Menos mal que escribe muy bien, incluso con brillantez se podría decir Éric Vuillard, porque su novela 14 de Julio (Tusquets) puede dejar frío al más apasionado lector de literatura política. Un verbo fácil, muy en el estilo clásico francés, lo que es toda una suerte en esta época de escritores pagados de sí mismos. Un verbo ágil que acaba ocultando algo mucho más peliagudo, que las grandes alabanzas que le han dedicado a la obra o bien son producto de glorias pasadas, o bien son producto de agradecimiento a los editores. No se entiende que en una obra donde aparecen cientos de personajes, no hay uno sólo que tenga alma, que tenga algo que decir, que nos llame desde el negro sobre blanco para hacer copartícipes de las diversas acciones que se desarrollan.

Suele ocurrir en las novelas corales que los personajes ceden el paso a la acción en sí, pero al menos esa acción te arrebata, te transporta, te implica en la narración, lo que no ha sido el caso de 14 de Julio. En ningún momento acaba el lector de implicarse en la Toma de la Bastilla aquellos 13 y 14 de julio de 1789 mientras en Versalles la Asamblea Nacional Constituyente, lo que en tiempos fue el Tercer Estado, y ahora la Asamblea de “todo el pueblo” tras el famoso Juramento del Juego de Pelota, discernía sobre lo humano. Lo de la Asamblea no lo verán porque Vuillard intenta mostrarnos al pueblo en plena rebelión por sus condiciones de vida. Nos quiere enseñar al lumpen y al proletariado, a los gañanes, a los malvados, a los maleantes, a la escoria de la ciudad de París y alrededores (en términos de la época) como los verdaderos héroes de la Revolución Francesa. Otra cuestión es que lo consiga, que no lo hace.

Cuando se intenta novelar un hecho tan de microhistoria (género que existe hace mucho tiempo) al menos algunos hechos ciertos han de tenerse en cuenta. Es bonito y refrescante ver al pueblo en armas, pero esas armas, esos cañones no fueron arrebatados tan a la ligera como se pone de manifiesto, sino que hubo un apoyo de los políticos más radicales y que controlaban instituciones como el Ayuntamiento. Sin duda el pueblo tomó la bastilla y cortó la cabeza a De Launay y la exhibió en una pica por las calles. Sí eso lo hizo el pueblo con algunos miembros de la milicia ciudadana que pasaría a ser la Guardia Nacional (que fenecería tras la Comuna de París). Con leer a Norman Hampson se comprueba que no todo fue tan idílico como nos vende Vuillard.

El libro tiene su gracia, aunque en algunos momentos con tanto nombre y profesión asociada se hace pesada la lectura y lleva a perder el posible furor revolucionario que intenta transmitir el autor. Sin duda el pueblo en armas en la toma de la Bastilla es una línea argumental que, incluso en un relato breve, podría haber tenido un destino diferente. No hay que llegar a los dos volúmenes de Víctor Hugo en Los Miserables, pero dar alma, dar vida a los que perdieron la suya, dar sentido histórico a la epopeya no habría estado mal. El pueblo salió en armas a la calle porque hubo una serie de personajes que lo alentaron y bien que se aprovecharon de ello para presionar al monarca recluido en Versalles. Antes de que el pueblo tomase La Bastilla ya habían desmontado el andamiaje feudal y aristocrático. Al final fueron dos vasos comunicantes en favor de un cambio de época, lo que no se refleja en la novela.

Y si además se observan errores de traducción pues se remata la faena. Como sucede con la rebelión, que nada tuvo que ver con la Revolución en sí pero que utiliza de forma demostrativa del sentir del pueblo, de la casa de Réveillon. Decir que estaban enfadados porque se extendió el rumor de que “15 salarios” más que suficiente para vivir puede sorprender al lector. Porque no son 15 salarios sino 15 sous, o lo que es lo mismo, 15 céntimos al día si se hace una traducción más o menos comprensible. Sous como menor que una libra que era la unidad. Así se logra que las personas puedan comprender lo que realmente se está protestando como era que les querían bajar el sueldo a menos de 15 céntimos diarios, teniendo en cuenta que se necesitaba casi un cuarto de libra (25 céntimos) para mantener diariamente a una familia.

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