Escribo esta reflexión apenas unas horas del comienzo de esta fiesta universal, para muchos la mejor del mundo, los sanfermines.

Unas fiestas inigualables donde la alegría, la música, el blanco y rojo inundan las calles de la vieja Iruña, Pamplona. Porque los sanfermines se desarrollan fundamentalmente en la calle, donde acabas encontrándote con gentes que hacía un año no veías, o entablas debates con quienes te separan años luz en lo ideológico, en lo vivencial.

Gentes variadas de diferentes talantes ideológicos e incluso religiosos, del mundo de la política, de la prensa, de la música, de las artes, que quizás durante estas fiestas se transformen, en este caso para bien, produciéndose el milagro de que quien el resto del año no te habla o ni siquiera te saluda ahora te abrace alborozado.

Esa mezcla, esa pluralidad desde el respeto son unas de las características de los sanfermines. La diversidad de maneras de enfrentarse a ellos, de divertirse, o simplemente de sumergirte en una especie de ritual ancestral que te lleva por caminos diferentes a los conocidos.

En una fiesta como esta existe libertad, pero no puede ni debe interpretarse como libertinaje, como el “aquí todo vale”. Debe hacerse; quienes vengan de fuera y algunos de los de dentro, respetando sus normas, algunas no escritas y sobre todo ejercitar ese respeto por unas fiesta que tienen sus líneas rojas que jamás deben ser cruzadas, ni por los de aquí ni por los de allí. Pamplona no puede, no debe convertirse en una ciudad sin ley, o se corre el peligro de que esta fiesta sin igual muera de éxito.
Pero no solamente es todo eso, también en esos largos 9 días que van desde el chupinazo del 6 de Julio hasta el “pobre de mí” de la medianoche del 14, suponen el encuentro con efemérides impactantes.

El 8 de Julio de 1978, se cumplen ahora 41 años, la fiesta vivió instantes dramáticos. Recuerdo aquella fecha que se quedó grabada en mi memoria como si fuera hoy. Como cada año había acudido desde Madrid a sanfermines. Era un ritual, como una manera de no alejarme de mis raíces.

Ese 8 de Julio estaba en la Plaza de Toros de Pamplona, en la parte de arriba de sol con la peña San Juan con la que acudía regularmente hasta hacerme de mi peña actual, el Muthiko Alaiak. Vi salir la pancarta de “Amnistía” con la entrada de los txikis al final de la corrida y a los pocos minutos como si de una pesadilla se tratara, un numeroso grupo de “grises” a toda velocidad sacudiendo a diestro y siniestro.

Me fijé en un mando con pistola en mano, los rifles de los gases y pelotas y toda una plaza protestando de  manera airada. Entrar así ante más de 20.000 personas con una dosis de alcohol elevado a esa altura de la película, no se le ocurre a cualquiera. ¿Fue deliberado? ¿Se deseaba provocar lo que ocurrió?

Era un momento convulso del inicio de la transición y aún no se han esclarecido estos pormenores, aunque sospecho que sí, que se intentaba provocar graves incidentes como los que así ocurrieron.

Después indignación, cabreo, heridos, ataques de ambas partes, confusión, las fuerzas del “orden” sitiadas en el Gobierno Civil, rumores de un muerto por bala, más indignación, llegada de refuerzos, contraataque. Un día negro.

Suspensión de las fiestas, luto, consternación, ansias de conocer la verdad, de que se hiciera justicia que aún hoy reivindicamos y esperamos. Visto desde ahora una fecha negra para la memoria colectiva.

No va a ser la única efemérides que se va a dar durante los sanfermines. Otras fechas trágicas son las que van desde el 10 al 12 de Julio de 1997. El secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco.

También recuerdo esa tarde en la Plaza de Toros y la noticia corriendo como un reguero de pólvora. Una impresión profunda, con un toque de esperanza. No lo harán, seguro que no lo harán nos repetíamos con el vano deseo de que al final sólo fuera una bravuconada, que serían algo menos salvajes y sanguinarios de lo que fueron realmente.

Nos equivocamos, ETA cumplió su amenaza y el brutal “Kantauri” se encargó de asesinarle con dos disparos en la cabeza, después de un ritual cruel de intento de humillación, obligándole a arrodillarse ante él. ¿Intentaba de esta manera humillar al Estado y a la sociedad española y vasca? Probablemente, aunque no lo consiguió.

El día 13 fue una catarsis colectiva, de alguna manera nos asesinaban a todos y cada uno de nosotros, o al menos intentaron hacerlo. Se equivocaron y lo que lograron fue que se perdió el miedo, algunos hacía años que lo habíamos perdido, pero esa día esa sensación fue colectiva, apabullante. Hay imágenes que siempre quedarán grabadas en la memoria de esta sociedad, como esa puerta del Ayuntamiento llena de pañuelos rojos y velas encendidas. Era una especie de grito desgarrador ante la sinrazón, y el síntoma de que hasta ahí habíamos llegado.

Antes, dos días de tensión. Quizás el lugar donde más afectó lo ocurrido esos días, además de Érmua, fue en Pamplona. Una ciudad en fiestas impactada, en shock, perpleja, expectante. Hubo mucho silencio esas 48 horas, no había ganas de juerga, mucho menos después de conocer su muerte justo cuando entrábamos en la plaza el penúltimo día de las fiestas.

Suspensión de la corrida, enfrentamientos, debate sobre si se debían suspender los sanfermines o no, dolor, mucho dolor.

A partir de ahí más indignación, una explosión de cabreo, ante la mirada atónita de quienes hasta ese instante les vitoreaban. Pamplona expresó con contundencia su condena y en muchos sectores de la izquierda abertzale se abrió una grieta que probablemente les llevó a su final. Al menos como se les conocía hasta ese terrible acontecimiento.

Ahora se cumplen 22 años, conviene no olvidarlo aunque estemos en otro momento de nuestra historia muy diferente. Resulta triste observar que el oportunismo político nuevamente intenta “arrimar el ascua a su sardina”. Para algunos da la sensación de que “con ETA vivían mejor”. Lamentable.

Visto desde hoy parece una pesadilla, pero ocurrió, ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco lo mismo que la policía a Germán Rodríguez. Ambos en sanfermines………

Y por último lo social, otros dos acontecimientos que impactaron en la fiesta, el asesinato en 2008 de Nagore Lafage y en 2017 la agresión sexual, la violación de “la manada”.

Son efemérides que no pueden eclipsar esos 9 días de fiesta, pero que tendrán su instante de recuerdo durante la misma. Porque el olvido sería imperdonable y además porque los dos últimos nos llevan a la reflexión final dirigida a los de casa y a los de fuera.

Los sanfermines son días para disfrutar, para gozar, para divertirse, pero siempre desde el respeto al “otro”.

Ojalá los de 2019 lo sean así…..

Veremos.

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