Como un boxeador noqueado, tambaleándose, Emilio Saracho saltó al ring de la Comisión parlamentaria que investiga los desmanes de la crisis. Ángel Ron, su contrincante y predecesor en la presidencia del Banco Popular, le había soltado unos cuantos ganchos de derecha difíciles de encajar a primera hora de la mañana. Lo acusó de no tener conocimientos suficientes de banca –“cada uno es lo que es, ni presumo ni no presumo”, se defendió Saracho–, de especular con la venta de la entidad financiera al Santander, de haber dejado en la indigencia a más de 300.000 ahorradores. Incluso de haber amenazado con querer “estrellar el avión”, o sea el banco, contra la sede del BCE, si no se cumplía su presunto plan para terminar de hundir la entidad y ponerla en manos de la familia Botín. A Saracho –quien su mayor línea de argumentación fue que heredó “un muerto”, no un banco–, no le quedaba otra que reaccionar ante el ataque en todos los frentes de Ángel Ron, que además le acusó de haber urdido una operación especulativa que puso en riesgo el sistema financiero español. “Este banco estaba condenado, yo entonces no lo sabía. El Popular no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir”, se defendió Saracho, quien culpó a Ron de los errores cometidos en el pasado y que desencadenaron la venta del banco al Santander por el precio insultante de un euro. “Un error es un error, no tiene por qué ser un delito, y me parece normal que los afectados quieran saber qué ha pasado con su dinero”, puntualizó tratando de explicar que cuando él se hizo con las riendas de la entidad “el moribundo ya no tenía remedio”.

Sin embargo, minutos antes Ángel Ron había aportado todos los datos. El banco, considerado el mejor gestionado del mundo, era solvente y viable; se acababa de firmar una ampliación de capital y aguantaba el vendaval de la crisis. Entonces, ¿por qué se vendió la entidad por unos pocos céntimos en la operación más sospechosa de la historia de la banca española? Saracho no quiso o no pudo responder a esa pregunta, sobre la que sigue planeando la sombra de una formidable operación especulativo-financiera. Como tampoco supo explicar –pese a su retórica fluida y sus chistes facilones que movieron a la carcajada a algunos palmeros que asistían a la Comisión en calidad de “invitados”–, ninguna de las preguntas que desde hace más de un año le plantean los miles de afectados que han perdido el sueño y sus ahorros.

Entre coartadas y bromas, Saracho reconoció que todos en el Popular sabían que con él “contrataban a un bombero” para apagar un incendio y añadió que “podía haber dimitido” cuando las cosas se pusieron feas, aunque no lo hizo porque “no soy de los que dimiten, aunque me tire tres o cuatro años en la Audiencia Nacional”. A medida que avanzaba la Comisión se veía a un Saracho cada vez más a la defensiva y hasta arremetió contra Diario 16, ese periódico que dice “no leer nunca” (falso, él mismo reconoció haber leído que nuestra publicación lo considera un “topo” del Santander, luego algo sí que lee). Todas las opiniones son respetables, incluso las del señor Saracho, pero calificar a nuestros redactores de “estrellas de Hollywood” e insinuar que “no sé lo que cobra el periodista de ese medio, pero es para ponerlo a hacer otra cosa”, suena a amenaza intolerable.

En resumidas cuentas: Ron demostró con documentos en la mano que la venta del Popular, lejos de ser una operación de ingeniería financiera, fue simplemente una chapuza, un empaste de proporciones mundiales, un drama doloroso para miles de clientes que han perdido su dinero. Algunos piensan en suicidarse. Otros cayeron en depresión y no han levantado cabeza. Un genocidio económico. De nada de eso habló Saracho. Hoy el gran liquidador sigue con su vida, aunque el caso esté en los tribunales. No sabemos para qué servirá esta Comisión del Congreso. Quizá para nada. O quizá para que al menos pongamos cara y nombre, por fin, a nuestros tiburones de las finanzas, a nuestros lobos del Wall Street madrileño, todos esos nombres de los que rara vez se habla pero que están detrás del tinglado, en la sombra, moviendo los hilos del sistema que nos maneja como marionetas. Angel Ron salió del templo de la democracia dejando una estela de datos concretos y verdades inquietantes. Saracho dejó el tufillo sin aclarar de la especulación; del terror financiero que tanto daño ha hecho a España y al mundo; del sabor yanqui de los JP Morgan, por el apellido una histórica familia de corsarios. Y es que nuestro dinero está en manos de los piratas del Caribe. Tal cual.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Doce − 4 =