Jesús Sebastián-Lorente es uno de esos pensadores irreverentes que el sistema sitúa en los márgenes. Hoy les presentamos, mediante una interesante entrevista, su más reciente texto Contra Occidente de la Editorial EAS. Título sugerente y que ya advierte del potencial que se encuentra en las páginas del libro. No hay casi ningún gran tema que no sea tocado de un modo u otro. Estas respuestas son un avance de lo que encontrarán en el texto recién publicado.

P. No se puede negar la influencia que ha tenido la ND francesa en usted, se palpa a lo largo de todo el texto. Sin embargo, pese a su “debenoistismo”, se observan algunas discrepancias ¿a qué se deben?

R. Desde luego, reconozco a Alain de Benoist como un maestro del pensamiento, es decir, una figura tutelar que te enseña a pensar, no cómo pensar. Él mismo reconoce en el prólogo a mi libro que no está de acuerdo con algunos de mis planteamientos. Se refiere, por ejemplo, a la oposición/contradicción entre la apuesta por un federalismo integral y el rechazo del regionalismo. Benoist es heredero de las corrientes etnistas y federalistas de la posguerra, además de ser francés, y esta herencia le hace contemplar las regiones históricas de Europa con una perspectiva romántica y escasamente política. Para valorar la identidad de una determinada etnia no es suficiente con acudir, por ejemplo, a criterios lingüísticos o antropológicos, hay que someterla a un examen histórico, y muchas de las regiones europeas más reivindicativas no lo superarían. En definitiva, no estoy en contra de las identidades étnicas ni de su derecho a federarse entre sí, pero sigo considerando que el Estado-nación, hoy en crisis, sigue siendo la fórmula que mejor protege a los ciudadanos frente a las fuerzas disgregadoras del individualismo y de la mundialización. Seguramente por eso, todas las minorías étnicas europeas reivindican para sí mismas su constitución en micro-Estados-nación: quieren destruir las grandes naciones que hicieron de Europa una civilización que aspiraba a la excelencia por unas micronaciones dotadas de aparato estatal que solo pueden aspirar al folclorismo nostálgico. Este convencimiento no me impidió, sin embargo, promover la edición del libro “La Europa de las etnias”, también publicado por EAS, pero desde una dimensión casi mitológica del europeísmo, no política. Resulta complicado salir del laberinto identitario en el que se encuentran los pueblos europeos.

P. Cuatro parecen los grandes ejes del libro: antiimperialismo; antiliberalismo; reformulación de la identidad (o apuesta por el reconocimiento); y la solución federal. Comenzando por el primer eje ¿se puede situar al mismo nivel de poder el imperialismo estadounidense y al alemán respecto a Europa?

R. Son radicalmente opuestos. El americano aspira al imperio universal. El alemán solo quería alcanzar una posición hegemónica en Europa. El americano contempla a Europa como un satélite. Para el imperio alemán, Europa es su planeta, su universo biológico, antropológico, sagrado y cultural. Pero los métodos también importan. El imperialismo americano utiliza métodos “suaves” de disuasión y de persuasión, lo que lo convierte en algo más digerible, a veces incluso imperceptible. El germano casi siempre ha recurrido a la fuerza, aunque actualmente Alemania utilice el poder y la influencia de su economía para lograr una situación predominante en Europa. Lamentablemente, Alemania ya no ejerce su imperium espiritual sobre el resto del continente.

P. ¿Por qué deja fuera a Rusia, en cierto modo, del proceso de lucha europeo?

R. Excluyo a Rusia igual que dejo fuera a Gran Bretaña. Estas dos entidades se han alejado progresivamente de Europa optando por un modelo propio (o ajeno, en el caso de los británicos, que apuestan por el mundo angloamericano), lo cual no es nada objetable, por supuesto. Pero considero que sus combates y objetivos son distintos a los de los europeos continentales. Desconfío de todas esas corrientes que se dejan embaucar por las formas del nuevo imperialismo ruso. No obstante, sigo viendo a Rusia como a una aliada de Europa (de una Europa soberana, claro, no de la Unión Europea), aunque para ello ambas deberían experimentar profundos cambios. Eurasia no deja de ser una bonita utopía.

P. La mayoría de los analistas “sistémicos” tratan al liberalismo como si fuese una doctrina virginal, aséptica o pura, pero usted, siguiendo la estela de De Benoist, señala que es verdaderamente un cáncer sociopolítico. ¿Puede explicar este aspecto?

R. El cáncer lo constituye la ideología que nace de la Revolución francesa. Supuso el fin de los principios europeos de orden, tradición y jerarquía. El liberalismo es su metástasis. No cabe duda de que el liberalismo es el “principal enemigo”, como lo son también sus manifestaciones más evidentes, el individualismo y el mundialismo. Por eso Benoist focaliza su combate ideológico contra esta corriente, que ya no es una simple ideología, sino un sistema-mundo. El problema fundamental es que el liberalismo, con sus constantes mutaciones, ha triunfado. Y nada hace sospechar que pueda ser derrotado. Solo nos queda el recurso a la resistencia.

P. De Benoist ya se las tuvo tiesas con la ideología de género (véase Los demonios del bien editado por EAS) y ha sido el más lúcido analista, en tanto que ha sabido discernir entre el feminismo clásico y el generismo postmoderno. Usted sigue esa estela en el libro ¿no cree que la ideología de género es una hija del liberalismo (como cara progre) aunque se trate de ocultar?

R. Desde luego, la ideología de género forma parte de la metástasis liberal en su versión libertaria. Y la izquierda liberal-libertaria, tras renunciar al pueblo trabajador, siempre está dispuesta a renovar su discurso con filosofías antinaturales y antihumanistas que contribuyan a socavar los valores que el hombre occidental (europeo) convirtió en universales. Prueba de ello es la adhesión incondicional de la derecha liberal-conservadora a la ideología de género. La derecha siempre pierde la batalla cultural mediante la renuncia al combate ideológico y la aceptación de las perversiones libertarias.

P. El debate en España sobre las identidades está muy enfocado a los nacionalismos periféricos y el individualismo sexual. No parece, como sucede en Europa, que haya un sentido de peligro identitario europeo ¿qué nos puede decir al respecto y sobre los problemas de integración/asimilación?

R. La identidad europea solo existe en el plano filosófico, no en la conciencia popular. Incluso en los círculos identitarios europeos vemos el cruento debate entre los adeptos del etnismo, del nacionalismo o del europeísmo. Y nadie, hasta ahora, ha logrado llegar a una síntesis conciliadora de estos tres elementos. La identidad europea siempre se vehiculó a través de dos fuerzas dinámicas: la competencia entre las grandes naciones europeas y la adhesión de las pequeñas a una de las primeras. Actualmente, ninguna gran nación europea sirve de modelo al resto. Todo se diluye en la aceptación de un ente liberal-mundialista como la Unión Europea. Y en España la desafección por Europa es crónica.

En cuando a la inmigración, solo quiero subrayar que no se trata de un fenómeno espontáneo y circunstancial, sino que se trata de un auténtico proyecto del liberalismo mundialista. Es el tiro de gracia a la identidad europea. Al liberalismo no le interesan los pueblos, solo los ciudadanos-átomos trabajadores y consumidores. Y apela al humanitarismo para que los pueblos europeos acepten de buen grado la invasión migratoria. ¿Integración, asimilación? A los resultados me remito…

P. El islamismo es capaz de generar comunidad, usted apuesta por cierto paganismo, pero ¿cree que es suficiente para conformar comunidad en Europa hoy en día?

R. Las religiones monoteístas, como el islamismo y el judeocristianismo, atentan contra toda diferencia. Por eso apelo al politeísmo que se fundamenta en la diversidad. El paganismo indoeuropeo no deja de ser un recurso literario, quizás un modelo de convivencia del hombre con la naturaleza a través de lo sagrado, pero un retorno al paganismo no garantiza la constitución de una auténtica comunidad europea, como tampoco lo hizo el cristianismo. Se trata de una referencia, no de una solución. Una comunidad debe ser, ante todo, política.

P. El federalismo, ese que su amigo De Benoist no entiende que defienda con ahínco, parece la solución al problema europeo ¿puede explicar, sin destripar el libro, los ejes vertebradores del mismo?

R. Alain de Benoist, como ya he señalado, es un federalista convencido. Yo también. Se trata de que las comunidades (étnicas, regionales) actúen localmente en los asuntos que les afecten directamente, y conjunta y globalmente en los asuntos que incumban al Estado-nación y a Europa. Esto no es un invento actual, diversas formas de federalismo han caracterizado a Europa a lo largo de su historia. Pero el federalismo no puede ser asimétrico, más allá de las diferencias que caracterizan a unas comunidades frente a otras (lengua, cultura, historia, territorio). Destruir el Estado-nación para crear un Estado-federación con comunidades privilegiadas y comunidades discriminadas no parece tener demasiado futuro. Las comunidades son, y deben ser, diversas, pero las alternativas de los ciudadanos, de partida, deben ser las mismas. En fin, hay que federar para crear conjuntos más amplios, no federar para fragmentar o dividir. La federación es un vínculo, no una separación.

P. Como sucede con otros debates internacionales, parece que en España el transhumanismo no interesa, sin embargo usted no rehúye ese debate ¿qué es el metahumanismo que propone?

R. En los círculos identitarios, el transhumanismo es rechazado de plano, porque se concibe como algo contrario a la naturaleza del hombre. Y en esta posición se sitúa también Alain de Benoist, aunque con algunos matices. Entiendo el metahumanismo como un neoeugenismo, no solo terapéutico sino también performativo. En la especie humana ya no opera la selección natural, entre otras cosas, precisamente, por el intervencionismo humano en su reproducción o en el mantenimiento a ultranza de la vida. Las nuevas tecnologías de la biología y la genética pueden servirnos para eliminar o prevenir taras y enfermedades, pero también para mejorar y perfeccionar la especie humana, no solo física sino también intelectualmente. El límite insuperable está en la hibridación entre hombre y máquina. El resto es un mundo de posibilidades. ¿Por qué no utilizarlas en nuestro beneficio?

P. Respecto al populismo, personalmente me parece más adecuada la visión que su amiga Chantal Delsol ha defendido frente a Ernesto Laclau al que usted ve operativo, no es cuestión de que entablemos debate por ello, pero es obvio que el eje izquierda-derecha ya no es completamente operativo. ¿Puede explicarnos su visión, desde esta perspectiva, de la política a corto y medio plazo?

R. Precisamente, creo que se ha acabado la era de las ideologías y nos encontramos en el momento de las políticas. La metapolítica ha muerto, ¡viva la política! Y la confrontación política debe producirse hoy entre identitarios y globalistas. O entre iliberales y liberales. El populismo, desde esta perspectiva, solo es un instrumento que desea hacer del pueblo un agente político activo, una forma política esencialmente antimoderna y antiilustrada. Como decía antes, la ideología liberal ha triunfado y ya no podemos combatirla en el plano filosófico, sino en el de la política. Utilicemos, pues, el voto para darle la vuelta a la democracia, pues los discursos ya no llegan a la gente común.

P. Para finalizar una pregunta que es curiosidad. Citando tan buenos libros y autores ¿por qué no incluyó una bibliografía o notas a pie de página para que esos textos que cita puedan ser un nuevo camino para los lectores de su libro?

R. Creo que un libro de 300 páginas ya es un todo reto para el lector. Al contrario que Alain de Benoist, que utiliza un gran despliegue de citas bibliográficas, yo me inclino por un uso restringido de las mismas. Las citas a pie de página, por ejemplo, pueden servir al lector que desea ampliar sus lecturas, pero también constituyen obstáculos en la secuencia lectora. Además, de haberlo hecho así, las citas se hubieran remitido a las obras de origen de los autores franceses, accesibles solo para una minoría de lectores por cuestión del idioma. Por otra parte, los lectores potenciales del libro conocen de sobra dónde están las referencias bibliográficas sobre estos temas: los libros de la Biblioteca Metapolítica de Fides y los de la colección Synergias de Eas. En fin, mi libro ‒que, de hecho, es una recopilación de trabajos anteriores‒ es como una especie de resumen de mis reflexiones ideológicas. Pero también es un punto y aparte en mi trayectoria ligada a la Nueva Derecha francesa, lo cual no implica una despedida o una renuncia, sino la apertura de otros horizontes por explorar, como es la historia, la religión y la tradición.

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