La tragedia de Julen, el niño de dos años fallecido tras caer al pozo de Totalán (Málaga), no solo ha venido a recordarnos lo frágiles que somos los seres humanos cuando la naturaleza desata todo su poder destructor −en este caso en forma de montaña cruel−, sino que nos ha puesto ante una oleada de solidaridad ciudadana y también del propio gobierno como pocas veces se había visto. El Estado no ha escatimado en medios humanos y materiales y durante los 13 días de búsqueda del pequeño se ha desplegado un dispositivo gigantesco formado por más de 300 efectivos de Guardia Civil, Bomberos, Protección Civil, mineros, ingenieros, geólogos, espeleólogos y psicólogos, entre otros muchos. Nada ha faltado, desde avituallamiento hasta tiendas de campaña, desde helicópteros, camiones pesados y grúas de gran tonelaje hasta mastodónticas excavadoras que no han parado de horadar el terreno día y noche en la vana esperanza de rescatar al niño con vida. La inversión ha sido millonaria pese a que se temía que lo más probable es que el niño hubiera fallecido al poco de precipitarse por ese maldito tubo de más de cien metros que debería haber estado sellado y no abierto, convirtiéndose en una trampa mortal.

Ahora es momento de enterrar a Julen y de que la Guardia Civil aclare las circunstancias de su muerte. Pero mientras tanto pensemos que de su tragedia podemos aprender algo importante como país y como sociedad: que tal despliegue de personas y maquinaria nunca podría haberse llevado a cabo sin eso que conocemos como Estado de Bienestar y que algunos pretenden liquidar de forma urgente. Un país es más avanzado cuantos más recursos dedica a fines sociales, asistenciales y humanitarios para la población. Nunca deberíamos perder eso de vista. Cuando se produce un incendio, una inundación, un terremoto o cualquier otra catástrofe natural lo primero que pensamos es cuánto tiempo tardarán en llegar los servicios de rescate. Y siempre, por muy duro que sea el escenario, acaban llegando. Evidentemente todo eso cuesta un dinero. Hay que costear vehículos, combustible, material apropiado, provisiones… Es necesario remunerar a los especialistas, a los médicos de urgencias, a los enfermeros, a los policías, a los bomberos, a los militares, etcétera. Sus sueldos salen obviamente de los impuestos de todos los ciudadanos pero solo un loco puede llegar a pensar que hay dinero mejor empleado que ese. Por supuesto, con un eficaz equipo de inspectores pagados por el Estado se podría haber detectado que mil pozos en todo el país presentan las mismas condiciones de inseguridad que el de Totalán.

Aun así, los detractores del Estado de Bienestar siempre esgrimen como argumento que en España pagamos demasiado por determinados servicios públicos, lo cual no es cierto. Y aunque lo fuese, estaría bien empleado, ya que cuantos más impuestos más probabilidades hay de que rescates como el de Julen tengan éxito y logremos salvar vidas humanas. De hecho, lo lógico en un Estado de Bienestar es que los ciudadanos exijamos pagar más impuestos para recibir más prestaciones a cambio. Lamentablemente esa filosofía política que resultó ser una conquista de la socialdemocracia hoy está en franca decadencia y surgen partidos de extrema derecha como Vox que pretenden convencer al votante de que puede tener unos servicios públicos de calidad sin pagar un solo céntimo. En realidad, estamos ante una nueva mentira, además de un imposible, a menos que lo que pretenda Vox sea dejar algo tan importante como la asistencia humanitaria en manos de empresas privadas que buscan el negocio y no del Estado, que a fin de cuentas en este tipo de accidentes siempre se mueve por fines altruistas. Está por ver si una compañía privada es capaz de destinar tal cantidad de medios a un caso perdido como el de Totalán. Se antoja más que factible que ninguna lo haga sabiendo que perderá una cantidad ingente de dinero solo para sacar el cuerpecillo inerte de un niño de entre las entrañas de la tierra.

Hoy numerosas unidades sanitarias, de rescate e intervención inmediata atraviesan por momentos difíciles, no solo por las privatizaciones a las que han sido sometidas sino por el abandono estatal en el que han caído. Es el caso de los agentes forestales o de los servicios de salvamento de la Guardia Civil o de la Unidad Militar de Emergencia. Los recortes de los últimos años a causa de la crisis han reducido notablemente su capacidad operativa. Sus medios se han quedado obsoletos, sus plantillas se han limitado al máximo y sus efectivos a menudo están mal pagados y desmoralizados. Algo parecido sucede con la Brigada de Salvamento Minero, esos ocho hombres que se han jugado literalmente la vida por bajar al pozo de Totalán y rescatar a Julen. Mientras los héroes se partían los brazos taladrando la durísima cuarcita que mantenía el cuerpo de Julen sepultado, uno de los ex jefes de la Brigada de Mineros de rescate de Hunosa hacía un llamamiento desesperado al Principado de Asturias para que invierta en esta unidad de élite, una de las mejor preparadas del mundo. El responsable aseguró ante las cámaras de televisión del programa de Ana Rosa Quintana que la brigada “camina a su desaparición porque la minería se está muriendo” y añadió: “No estaría mal que alguien se preocupe de que esta brigada centenaria pudiera sobrevivir a los tiempos y colabore con los cuerpos de seguridad”.

No debería caer en saco roto la propuesta del jefe de los mineros de rescate, ya que se ha demostrado que la profesionalidad y el valor de estos hombres resultan cruciales en situaciones límite como el triste suceso del pequeño Julen. Algún día, más pronto que tarde, otra tragedia de similares características nos sacudirá de nuevo y volveremos a necesitar del coraje y conocimientos de los mineros asturianos. ¿Qué haremos si esa unidad se ha desmantelado finalmente como consecuencia de las nuevas teorías neoliberales, a menudo falsas, basadas en la austeridad y en el control del déficit público a toda costa? Quizá entonces –ojalá nos equivoquemos– ya no llegarán los ‘ocho de Hunosa’ sencillamente porque la unidad se habrá disuelto por falta de presupuesto. Y quizá entonces nos lamentemos de nuestras políticas conservadoras mientras otro niño, o varios, o un grupo de personas agoniza allá abajo, en una cueva o bajo los escombros de algún edificio desplomado por un terremoto o una explosión.

Julen ya nunca más podrá salir al campo para jugar con su bolsa de gusanitos. Esa tragedia nos acompañará siempre en la memoria y en el corazón. Pero al menos aprendamos la lección que nos deja su desgraciada historia. Que su muerte no resulte en vano.

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