Cada vez se hace más complicado ser de izquierdas en España. De hecho sólo haber escrito España puede ser sinónimo de ser señalado como peligroso nacional-católico. “Este país” sería lo suyo. O cualquiera de esas estupideces que suelen reflejarse en los medios de comunicación progres, salvo que seas Íñigo Errejón a quien sí le gusta el nombre de España y su bandera aunque no lo significa. Total hay que resignificar todo y ahí comienzan los problemas de la intelligentzia progre.

Porque aunque el título diga izquierda, el calificativo que mejor les queda es progre de progresistas hacia no se sabe bien, ni cómo. Porque esto no lo explican tan sólo quieren que lo progre (ergo las izquierdas) sea algo homogéneo, sin aristas y entregado a la causa… ¿Cuál causa? La suya evidentemente. Como bien han dicho numerosos pensadores conservadores, se quiere la construcción del “hombre nuevo” –la mujer nueva no existe salvo que tenga un cipote como una barra de pan- y para ello hay que resignificar todo, derruir todo y dejar todo sin memoria.

Los listos

Esta intelligentzia que copa los medios de comunicación progres señala el camino a seguir (¿hacia dónde? No lo han dicho realmente), se las dan de seguidores de Pierre Bourdieu (que igual lo han leído pero no lo han entendido, de hecho escribió un texto precioso sobre este tipo de personajillos doxósofos: Intelectuales, política y poder de Clave Intelectual-Eudeba), de verdaderos augures del tiempo actual (por eso hay que meter a C3-PO en el parlamento, o algo así), cuya máxima es comparar todo con series, películas o antiquísimos manuscritos de los que son únicos intérpretes.

Ellos, porque en su mayoría son ellos, se permiten el lujo, en comandita con los políticos y los medios que les ríen las gracias, de señalar, cual comisario político chusquero, a aquellas personas que desde la izquierda (alternativa, socialista conservadora, cristiano, marxista o utopista) intentan interpretar el mundo desde el día a día y los vínculos sociales. En cuanto alguien así habla de proteger a la familia (sin establecer el tipo, la gradación o cualquier otro aspecto de la misma); de disfrutar de la tradiciones; de fortalecer los vínculos sociales; de mirar sin soberbia hacia la España periférica y a las clases populares, allí que acuden a señalar.

Reaccionarios

Ana Iris Simón ha escrito un libro que se vende muchísimo, de hecho más que los que suelen escribir estos comisarios políticos, y como hace un recuerdo de lo que era el mundo hace veinte o treinta años –hace nada-, defendiendo algunos de esos valores que se están perdiendo (amistad, familia, trabajo bien hecho, defensa de los derechos de los trabajadores…), la intelligentzia sale a atacarla cada vez que escribe un artículo (una verdadera cacería). Es una escritora de la nostalgia, dicen, como si eso fuera malo. De hecho esa visión nostálgica sirve de mucho para poder construir. Siempre se ha dicho que la experiencia es un grado.

Rojipardismo lo llaman. Normal que todos los escritores de esa intelligentzia ataquen en sus libros, redes sociales y artículos a Diego Fusaro, a Simón y a cualquiera que camine en los surcos de una carretera nueva. Regis Debray, rojipardo por defender las fronteras. Louis Althusser, rojipardo póstumo por pedir escuchar a la clase trabajadora. Christophe Guilluy, rojipardo por señalar las diferencias entre el centro y la periferia. Emiliano García-Page, facha directamente. Todo el mundo es rojipardo por defender otra forma de actuar desde la izquierda.

No puede haber debate

Lo peor de todo es que no puede haber debate. ¡Cuidado que viene Steven Forti señalando con el dedo! Sólo ellos tienen la razón (¿sabrán qué es la razón?). No hay debate sobre cómo salir de la encrucijada de la izquierda. El camino lo administran ellos junto a algún filósofo de la complejidad y algún ético de la imposición de construcciones imaginarias. Eso sí, todos coinciden en que la clase trabajadora no sabe votar. Se equivoca siempre porque no apoya lo que ellos dictaminan.

¡Viva el rojipardismo!

Pues miren más vale rojipardo en mano que votos volando. No entender cómo se constituyen las sociedades (aunque sea la intrahistoria unamuniana); no entender que los lazos sociales son más importantes que los círculos, los cuadrados y las series de televisión (a Raymond Reddington habría que enviarles); que las tradiciones y la explosión creativa popular es la savia que potencia las comunidades; que al fin y al cabo vivir es más importante que construir seres nuevos.

El catolicismo les parece mal y el islamismo bien, por aquello de la diversidad y porque la tradición europea no les gusta al ser colonialista (bueno, si es protestante sí que les gusta). Son feministas del patriarcado altergenerista. Si se celebran fiestas en los pueblos les parecerá mal que haya pasodobles, música de los ochenta o reggaetón. De hecho lo que les gusta de lo rural son las capitales de provincia grandes, nada de Ávila o Soria. Son pijos hasta para eso.

En realidad a esta gente le provocan orgasmos los androides y todo el transhumanismo. Tener que aceptar visiones distintas de gentes del común es muy duro. De hecho sólo tendría que haber sobre la faz de la Tierra opinólogos, empresarios y políticos (dudan incluso de estos últimos), el resto seres controlados genética y electrónicamente. No les gustan Simón, Lenore o Fusaro porque les desnudan públicamente, porque hacen ver que los doxósofos van desnudos.

Son la izquierda gruñona porque no les gusta nada… que no sean ellos. Son la más grande fábrica de voto de las derechas o de la abstención.

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