Hace unos días que se hizo pública la entrevista que el filósofo Miguel Ángel Quintana mantuvo con Juan Carlos Girauta. Esa misma de la que entresacaron una parte que hizo enfadar a Adriana Lastra ya que decían que era muy simple su planteamiento de ser socialista por indignarse ante una injusticia. Establecer el socialismo en la fairness rawslsiana se les antoja corto tanto a liberales como a socialistas, pero como esto no lo entenderá la vicesecretaria general del PSOE, mejor correr un tupido velo. En esa charla, o “Café vienés” como la califica Quintana con toda la intención del mundo (tampoco lo entenderá Lastra), el ex-diputado de Ciudadanos se presentaba como un “agitador cultural” y un “amante de la literatura”. O lo que es lo mismo, un intento, por el primer calificativo, de participar en la guerra cultural que se está planteando entre izquierda o derecha. O como se dijo en la charla, entre una microesfera de la izquierda y el liberalismo, incluso más allá de las fronteras patrias. Una función que cumple desde las páginas del diario ABC.

Seguramente el titular que se ha escogido, por lo dicho en la charla (que pueden ver aquí), no le gustará al “toledano” pues su lucha contra la ingeniería social de los diversos colectivismos (bien apuntado que de derechas e izquierdas) parece que libera al propio liberalismo de ejercerla. Algo completamente falsable (Karl Popper sirve a muchos amos) pues el liberalismo no es puro en este sentido. Y lo que viene haciendo Girauta desde sus columnas mediáticas no deja de ser una forma, indirecta si se quiere, de ingeniería social. Cuando defendía en Ciudadanos los vientres de alquiler estaba haciendo ingeniería social de la de peor tipo al explotar a las mujeres en virtud de una contraprestación económica, de un contrato entre personas no libres (algo que enfurecería  a los padres del liberalismo y más a alguna madre). Más allá de esta cuestión puntual, el liberalismo como cualquier ideología política siempre tiene en esencia algo de ingeniería social, de ingeniería política, sin llegar al esencialismo. La conformación social del liberalismo está ahí, aceptando en buena medida la determinación en última instancia del capitalismo. Pero el grito de libertad de John Stuart Mill no dejaba de ser un intento de arrumbar la sociedad victoriana en pos de una sociedad más libre tal y como era pensada y deseada (como buen hijo del utilitarismo) por los liberales. Así que nada mejor que reconocer que se hace ingeniería social, o se intenta al menos, de otro tipo pero en esencia lo mismo.

Más interesante es su análisis de la situación política en España. Tiene razón en señalar que los mecanismos más simples de la publicidad son las que imperan en el mundo político. Se llega a conseguir miccionar a las personas y que piensen que llueve, en especial en el mundo nacionalista. O lo que es lo mismo, se reduce el ser humano a mero espectador de un espectáculo donde se pretenden conseguir risas fáciles, aprobaciones obligatorias (¿por qué ahora se ve mal patalear o protestar si se está ante una mala actuación teatral?), mientras se esconde el mecanismo de dominación social. Nuevos mecanismos morales que impiden la libertad del ser humano, especialmente de conciencia, pero contra los que Girauta, más que luchar, parece impelido a aumentar. Sí es cierto que, como sucede en estas páginas habitualmente, se tiene que jugar en el marco espectacular que nos sirven los medios de comunicación y los partidos políticos contra el deseable proceso de razonamiento, pero hay que saber transmitir el mensaje y no quedarse en lo aparente como le sucede a Girauta en algunas de sus columnas. Por tanto, en la guerra cultural que dice mantener acaba cayendo en la trampa del “enemigo”, que en muchas ocasiones se encuentra en su propio bando.

También es curioso que señale como nacionalistas a los movimientos de corte regional y no vea esa gran viga que tuvieron en Ciudadanos y mantienen en el PP. El nacionalismo es una ideología que corroe por dentro a la persona, al grupo y a la sociedad en general. Elie Kedourie nos advirtió de ello. Y si bien hizo bien en señalar que el nacionalismo catalán no es más que un instrumento de control social para dominar de forma autoritaria una sociedad, mientras por detrás saqueaban las arcas públicas, se creaban pesebres mediáticos y sociales y se engañaba a las personas, no es menos cierto que le confrontaron con otro nacionalismo igual de putrefacto. En Ciudadanos más que fomentar el patriotismo constitucional (que diría Jürgen Habermas), un buen mecanismo de unión y de desenmascaramiento, se lanzaron a defender una España nacionalista tan esencialista y emotivista como la de Puigdemont. Y lo peor es que esa defensa permitió la llegada (al mover la ventana de Overton, que cita en la entrevista) del populismo de extrema derecha. Algo completamente contrario al ideal liberal y que en Europa es combatido por los liberales con vehemencia. Cosa que en España no se hace por a saber qué mecanismo del inconsciente colectivo. De hecho durante la entrevista, cuando Quintana le pide explicaciones por no haber defendido otra forma de España (como idea moral, por ejemplo), Girauta cae en contradicción al sorprenderse de que haya personas en la izquierda que defiendan que la misma no puede ser nunca nacionalista. Pero si es lo racional razonable no serlo.

De esa contradicción de combatir al nacionalismo con nacionalismo, por mucho que lo recubriese con el concepto constitucionalista, se pasó a una mayor. Durante la entrevista se lanza a criticar que Pedro Sánchez (el “doctor Sánchez” como suele escribir en sus columnas) esté entregado en cuerpo y alma a los nacionalistas, con concesiones que chocan tremendamente con los postulados de igualdad, y señala al PSC como parte del problema en Cataluña (con toda la razón del mundo hay que decir), pero olvida que pudieron evitarlo en Ciudadanos. Todo el establishment les pidió que pactasen con el PSOE un Gobierno de coalición con una mayoría suficiente, algo que hubiese aceptado Sánchez pese a que le gritaban “con Rivera no”, y se lanzaron al abismo. Porque la clase dominante no perdona y les pasó la cuenta. Pudieron evitar la “traición” y por no se sabe bien qué estrategia, desde luego nefasta para sus intereses, han acabado siendo los causantes de lo que querían evitar. Una contradicción que no explica Girauta. Igual porque es inexplicable.

Ahora se encuentra en una guerra como agitador cultural desde el liberalismo. Se ha vestido de Raymond Aron para defender el liberalismo. El problema es que al otro lado no hay un Jean Daniel. Lo que lleva a mantener una guerra sin adversario posible. Una guerra en el aire. Una guerra en un terreno espectacular donde es una voz más clamando en el desierto (como sucede con Quintana o Jorge Vilches, por citar a otros liberales). También le sucede a la izquierda materialista que no se distrae con diversidades y cuestiones etéreas. Hoy la disputa está en la diversidad, esa nueva moral victoriana, y en los elementos identitarios (esos que han llegado a asustar a un hegeliano como Francis Fukuyama). El debate intelectual en España realmente es un páramo porque la ventana de Overton está tan cerrada que sólo caben las nimiedades y no hay posibilidad de grandes debates sustanciales y no esencialistas. Malos tiempos para la guerra cultural en buena lid entre adversarios y no enemigos. Tiempos de populismo, identidades y desvíos de atención en los que por mucha inteligencia que le eche Girauta, que la tiene, va a ser complicado que agite el avispero. Igual es melancolía ese deseo de debate sobre las cuestiones sustanciales no sólo de la política sino del ser humano en sociedad. Igual la intelectualidad ha perdido la batalla. Igual han ganado Platón y Gramsci. Igual… mejor disfrutar de Peter Gabriel.

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