Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como El Cid, es una de esas leyendas que pueblan la historia de España que desde un punto de vista histórico queda bastante devaluado respecto a la exaltación de héroe nacional que tenemos desde niños. En todos los países ocurre igual con los personajes medievales.

Todo viene de la visión que nos ofrece la literatura o el cine de este personaje. Tanto en El Cantar de Mío Cid como en la película El Cid se nos da un perfil de perfecto caballero que lucha por su reino contra reyes y enemigos y que llega incluso a enfrentarse a su propio rey en el Juramento de Santa Gadea, además de ser un defensor de la fe católica contra el invasor musulmán.

Sin embargo Rodrigo Díaz de Vivar fue algo más que eso y no sale ganancioso en la vida que llevó en los años que vivió.

Su padre, don Diego, llevó a Rodrigo a la corte de Fernando I de Castilla, León y Asturias para introducirlo y formarlo en los menesteres propios de la aristocracia de la época. Allí fue formado como caballero y destacó en el manejo de las armas, además de ser uno de los alumnos que más admiraron a sus maestros en materia de estrategia militar. En la corte se hizo muy amigo del infante Sancho, primogénito y heredero al trono. Junto a él visitó ciudades cristianas y musulmanas, como Zaragoza, donde quedaron prendados del lujo de la ciudad islámica. No se trataba de una visita turística a la capital aragonesa (aún no existía el santuario del Pilar), sino que allí se firmó un acuerdo entre Castilla y el príncipe Muqtadir para atacar al rey cristiano de Aragón, Ramiro.

Fernando I murió y dividió su reino entre sus hijos: Galicia para García, León para Alfonso y Castilla para Sancho. Rodrigo se mantuvo fiel a su amigo recibiendo de aquél prebendas y honores. Pero Sancho murió en 1072 heredando Castilla su hermano Alfonso. Los honores de Rodrigo disminuyeron aunque la relación con el rey siguió siendo cordial, como se puede ver con el matrimonio de Rodrigo con Jimena y el encargo por parte de Alfonso VI del cumplimiento de funciones judiciales y diplomáticas con los reinos taifas. Con este fin se dirigió Rodrigo a Sevilla, donde tuvo que defender a su aliado frente al rey de Granada. Ahí se encontró con García Ordóñez en el bando contrario. Esto fue una sorpresa para El Cid, dado que el traidor era compañero suyo en la corte de Castilla.

Fue entonces cuando Rodrigo vio que le iba a ser muy difícil medrar en la corte y se sintió frustrado. Convocó a sus caballeros y, obrando en contra de los intereses de Alfonso VI, saqueó el reino taifa de Toledo que era aliado del rey de Castilla. Éste le condenó al destierro. Esto no le detuvo y vendió sus servicios como mercenario en campañas victoriosas contra Alfagit, Sancho Ramírez de Aragón y Raimon II de Barcelona, dirigiéndose posteriormente a la conquista de Valencia.

Alfonso VI quiso perdonarle el destierro para que dirigiera sus tropas a Sagrajas, pero Rodrigo se negó y volvió a ser desterrado, cosa que le dio igual dado que ya cobraba cuantiosos tributos por parte de reyes musulmanes para la protección de los taifas. En 1094 tomó Valencia, Sagunto y Almenara. Se cree que murió en 1099 en Valencia.

Como podemos ver, la historia real de Rodrigo Díaz de Vivar es muy diferente de la que nos cuentan en El Cantar de Mío Cid o de la visión que nos dio Charlton Heston en su interpretación cinematográfica. No fue un ejemplo de caballero, sino un mercenario que movía sus tropas a favor del mejor postor. No hubo juramento de Santa Gadea, ni ganó batallas después de muerto. Simplemente fue un guerrero medieval, un gran guerrero medieval.

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