¿Asesinó Adolf Hitler a los casi 20 millones de judíos en el Holocausto? Evidentemente no fue él personalmente quien los asesinó pero sí que fue el máximo responsable de ello por lo que esas muertes son suyas. Lo mismo ocurre con Matteo Salvini, el xenófobo ministro del Interior italiano. Sus políticas antinmigración, el cierre de los puertos para evitar que los rescates en alta mar terminen en las costas italianas y el endurecimiento de medidas contra las ONG, a las que se ha llegado a acusar de tráfico de personas, han provocado que en los meses de junio y julio hayan muerto en el Mediterráneo Central más de 850 seres humanos que intentaban alcanzar las costas de la Unión Europea en busca de una vida digna. Por tanto, esas muertes son responsabilidad única y exclusivamente de Matteo Salvini.

Ante esta situación —que muchos ya están catalogando de «genocidio»— la Unión Europea se halla ante un escenario en el que se ha dado cuenta de su ineficacia ante la firmeza de quienes pretenden cerrar las fronteras y que, por desgracia, cada vez tienen más poder gracias al apoyo que están logrando en las urnas, un apoyo generado por el discurso populista del miedo al migrante que no se corresponde con la realidad de los países. Nadie se juega la vida por nada, nadie se embarca en una patera o en un cayuco por placer. Tiene que haber algo más, y ese algo no es otra cosa que el deseo de huir del hambre, de la guerra, de la persecución o de la explotación que se vive en la gran mayoría de los países del África Subsahariana. Sin embargo, los mensajes racistas y xenófobos de personajes como Matteo Salvini, Marine Le Pen, Albert Rivera, Viktor Orbán o Pablo Casado calan en los países del sur de Europa.

El Gobierno de Pedro Sánchez, con sus lógicos vaivenes, se ha convertido en el ariete contra esos mensajes xenófobos y populistas llenos de mentira, de odio y de racismo. Esta postura ha generado que desde la derecha se haya intensificado el lanzamiento de mensajes más propios de los ultras de «Hogar Social» que de dos partidos que se llaman a sí mismos democráticos. Todo ello con el apoyo de una prensa que estaba acostumbrada a las prebendas y limosnas del poder pero que con el cambio de gobierno temen perder lo que sostenía un tipo de periodismo entregado a los intereses de un partido político concreto y, por supuesto, al gran capital —eso que no falte. Una de las cabeceras históricas de este país se enfrentó claramente al Ejecutivo de Pedro Sánchez en la primera crisis del Aquarius y criticó duramente que se abrieran los puertos españoles para la entrada de migrantes. Este medio compró claramente el discurso del PP y de Ciudadanos de que se iba a generar un efecto llamada. Sin embargo, en la segunda crisis de Aquarius, criticó con una dura portada que Sánchez no se hiciera cargo del rescate del buque. Pura coherencia.

La derecha de este país está totalmente en contra de la dignidad del rescate a los seres humanos que huyen de sus países jugándose la vida en el mar. Eso sí, a Rivera y a Casado no les importa acercarse a ellos y darles la mano cuando los fotógrafos están cerca para continuar con su mensaje populista para, una vez retirados los reporteros gráficos, desinfectarse rápidamente y huir cuanto más lejos mejor para dar una rueda de prensa llena de xenofobia que genere el miedo y el odio entre los españoles hacia esos seres humanos.

Tanto Albert Rivera como Pablo Casado están luchando a muerte por un espacio político que están viendo que puede ser más rentable por el contagio de las ideas xenófobas de Le Pen, Orbán o Salvini. Cada día que pasa los niveles de racismo en España se van incrementando gracias a la trasposición de estos mensajes populistas que calan muy rápido en un pueblo que aún no se ha recuperado de las graves consecuencias de la crisis económica y que, una vez que ha logrado conseguir una estabilidad económica precaria, pero estabilidad, al fin y al cabo, tienen miedo de perderla, temor que es utilizado por el populismo ultraconservador para ganar adeptos. Si se tiene miedo a que unas personas que no hablan nuestro idioma, que no tienen estudios ni experiencia laboral quiten los trabajos a los de aquí es que algo falla. Es ahí donde entra el mensaje populista xenófobo de Rivera, Abascal y Casado utilizando la doctrina del pánico que tan bien le ha funcionado a Marine Le Pen, a Matteo Salvini o a Nigel Farage. Es doloroso para cualquier demócrata ver cómo los partidos de la derecha española están luchando por el espacio de la extrema derecha en vez de por el de la democracia cristiana o el de la socialdemocracia.

Ante este escenario es fundamental que sean los países que aún tienen la capacidad y el poder de frenar a esta extrema derecha los que adopten las decisiones pasando por encima de esta Unión Europea que ha abandonado desde hace décadas los pilares de integración y de respeto de los derechos humanos sobre los que se asientan sus tratados. Por eso los acuerdos bilaterales entre los Estados que aún son demócratas se han convertido en la salvación de la dignidad, de la ética y de la humanidad en sí misma. Si la Unión Europea falla, tienen que ser los Estados los que tomen las riendas ante la crisis migratoria. De ahí la importancia de los acuerdos cerrados entre Pedro Sánchez y Ángela Merkel en Doñana o los alcanzados para el reparto de los migrantes del Aquarius.

Salvar vidas es una obligación moral de cualquier ser humano o de los Estados. Provocar que mueran ahogados en el mar cientos de hombres, mujeres y niños es asesinato.

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