¡Que acaben las discusiones! Ya sé dónde debemos enterrar a Franco; repito en la Plaça Trilla de la barcelonesa e independentista (incluso de la Colau-Barcelona) Vila de Gràcia. Les explico el porqué:

En dicha plaza, se conserva una masía del siglo XVIII, donde habitan ya sólo cuatro monjas de clausura pertenecientes a la Pía Unión de las Hermanas Jesús Paciente, cuya loable misión es la de dar asistencia gratuita a enfermos pobres, aunque actualmente, por la edad que tienen, son ellas las que necesitan cuidados.

En el barrio se dice que aún celebran misas tridentinas (nada de las mariconadas del Concilio Vaticano II) custodiando el valor más importante que guardan, el sepulcro de Sor Ramona María del Remedio Teresa Llimargas Soler, su emérita fundadora, que nació un 24 de marzo de 1892 en Vic en el seno de una familia humilde. De apariencia muy poco agraciada pues le crecía barba y bigote, apenas sabía leer y escribir.

Desde bien pequeña tenía arrebatos místicos y por eso la apodaban “l’encantada”, que en el idioma del imperio sería “la pasmada”. Cuentan que milagrosamente se curó de una dislexia infantil y una poliomielitis que le provocó, además, una parálisis en una de sus piernas. Su cura dicen que fue gracias a su agenda de “contactos” con el más allá, que le permitan relacionarse no sólo con los estamentos celestiales sino con los muertos y los no nacidos.

Empezó en el “Deliveroo” de la época, llevando por las casas la ropa que planchaban las monjas del convento del Saits. Entró en el convento y allí se quedó hasta fundar en 1939 su propia orden con el beneplácito de los jerarcas del momento, trasladándose de Vic a Barcelona. En el “mundo real” es el viaje más largo que realizó. Un año más tarde falleció y está enterrada en la cripta del convento, gracias a una dispensa especial de su gran amigo, Francisco Franco.

Hemos de decir que Francisco Franco se refería a ella como “Ramona, la catalana” o la “madre catalana”. Sobre todo, porque Ramona sólo sabía hablar en catalán (el don de los idiomas, parece que no lo tenía). Los encuentros con el caudillo se realizaban en estado de bilocación, ya que ella residía en una masía cerca de Vic, zona republicana. En dichos “meetings”, nuestra protagonista le transmitía valiosa información estratégica sobre el bando republicano y advertencias de peligro personales, como la de no participar en la Segunda Guerra Mundial, no asistir a una comida en Zaragoza donde querían envenenarle o qué miembros de sus entornos pertenecían a la masonería, y así ejecutarlos tranquilamente.

Franco le agradeció públicamente de que sus informaciones fueran vitales en la Batalla del Ebro.

Diríamos que fue la vidente oficial del dictador Franco (no sólo Hitler tenía videntes). Tan habitual era su presencia en el alto mando franquista, que incluso José María Pemán, palanganero mayor del Caudillo, llegó a afirmar que era la mismísima Santa Teresa de Ávila. Pero este lo negaba, puesto que la monja le hablaba a «él»·en el catalán de Vic. Lo de entender y hablar catalán en la intimidad, parece, pues, que viene de entonces.

Entre bombardeo de civiles y fusilamientos de rojos se le aparecía en el frente como quien no quiere la cosa. Y ya en la posguerra, aparecía en el Pardo sin ser anunciada y al ser acompañada de vuelta en coche oficial hasta Madrid desaparecía a medio camino.

El 26 de enero de 1940, un año justo de la entrada del ejército fascista en Barcelona, fundó la comunidad de Can Trilla y, poco después, murió, al parecer, por efectuar el sacrificio de intercambiar, con una enferma terminal, su cáncer.

¿Qué mejor lugar podríamos escoger?

PS: Si no me creen, en la web de la Fundación Franco le tienen creada una página expreso para ella.

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