Una puta llamada memoria que celebra a Teresa

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Con 83 años ya cumplidos y celebrando el 50 aniversario de su novela más emblemática, la tercera de su ya dilatada trayectoria, Últimas tardes con Teresa (reeditada ahora por Seix Barral con material inédito), el barcelonés Juan Marsé revisita su particular mundo literario, tan apegado al cine clásico, para situarnos en la España de Naranjito y aún con síndrome golpista postraumático, con el punto de fuga puesto en el crimen de una prostituta en la Barcelona de 1949.

Esa puta tan distinguida (publicada por Lumen) también nos ubica al propio Marsé en 2015 como un protagonista más de su literatura, saldando cuentas con diestro y siniestro en formato inédito de respuestas por escrito a las supuestas y nunca vistas preguntas por cuestionario de una periodista “señorita”.

En una reciente entrevista con Europa Press, el ‘padre’ de aquel mítico personaje de Últimas tardes con Teresa apodado ‘Pijoaparte’ reconoce que el cóctel formado por imaginación, memoria y realidad se dan nuevamente la mano en su última novela. “No digo nada nuevo si digo que imaginación y memoria siempre van juntos al urdir una trama novelesca, porque son los dos pilares sobre los que el autor de ficciones construye su obra”, asegura el Premio Cervantes. Por ello esa puta de la que habla en el título no es ni más ni menos que la escurridiza memoria, que juega malas pasadas y, como dice el propio Marsé, “hace con ciertos recuerdos lo mismo que hace el paso del tiempo con nuestra cara o nuestra voz”.

La edición conmemorativa que Seix Barral lanza de Últimas tardes con Teresa lleva prólogos de Manuel Vázquez Montalbán, Pere Gimferrer y el propio Marsé, y además incluye un curioso material inédito del archivo de la censura, que evidentemente se cebó con esta obra cumbre de la narrativa española del pasado siglo.

Qué duda cabe que el Pijoaparte es por méritos propios unos de esos selectos y raros personajes de ficción que ocupan sin muchas alharacas un lugar de honor en el imaginario colectivo de toda una generación. Teresa, esa hermosa muchacha rubia de la burguesía catalana no sería nada sin la presencia del joven charnego con ínfulas de aspiraciones sociales que pretende su amor para concretar su sueños de prestigio clasista y huida del mundo hampón del obrerismo marginal de aquella Barcelona industrial.

Aquella misma Barcelona que se quitaba de encima los escombros de la guerra como buenamente podía, también iba al cine. Y fue en uno de ellos, tan frecuentados por Marsé, el Delicias para ser más exactos, donde el proyeccionista Fermín Sicart estranguló en 1949 con un trozo de celuloide de la película Gilda, la cinta que se proyectaba ese día, a la prostituta Carolina Bruil. Y es este suceso real el que pone a prueba la memoria de Marsé y del protagonista de Esa puta tan distinguida, un escritor que recibe el encargo de un guionista cinematográfico para llevar a la gran pantalla aquel antiguo crimen después de entrevistar a un ya amnésico asesino tres décadas después. Lo dicho, Marsé en estado puro… y de gracia. Realidad, ficción, cine del bueno y mucha memoria, mala o buena, qué importa eso. Literatura con mayúsculas al fin y al cabo es.

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