“La maldición es cuando no se te levanta”, sentencia el personaje de Burt Lancaster en Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976). El miedo a la pérdida de la virilidad, transitoria o permanentemente: vértigo cósmico que quita el sueño a los machos de nuestra especie. Se trata de un tema tan maldito, una confesión tan embarazosa, que el poeta que se atreve a tratarlo en primera persona queda públicamente expuesto a mofa y befa. Por eso hay que reconocerle su valentía a Ovidio, que escribiendo con vocación enciclopédica sobre las artes amatorias no quiso dejarse en el tintero la vívida descripción de sus gatillazos: “Y eso que ella echó a mi cuello sus brazos de marfil, más blancos que la nieve sitonia, me dio besos provocadores con apasionada lengua, y puso su lascivo muslo debajo del mío, diciéndome ternezas, llamándome su señor y añadiendo las palabras comunes que en estos casos nos gusta oír. Pero mi miembro perezoso, como inficcionado por la fría cicuta, no correspondió a mis intenciones. Estuve tendido como un tronco inerte, apariencia y peso inútil, y no se sabía si yo era un cuerpo o una sombra.” (Amores, 3.7)

No es el único pasaje que los clásicos latinos, haciendo gala de su preocupación por las cuestiones verdaderamente universales, dedican a eso que los modernos matasanos han etiquetado como disfunción eréctil. Encolpio, protagonista del Satiricón de Petronio, atraviesa un calvario para recuperar su potencia perdida, recurriendo a todo tipo de ungüentos milagrosos y a los ensalmos de Enótea, sacerdotisa de Príapo. “Ay, Enótea, este joven que ves ha nacido con mala estrella. Pues no puede vender sus bondades ni a chico ni a chica. Jamás has visto tú a un hombre tan desgraciado: tiene por polla una soga en el agua.” Todos los tratamientos a los que recurre no sirven sino para retroalimentar su obsesión: amuletos, brujerías, flagelaciones estimulantes y una dieta energética a base de cebollas, pescuezos de caracoles y vino sin mezclar. En la personalísima versión que hizo Fellini de la obra de Petronio (Satyricon, 1969), la búsqueda de Encolpio es representada a guisa de viaje iniciático, catábasis que da comienzo en un grotesco burdel y termina en el antro de Enótea, una caverna entre ciénagas alejada de toda civilización. La sacerdotisa imaginada por Fellini (inolvidable Donyale Luna prendiendo antorchas con el coño) habita un lugar entre la realidad y los sueños, un marco reminiscente de la ribera del Aqueronte donde se escenifica en la Odisea la evocación de los muertos.

Donyale Luna y Federico Fellini durante el rodaje de Satiricón (1969).
Donyale Luna y Federico Fellini durante el rodaje de Satiricón (1969).

La persecución de un remedio para recobrar la virilidad es, en el fondo, el tema épico por antonomasia. Lo que motiva a los héroes mitológicos y a los caballeros andantes a embarcarse en fabulosas aventuras es la ilusión de un vigor sexual perenne, sin el cual de poco les servirá rescatar a la princesa. ¿Qué otra cosa simboliza el viaje de Gilgamesh, que recorre tierras y mares empeñado en encontrar la hierba de la inmortalidad? Más que la vida eterna, el objetivo es encontrar la fuente de la eterna juventud, que no es lo mismo. ¿Acaso es deseable vivir para siempre si ya no se te pone dura? Que se lo pregunten al agostado padrone de Novecento o al Titono de la mitología griega, a quien Zeus gastó la broma pesada de concederle la inmortalidad sin sustraerlo a las miserias de la vejez.

La leyenda del Rey Pescador, parte del ciclo artúrico, es una alegoría más de esta búsqueda. Una enfermedad, o una herida simbólica (como la del Filoctetes de Sófocles), tiene postrado al monarca; para darnos una pista más sobre la naturaleza del mal, la leyenda medieval nos dice, con un eufemismo, que la parte afectada es la ingle o la entrepierna. Por extensión, el maleficio del Rey Pescador repercute en todo su reino: las tierras se marchitan y cunden el caos y la anarquía. Según una profecía, solo podrá recuperar su vitalidad y devolver la prosperidad a sus súbditos cuando beba un sorbo del Grial, la copa en la que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo. El caballero del Grial, al que Chrétien de Troyes llamó Perceval y Wolfram von Eschenbach Parzival, es el héroe encargado de vagar por el mundo en busca del sagrado cáliz para llevárselo a su señor. Algunas versiones (entre ellas la cinematográfica de John Boorman) identifican al propio Arturo con el rey malherido. En su hilarante novela El mundo es un pañuelo (Small World, 1988), farsa ambientada en un globalizado mundo académico de congresos y publicaciones científicas, David Lodge actualiza la leyenda del Grial: Arthur Kingfisher, profesor emérito de las universidades de Zürich y Columbia, padece desde hace años una inclemente sequía de creatividad y de vigor sexual; Kingfisher es incapaz de responder a las caricias de su obsequiosa amante, una explosiva becaria coreana. El joven Persse McGarrigle será el caballero del Grial, el Perceval de turno, que con una ingenua pregunta logrará devolver la motivación intelectual al catedrático y, con ella, la ansiada erección.

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Resulta llamativo que, tanto en las primeras versiones medievales de la leyenda como en la novela de David Lodge, el Grial no existe en el plano físico: se trata de una “pregunta sanadora” que formula el esclarecido caballero al regreso de su búsqueda, gracias a la cual el Rey Pescador se da cuenta de que el verdadero Grial, fuente de curación, está en su interior. Siempre ha estado allí. Pero, ciegos a esta realidad, cuando el maleficio hace presa en nosotros, la desesperación hace que busquemos la solución en el exterior. En nuestros tiempos, a la frustración y a la ansiedad se les suma el tinglado millonario montado por las clínicas que tratan la disfunción eréctil: un negocio silencioso que mueve montañas de dinero, hasta el punto de que les compensa comprar a diario páginas completas y faldones de portada para publicitarse en los periódicos locales y nacionales de más pedigrí. “Sexo es vida”, reza su eslogan favorito. Los clientes, persuadidos de que no son tales, sino pacientes, y abrumados con estadísticas y jerga científica, están dispuestos a firmar el mismísimo contrato de Mefistófeles para recuperar la capacidad sexual que nuestra acelerada sociedad exige al macho, evitando así que se derrumbre la frágil arquitectura de su autoestima. La estampa no es muy distinta de la de Encolpio en el Satiricón; lo que pasa es que hoy el curandero no viste himatión raído sino bata blanca, y los fármacos ya no son testículos de zorro sino pastillitas azules.

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2 Comentarios

    • Fantástico tu artículo, Miguel Ángel. Me alegra descubrir que alguien que sabe de verdad de estas cosas coincide con mi punto de vista, formado solo a base de observación y sentido común.

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