Paradójicamente los liberales de todo el orbe que celebraron ayer la caída del Muro de Berlín están hoy en día construyéndolos por todo ese mismo orbe. No son todos de piedra, los hay psíquicos, los hay económicos, los hay militares o los hay mediáticos, pero no dejan de ser muros al fin y al cabo. Distintos muros para distintas formas de contener a las masas dentro de un orden que unos pocos han establecido. Muros, como el berlinés, ideados para que nadie sepa que existen alternativas, que no todo es como nos venden, que sigue habiendo Historia por conquistar y pelear. Muros para que no se vea cómo una clase dominante ejerce un dominio imperial sobre las vidas de la mayoría de las personas que malviven dentro de ese orbe.

La caída del Muro de Berlín, al menos en términos occidentales, no supuso la rendición de la izquierda. Ese tipo de explicación que hoy les están contando desde todos los medios de desinformación masiva es contraria a la realidad. Como mucho la caída y la Perestroika supusieron a la clase dominante del capitalismo quitarse una molestia. La izquierda socialdemócrata había abandonado la senda de lucha contra el sistema en los años 1960s y se fue diluyendo hasta nuestras fechas en las que ha quedado como simple defensora del Estado social, democrático y de derecho (burgués no se olvide). El comunismo languideció en los años 1970s con aquella posición eurocomunista que no era sino una socialdemocratización de los partidos bolcheviques. Una aceptación del sistema en su totalidad en sí, olvidando la crítica a las estructuras fundamentales del sistema. En términos marxistas se puede decir que tanto la socialdemocracia como el comunismo se centraron en la superestructura del sistema (ética y moral, defensa de derechos individuales…) abandonando lo que es fundamental para hacer temblar al sistema, la base económica del mismo.

Que Francis Fukuyama ejerciese de pope del liberalismo anunciando el Fin de la Historia tras la caída del Muro no puede verse como una relación de causa-efecto. El neoliberalismo llevaba desde los años 1970s captando adeptos, bien por la fuerza (Chile), bien por la alienación de las masas entregadas durante un tiempo al consumo masivo (hasta que llegó el momento, el actual, en que se les ha quitado esa posibilidad al abrirse nuevos mercados), bien por potencia adquirida por la ideología dominante o por la extensión de lo financiero y comercial a escala terrícola. Hoy la famosa TINA de Margaret Thatcher (There is not alternative, No hay alternativa) es el producto de consumo ideológico incluso dentro de la izquierda. Esto lo estuvieron diseñando gentes como Samuel Huntington en la Trilateral (donde Fukuyama también hizo sus pinitos) desde mucho tiempo antes, como diseñaron la guerra de religiones para tener entretenidas a las masas con fuegos artificiales. Hacer caer el Muro fue más dañino para el poder imperial de lo que han reconocido alguna vez. Se asombran y se asustan los constructores de esa ideología dominante de lo que han provocado (sólo hay que ver el histerismo de Fukuyama en su último libro contra el nacionalismo y las distintas identidades) porque, en cierto sentido, se les ha escapado de las manos.

No hay que olvidar, algo que ya no se comenta en ningún medio de comunicación, que todo este sistema se asienta sobre una violencia no visible, aunque en los años 1960-1970s era común hablar de la misma. Todo el entramado capitalista y de dominio imperial se basa en las armas nucleares. Estados Unidos las tiene y manda. China las tiene y manda, Rusia las tiene y manda. Francia las tiene y manda menos pero sigue ahí, algo que ocurre igualmente con Gran Bretaña (¿Por qué piensan que se les concede tanto en el Brexit? ¿Quién quiere misiles nucleares mirando hacia la Europa continental? Sin olvidar a la India y Pakistán). La geopolítica tiene dos ejes: armas nucleares y capacidad económica (bien por empresas financieras-tecnológicas, bien por petróleo), lo que queda reflejado en la geoestrategia. ¿Por qué se levantan muros económicos como el que se tiene con Rusia o China? Porque tienen recursos y fuerza dentro del sistema capitalista. Si los chinos quisiesen podrían causar un quiebra financiera importante, pero no se les puede atacar militarmente (el recurso típico del imperio para acabar con los que se oponen al sistema de dominio) porque tienen suficiente capacidad de respuesta y se recurre a arañazos comerciales, como se recurría a la publicidad con la URSS.

En occidente, empero, vivimos bajo un dominio como no se recuerda ni cuando la iglesia católica otorgaba los títulos de poder político. Pueden leer artículos parecidos a este porque saben que es un grano de arena en el desierto de la potencia mediática de confusión que han creado (se pueden leer pero no en alguno de los grandes medios del capitalismo). No quieren que, con los problemas que tienen a nivel geoestratégico, y los propios de agotamiento del sistema productivo y financiero, se puedan plantear alternativas al propio sistema. Por eso ayer todos los medios se felicitaban de la caída del Muro ya que estaban realimentando el inconsciente de las masas con la imposibilidad de alternativas. En cuanto hay un poco de rearme de una parte de la izquierda y tiene cierto apoyo surgen del propio sistema partidos fascistas que, curiosamente y dada la pobreza en que se encuentra, hablan de marxista, de rojos y demás eslóganes del neoliberalismo ochentero. El muro ideológico, esa ideología dominante, es devastador pues, aunque hagan soflamas de todo tipo, incluso los populismos de izquierdas no dejan de trabajar sobre los parámetros de esa misma ideología que domina.

No piensen que es baladí el tema del discurso pues el lenguaje condiciona la forma de pensar y, por ende de actuar ya que los conceptos sirven a la causa. Ya casi nadie habla del proletariado (desapareció) y casi nada de clase trabajadora. De hecho cuando se utiliza este concepto es fuera del contexto de la lucha económica y con apellidos (clase media-trabajadora, por ejemplo). Como tampoco se utiliza lucha de clases, dominio de clase, aparatos de Estado y demás jerga que cumplía una función doble, significar a la izquierda y diferenciarse del lenguaje de la clase dominante. Hoy todo el mundo habla en neoliberal. Por ejemplo, transición ecológica no supone poner patas arriba al capitalismo sino caminar junto a él para que siga acumulando riqueza pero de forma más sostenible. Los populistas de derechas (tipo Donald Trump) o los neofascistas (Marie Le Pen, Santiago Abascal, Matteo Salvini, etc.) apelan a la clase trabajadora en el contexto de lo nacionalista, fuera del contexto entonces de la lucha de clases, porque la izquierda ha dejado de hacerlo o porque saben que esa identificación es movilizadora. ¿Piensan que con unos comunistas o socialistas de verdad en Francia la clase trabajadora y los pequeños comerciantes se hubiesen echado en manos de la Rassemblement National lepeniana? Que no haya ocurrido en España, aunque los neofascistas ya van abriendo el marco lingüístico, no quiere decir que no ocurra.

El neoliberalismo, en sus diferentes concepciones (neofascismo, populismo, lo políticamente correcto…), es la ideología dominante que permite al capitalismo (que determina en última instancia, no se debe olvidar) construir distintos muros en su favor. Los muros militares, los muros ideológicos, los muros legales (Ley mordaza por ejemplo), los muros mediáticos o los muros económicos internacionales son todos construidos por los que se llaman liberales y se dan golpes en el pecho ejerciendo de demócratas y defensores de la libertad. Ayer todos se adjudicaron la victoria contra un Muro que sólo era físico, pero la realidad es que ellos son los que han construido cientos más a lo largo y ancho del mundo. La dominación de clase es más amplia que nunca en la historia y cada vez daña más al ser humano. Sólo hace falta leer a un tipo tan poco peligrosos como Byung-Chul Han para observar que el propio sistema ha logrado la autoexplotación de las personas con todas sus enfermedades derivadas. Una sociedad completamente anómica pero regalada de fetiches en cada una de las estanterías de sus propias casas. Muros invisibles pero mucho más poderosos que el berlinés. Aquel se podía derribar con picos, estos sólo se pueden derribar con lucha constante con la dificultad de que al ser invisibles la concienciación, frente al impacto de lo espectacular del capitalismo, es durísima. Pero siendo dura no es imposible, sigue habiendo alternativa y hace falta una organización (u organizaciones) que lo tenga claro y no se deje llevar por los cantos de sirena del propio sistema.

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