Quienes leen con cierta asiduidad estas columnas diarias sabrán que en ellas se viene criticando la política espectáculo en la que está inmersa la élite política española. Más allá de la determinación de lo mediático-digital que provoca esa espectacularidad y la inmediatez, la dirigencia política tendría que ser contrapunto a ese intento de determinación del medio. Más si se está en el lado zurdo del espectro político pues es conocido que ese canal comunicativo perjudica enormemente los intereses de la clase trabajadora ya que se pierde la racionalización y, por ende, la capacidad analítica de las contradicciones que genera el neoliberalismo como ideología dominante y el capitalismo como sistema económico que determina en última instancia toda la sociedad. La lucha de la clase trabajadora siempre se ha requerido de un sobresfuerzo para traspasar la telaraña construida por la clase dominante para ocultar sus intereses y lo que provocan por eso no se entiende lo que ha pasado estos días donde la dirigencia de la izquierda ha entrado en estado de pánico y se ha dejado arrastrar a la inmundicia de lo espectacular que es propia de la derecha desde, al menos, la revolución francesa.

El tremendismo siempre ha sido marca de la casa de la derecha, da igual reaccionaria, conservadora, liberal o fascista; siempre han utilizado los siete sellos apocalípticos como símbolo de los gobiernos de la izquierda. En mayor o menor medida, si la derecha es más liberal (pero de verdad) tiende a utilizar el raciocinio y menos los aspavientos, siempre han recurrido a mitos nacionales, a persecuciones soviéticas, al llanto en todas sus formas (ya Platón lloraba amargamente porque la sociedad de su época se encaminaba hacia la anarquía moral) para luchar contra la izquierda. Si a ello se le suma la ruina económica, la cual puede ser provocada por ellos mismos, adrede o dentro de sus peleas entre fracciones de clase, el panorama de las derechas cuando las izquierdas acceden al gobierno es similar al cuadro “El grito” de Munch. Ya se sabe cómo son y cómo actúan, incluyendo la posibilidad de llegar al autoritarismo político, por lo que sus arengas son una farsa constante.

Claro que la democracia no se liquida por el acuerdo de Gobierno, ni los apoyos recibidos por el presidente Pedro Sánchez. Persona que jamás se ha mostrado como un radical sino más bien todo lo contrario. Pablo Iglesias lo ha sido mucho en las formas pero tiene la inteligencia suficiente para saber que su propuesta socialdemócrata se debe vehicular, aunque sea por el camino de Swann, de forma sencilla y adaptable a las diversas coyunturas. Y Alberto Garzón es conocido que, una vez es ministro, es disciplinado y dirá sí a todo. No son pues cabecillas políticos revolucionarios ni nada por el estilo sino simples mortales que han llegado a un acuerdo de gobierno, con años de retraso (lo que les ha venido bien para centrarse y dejar los egoísmos fuera), que estará vigilado por la Troika. Si esto es lo que alimenta el tremendismo de la derecha, si se las hubiesen visto con verdaderos revolucionarios hubiesen infartado todos. Como hasta la fecha ningún tribunal (¿no es el Estado de derecho para la derecha el defensor de la democracia?) ha prohibido a alguno de los partidos presentes en el hemiciclo (da igual Eh Bildu que Vox) participar, todos los votos son válidos y democráticos. Más asqueroso fue la abstención del PSOE para que gobernase el PP y no se quebró España. Pero ya se sabe que la derecha siempre ve bien cuando le beneficia (hasta pactar con dictadores si hace falta) y mal cuando lo utilizan los demás.

Lo que no es tan comprensible es el tremendismo y el exceso de triunfalismo de la izquierda. Que se haya logrado un acuerdo de Gobierno vigilado por las derechas nacionalistas (PNV, nacional-catolicismo, y ERC pequeña burguesía catalana), tampoco es para descorchar botellas de champán. Siempre será mejor que un gobierno con los liberales pero las virtudes o defectos se verán en los presupuestos o en la acción de Gobierno. Y por lo que han manifestado hasta el momento ni acabarán con el régimen del 78, es más hasta serán los mayores defensores del mismo de las locuras de las derechas autoritarias, ni producirán nacionalizaciones. Será un gobierno socialdemócrata y ya. Ni esperen más, ni piensen que los poderes fácticos les permitirán más. Que la ilusión no acabe con la capacidad analítica y la racionalidad. Lo saben ellos y ellas y lo debería tener en cuenta todo el mundo. Siempre será mejor que un gobierno de la derecha, especialmente en cuestiones sociales, pero no piensen en grandes transformaciones salvo en una, la cual es mental más que material. A poco que hagan dos o tres cosas bien se romperá el mito del peligro socialcomunista que tan dentro de las personas se encuentra inserto por tantos años de ideología dominante con la matraca.

Ilusión toda lo que no es de recibo es presentar a las diputadas o diputados de la izquierda como los “167 valientes”. Este tipo de tremendismo ni ayuda a la clase trabajadora, ni sirve como elemento contrafactual frente a la derecha. ¿Qué valentía hay en votar afirmativamente a algo que se aceptó cuando el jefe partidista de turno le puso en la lista o no le vetó? De hecho valentía habría sido votar en contra por motivos éticos o políticos. Se puede llegar a comprender las lágrimas de Iglesias porque han sido cinco años de campaña personal contra sus personas, pero de ahí a afirmar valentía por el hecho de votar democráticamente un gobierno de coalición hay un trecho tremendista que la izquierda debería abandonar. Valentía era ser militante/diputado del PSOE en 1986 y defender el “No a la OTAN”; valentía era ser militante del PSOE (se fuese sindicalista o no) y defender la huelga general del 14-D; valentía era ser militante del PSOE en los años de “La conspiración” cuando por el hecho de serlo se les insultaba (“ladrones”, “asesinos”, etc., se les gritaba por la calle) y defender a su partido cuando todos los medios de comunicación, y todo es todos incluido El País (hay que recordar que el, hoy, amado catedrático de la izquierda Javier Pérez Royo pontificaba, como sigue haciendo, desde las tribunas del diario del grupo Prisa contra José Barrionuevo por estar en las listas del partido en 1996, mientras que hoy defiende la liberación de un condenado como Oriol Junqueras); valentía era ser diputado del PSOE y no votar en favor de la modificación del artículo 135 de la Constitución, sabiendo que eso te costaría la defenestración y no estar asustado por ¡¡¡recibir mensajes!!!. Esos eran comportamientos valientes porque se primaba la conciencia de clase o ideológica antes que el mandato del partido. Ir a votar como presidente del Gobierno a quien te ha puesto en la lista no es valentía sino fidelidad.

Es más, como se dijo en estas mismas páginas, el tamayazo que venían trabajando desde los poderes fácticos quedó desbaratado cuando Inés Arrimadas, en una nueva muestra de estupidez política, se adelantó y por destacar pidió el cambio de voto. En ese momento, por mucho que digan, se paró todo y quedó el pastel al descubierto. Así que toda esa vorágine de miedos infundados posteriores de las direcciones partidistas sobraba. Ni lo iba a haber, ni esa mieditis servía para reforzar la imagen del PSOE. Más bien justo todo lo contrario pues indica que ni en la propia Ejecutiva Federal confían en todos sus propios diputados y piensan que se pueden dejar comprar. Y eso que los han situado ellas y ellos en virtud del reglamento interno. No es valiente hacer lo que tienes que hacer sino obligación moral ya que nunca has manifestado contradicción alguna con los planteamientos de la ejecutiva de tu partido. Tremendismo mediático para jugar en el terreno de la derecha sin percatarse de que en ese terreno tienen comprados a todos los árbitros. Una cosa es decir voluntariamente alguna boutade para desviar la atención, algo que siempre hace la derecha, especialmente la neofascista, y otra es hacer tremendismo y victimismo de telenovela cuando lo importante no es la formación del Gobierno en sí, sino la aprobación de unos presupuestos generales donde se refleje la verdadera acción de Gobierno. ¿De verdad piensan que la clase dominante provocaría un tamayazo de diputados o diputadas del PSOE o Unidas Podemos sabiendo las consecuencias que eso tendría para sus intereses económicos? Que se hayan movido dos o tres de los más poderosos para achantar a cántabros y canarios no quiere decir nada más que le han puesto palos en las ruedas, no que quisiesen acabar ellos mismos con el régimen que les da cobijo, protección y del que sacan pingües beneficios. En la izquierda sobra este tremendismo, que no es lo mismo que la publicidad o el juego político de máscaras típico de la política espectáculo. La izquierda está obligada a llevar las aguas al cauce lógico para así poder señalar las contradicciones del sistema en sí y poderlo transformar. Lo demás es hacerle el juego a la derecha. Hacer pensar que se produciría un tamayazo dice más de la izquierda que de la derecha.

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