A principios de milenio, recordé a Wajda sentado en una mesa de la cafetería Jama Michalika, el bastión romántico a escasos metros del centro de Cracovia, durante mi primer viaje al reino de Jesucristo Rey sobre la tierra, el hermoso país/herida, un país amenazado siempre por sí mismo y por sus vecinos, tan condenado por la Historia que su himno nacional comienza diciendo Polonia aún no ha desaparecido.

Siempre me he sentido cerca de Polonia, de su cine y de sus crímenes, de su altivo nacionalismo vaticano, de su dulce pornografía y su visión dura y brutal de lo religioso –en aquella visita de principios de milenio no sólo acudí a la Jama Michalika, sino también a una misa en la que una señora de ochenta años se arrojó contra el gélido suelo y desde allí aguantó, tirada en cruz, toda la ceremonia, y pensé, lo confieso, en Kierkegaard, que no era polaco pero hubiera podido serlo. Siempre me he sentido medio polaco en la lejanía, más incluso que mediterráneo. Quizá como Nietzsche, que renegó de sus antepasados alemanes y se inventó un príncipe polaco desde el que descendiera su sangre en las primeras páginas del Ecce Homo.

El cine de Polonia, el cine de la modernidad y el deshielo, el cine de un país que arrodillado ante la Madre Patria rusa tenía que ceder sus recursos y someterse a los pequeños holomodores mientras abría las puertas a los visitantes de Auschwitz. La sala de cine polaca era un poco Auchwitz y un poco teatro de Kantor, y así surgió el cine de Wajda como un milagro y un disparo seco de eso que se llamaron los nuevos cines, que no era sino la manera de utilizar recursos formales necesariamente emancipadores contra el totalitarismo reinante, el totalitarismo censor que igual pagaba una superproducción para recordar su triunfo contra el nazismo que sometía a su población al baile desquiciado de las hambrunas y el pánico. Polonia, santa, coleccionando ataúdes y Wajda, desde entonces, rodando con precisión su paseo por las calles históricas llenas de sangre, lodo, y judíos asesinados en nombre de Cristo cuando la gran fiesta de los pogromos. Siempre lo mismo.

De las películas de Wajda, quizá mi favorita sigue siendo Paisaje después de la batalla (Krajobraz po bitwie, 1970), una de las mejores cintas rodadas en Birkenau, celebrando abiertamente el asesinato de los jerifaltes Nazis a manos de los supervivientes. Wajda se paseó por el campo de exterminio y rodó un prólogo mayúsculo, una celebración de la vida misma con Vivaldi atronando a toda ostia y la cámara llenándose del barro y el polvo de aquel paisaje tan acostumbrado a recibir cenizas. Hasta muy entrada su carrera –luego hablaré de ello-, Wajda no buscó la sensibilidad fácil, sino que se utilizaba la cámara como un escalpelo, con brutalidad, introduciéndose en el cuerpo de la revolución-ya-muerta con una ironía mayúscula, celebrativa. Wajda quería recuperar ese humor que, al decir de Kundera, habían robado los feroces verdugos del pensamiento comunista, con una importante salvedad: sus películas estaban llenas de un humor que no hacía ni maldita la gracia. Y por eso eran geniales, porque acudían al ridículo, a la infamia, a la tomadura de pelo y a la exhibición de las pequeñas atrocidades del tiempo. Volviendo a Paisaje, Wajda realizó lo imposible: adaptó a Tadeusz Borowski, a quien dentro de España hemos leído siempre muy mal, porque no nos cuadra su humor negrísimo y holocáustico con los lugares comunes que nos tranquilizan. Borowski habló claro no sólo de su vivencia como hombre preso en los campos, sino también como ciudadano liberado en una Polonia enferma de sí misma que no aceptaba el vals de los cuerpos liberados. Wajda conjuró las imágenes del hambre pero también las del hastío, las del amor pero también las del fusilamiento, las de la justicia pero también las de la venganza.

El cine de Wajda era fue una contradicción constante. Supo plegarse a los servilismos para, en un parpadeo, descerrajar un aullido de purísimo auterismo. De ahí que nunca quedaba claro si sus películas gustaban algo, poco, si levantaban picaduras entre los jerifaltes de la cosa, si espantaban a las masas. Con los años, cada vez se iba politizando, queriéndose hacer algo así como un Costa-Gavras con sabor polaco, y puede que las películas le fueran saliendo peor, más torticeras, a medio camino entre la épica impostada y la necesidad de erigirse como auténtico cronista de la actualidad. Otros –los Polanski, los Skolimowski, incluso más tarde los Kiewsloski- iban acuñándose una mitología propia y salían a bailar a las alfombras rojas con el gesto adusto de la fantasía y el romanticismo polaco. Wajda no supo jugar a ese juego y gastó sus últimos cartuchos en narrar los dos grandes episodios polacos del comienzo y el final del dominio de la URSS: la masacre de Katyn (en Katyn, 2007) y el biopic de Walesa (en Walesa, la esperanza de un pueblo, 2013). La primera cabreó mucho a Pablo Iglesias y fue considerada como una suerte de estandarte cinematográfico por la derecha patria (ninguna sorpresa) y la segunda no le importó gran cosa a nadie en nuestro país (ninguna sorpresa, tampoco). Supongo que ahora se dejarán fuera de los obituarios porque igual nos sigue dando pereza pensar que tenemos algo que ver con el tema. Con ambos temas.

Ni Katyn estaba tan mal ni Wajda fue el gran director integrador que nos quiso vender Hollywood al bailarle el agua en su senectud. Muy al contrario. Wajda era, simple y llanamente, la Polonia auténtica, dominada por sus tensiones eclesiásticas, cascarrabias y neoconservadora, extrañamente poética y dulcemente reivindicable. Polonia aún no ha desaparecido. Wajda no será tan exportable como Kieslowski (no tenía su talento ni su compromiso con la humanidad) ni como otros directores paralelos de la modernidad europea. Seguirá más citado que estudiado, adormilado en el desván de su propio país, dulcemente abrazado a un miriñaque polaco de cenizas y balas. En el sueño inminente de su cine lo que nos queda es esa única frase: Polonia aún no ha desaparecido.

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