Estamos ante una de las elecciones más competidas en el arco de la derecha española y con mayor volatilidad a la hora de decidir a qué partido votar. En el espectro diestro hay mayor cantidad de personas que aún no han decidido su opción entre las tres que tienen a elegir. Cerca de un 40% de los votantes de derechas no tienen claro (o no quieren confirmarlo, que es otra posibilidad) y están a la espera de la campaña y las propuestas para terminar de conformar su decisión. Otra cuestión a tener en cuenta es que una campaña electoral puede, si se dan una serie de condicionantes, cambiar hasta un 5% del voto. Ahí es donde Ciudadanos aún tiene la oportunidad de no ser el último del trifachito y pasar al primer puesto.

Albert Rivera es consciente de que su cabeza pende de un hilo y que la élite dominante está a la espera de dar la patada a la silla o volver a situarle entre sus preferencias. Comenzó la precampaña cometiendo un pequeño error como es negarse en rotundo a pactar con el “PSOE de Sánchez” para dar un bandazo y echarse al monte de la ultraderecha. Cuando su discurso se establece en el liberalismo y el constitucionalismo no puede seguir afirmando que pactará con PP y Vox, porque los últimos son iliberales y por tanto contrarios a los postulados que dice defender. Ha perdido por el centro una cantidad infinita de votantes con esa estrategia, pero aún está a tiempo de recuperarse quitando voto al PP, cierto voto moderado que tiene dudas de votar al ignaro Casado.

No tiene que abandonar el cuñadismo que le ha dado fama sino sólo esconderlo y no meter la pata con las propuestas o con alguna bravuconada producto del calentamiento electoral. No debería mirar hacia su derecha neofascista y sí centrarse más en el discurso Cataluña-liberalismo-progreso. Que lo consiga es harina de otro costal porque, al final, la cabra tira al monte y como sienta que está perdiendo protagonismo en la campaña soltará alguna de la suyas. Aunque, todo hay que decirlo, en los últimos tiempos está más centrado en las propuestas (nos ha sido difícil sacarle en portada con alguna boutade), que podrán ser más o menos debatibles o reales, como sucede con los demás partidos porque una campaña es tiempo de promesas, pero propuestas.

No tiene un discurso que sea capaz de fijarse en algún tipo de mitologema de los que trazan el juego político en España, es cuñadista y eso que puede permitirte remar en ambos sentidos lo que provoca es que gires sobre ti mismo. Ha hecho fichajes consecuentes con sus postulados neoliberales pero le falta un punto que no acaba de lograr para sacar rédito de la pelea descarnada que se vive en la derecha. Como la Historia de España demuestra los postulados liberales siempre parecen bonitos y lógicos pero los políticos que los tienden a encarnar se acaban disipando entre el miedo a parecer menos valiente y entre la incapacidad de crear un “relato” coherente. Siempre en el péndulo entre muy estatalista o muy economicista. Y eso le pasa a Rivera.

Si logra contenerse y contener a personajes como Juan Carlos Girauta, ya que parece que ha decidido que el papel de ogra le toca a Inés Arrimadas, Rivera tiene en su mano dar la vuelta a muchas encuestas. Casado está haciendo todos los días el gili y provocando la sorna y la befa de la ciudadanía. Con no imitarle e incluso atacarle como derecha inconsciente tiene el partido ganado. Un 5% de cambio del voto no es tan complicado y le supondría la salvación y la elevación a los altares de la derecha como máximo representante y jefe de la oposición. Pero la experiencia nos dice que Rivera suele venirse abajo en las campañas, que es incapaz de llegar al público (a pesar de contar con buena parte del aparato mediático), que se desmorona. Tiene en el debate, si no se enzarza en batallas estúpidas por postulados ideológicos que no domina, una oportunidad magnífica de desnudar a Casado y los neofascistas. Dudamos que sea capaz de ello aunque a España no le vendría mal.

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