Finalmente, Venezuela ha estallado. La situación social del pueblo, las limitaciones para acceder a los recursos mínimos de supervivencia y la división política preveían que lo ocurrido en el día de hoy iba a llegar. El desprestigio internacional de Nicolás Maduro y el crecimiento de gobiernos de la derecha o de la ultraderecha en algunos países latinoamericanos hacían que en cualquier instante la oposición se sintiera con fuerza para, con el apoyo internacional, intentar sacar al presidente del poder por la vía de los hechos consumados, es decir, dando un golpe de Estado.

El líder de la Asamblea Nacional venezolana, el opositor Juan Guaidó, se ha autoproclamado presidente de la República Bolivariana de Venezuela: «Hoy, 23 de enero de 2019, en mi condición de presidente de la Asamblea Nacional, juro ante dios todopoderoso, Venezuela y colegas diputados, asumir formalmente las competencias del Ejecutivo Nacional como presidente encargado de Venezuela para lograr elecciones libres», ha dicho.

En cualquier país, la autoproclamación presidencial, sea a través de la violencia o no, es un golpe de Estado puesto que Guaidó no ha sido elegido por el pueblo venezolano a través del libre sufragio.

Ha sorprendido la velocidad en que países como Ecuador, Chile, Argentina, Canadá, Brasil, Paraguay, Costa Rica o Colombia se han apresurado a reconocer al político opositor como presidente de Venezuela. Por otro lado, lo que era esperable era el rápido reconocimiento por parte de Donald Trump, hecho que ha sido comunicado por Twitter, primero a través de la cuenta de la Casa Blanca y, posteriormente, en la suya personal. ¿Estaba todo preparado? Por otra parte, México no ha dado legitimidad al opositor. La Unión Europea, por su parte, aún no se ha pronunciado oficialmente, pero el presidente del Consejo de Europa, el polaco Donald Tusk, ha pedido unidad a los 28 para apoyar a Guaidó.

La reacción de Nicolás Maduro no se ha hecho esperar. Ha presentado los acontecimientos de hoy como algo orquestado por el «poder imperialista» de Washington y ha anunciado que rompe relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Ha establecido un paralelismo entre el juramento de Guaidó (al que no ha mencionado) y el de Pedro Carmona en el intento de golpe de Estado de 2002 (España y EEUU reconocieron en distintos ámbitos que mantuvieron contacto continuo y una estrecha coordinación durante el golpe). También ha cargado contra Lenin Moreno e Iván Duque.

Los mercados son el mejor termómetro para entender ciertos cambios radicales de la política y, tras la autoproclamación de Guaidó, los bonos venezolanos han disparado su valor un 7%.

El gobierno español, por su parte, está a la espera de la postura que adopte la Unión Europea. No obstante, no les ha faltado tiempo a Albert Rivera y a Pablo Casado para reclamar a Pedro Sánchez que siga el camino de Bolsonaro o Donald Trump en el reconocimiento de Guaidó como presidente de Venezuela.

La situación está al límite y cercana al estallido de un enfrentamiento civil, sobre todo tras lo afirmado por el ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino: «El desespero y la intolerancia atentan contra la paz de la Nación. Los soldados de la Patria no aceptamos a un presidente impuesto a la sombra de oscuros intereses ni autoproclamado al margen de la Ley. La FANB defiende nuestra Constitución y es garante de la soberanía nacional».

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