces ella le entregaría el soneto.

Lo vio en la cancha de baloncesto, como siempre. Se detuvo durante un rato para observar el partido, pero él no la miró. Puede que le diera vergüenza que sus amigos lo vieran dándole un regalo justo el día de San Valentín. Decidió alejarse. Nada. Quizá no podía dejar solos a sus compañeros. Esperaría al final del juego. Siguió paseando con el poema doblado en su bolsillo hasta que se hizo de noche. Inma fue a buscarla.

-Vámonos, que ya no queda casi nadie en el parque.

-¿Iván se ha ido?

-Sí.

Estuvo a punto de preguntar: “¿Y mi regalo?”, pero prefirió no decir nada por miedo a que se le escapasen las lágrimas. Inma tampoco habló del tema y se fueron cada una a su casa.

En cuanto cerró la puerta de la calle y fue recibida por su perra meneando el rabo, Carla comenzó a llorar. No comprendía por qué le había prometido un regalo si luego no se lo iba a dar. Se sentía muy tonta por toda la preocupación de la tarde anterior, por las molestias de escribirle un poema y lo que más le dolía era que sus amigas lo sabían, que la había humillado.

Al oír el llanto apareció su madre por el pasillo y Carla le contó la historia. Ella intentó calmarla lo mejor que pudo y, un rato después, cuando la vio más tranquila, le dijo que cenarían algo especial y que se fuera pronto a la cama a descansar, que por la mañana vería las cosas de otro modo.

Le costó mucho dormirse y pasó la noche inquieta. No sabía si volver al parque la tarde siguiente, no le apetecía verlo, pero, por otro lado, le daba rabia cambiar sus costumbres por un idiota como ese.

Cuando fue a la cocina vio que su madre, que ya se había ido a trabajar, le había dejado un bombón en forma de corazón encima de una poesía: “Palabras para Julia” de José Agustín Goytisolo. El poema eran los consejos de un padre para su hija. Le decía que no se rindiera, que la vida le presentaría contratiempos y que siempre recordara que lo había escrito pensando en ella. La estrofa que más la conmovió fue:

“La vida es bella ya verás,

como a pesar de los pesares,

tendrás amigos, tendrás amor,

tendrás amigos…”.

Carla tragó saliva emocionada y entendió lo que le quería decir su madre: que pasara lo que pasara, siempre podía contar con ella. Y que la vida todavía tenía que dar muchas vueltas, que lo de Iván no sería más que una anécdota en el futuro. Aunque ahora el dolor le cortase la respiración cuando se acordaba.

Volvió al parque con la cabeza muy alta y evitó en todo momento mirar hacia la cancha de baloncesto. Sus amigas no le preguntaron nada ni volvieron a mencionar el tema de San Valentín. Ni siquiera la que tenía novio.

Cuando ya se iban a marchar, apareció Carol y, de forma brusca, le preguntó a Carla qué le habían regalado por San Valentín.

-Un poema y un bombón -le contestó poniéndose de pie.

-¿Quién? Porque me consta que Iván no ha sido -su sonrisita delataba que disfrutaba con la situación.

Carla, que ya iniciaba la marcha, se detuvo y la miró a los ojos:

-Alguien que siempre me querrá- dijo mientras se alejaba.

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